Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
HECHA PEDAZOS
Golpeé a Liam.
Golpes débiles, inútiles, casi sin fuerza, pero golpes al fin. Mis puños chocaban contra su pecho y sus hombros sin lograr nada. Era como intentar derribar un muro con las manos desnudas.
—¡Suéltame! —mi voz era un hilo quebrado—. ¡Liam, por favor… suéltame!
—Deja de llorar —escupió con desprecio—. Siempre la misma niña patética. ¿De verdad creíste que podías esconderte para siempre? ¿Rehacer tu vida como si yo no existiera?
Negaba con la cabeza, mareada.
—Esto no está pasando… —murmuraba una y otra vez—. No es real… no es real…
—¿Un sueño? —se burló, su aliento pegándose a mi piel—. Te aseguro que no. Esto es exactamente lo que te mereces.
Me tomó de los hombros y me giró con brutalidad. Mi espalda chocó contra la pared. El golpe me arrancó el aire. Sentí el frío del cemento contra mi mejilla y su mano clavándose en mi brazo.
—Liam… por favor… —susurré, sin fuerza—. Déjame ir… te lo suplico…
Mis piernas dejaron de responder. El terror me subía por la garganta como ácido. Mi corazón latía tan rápido que dolía.
Y entonces—
Pasos.
Rápidos. Pesados. Decididos.
El sonido cortó el aire.
—¡HEY! —rugió una voz profunda, cargada de furia.
El mundo pareció congelarse.
Liam apenas alcanzó a girar la cabeza cuando alguien lo arrancó de mí con violencia. Lo vi volar hacia un costado como si no pesara nada.
Caí al suelo de inmediato. Mis rodillas golpearon el pavimento. Mis manos temblaban mientras me encogía sobre mí misma, intentando hacerme pequeña, invisible.
Pero alcé la mirada.
Y lo vi.
Dexter.
Ya no era el hombre arrogante del pasillo.
Ya no era el que sonreía con descaro.
Era algo más oscuro.
Sus ojos ardían.
Su mandíbula estaba tensa.
Su cuerpo entero parecía vibrar de rabia contenida.
—¿Te atreves a tocarla? —escupió, avanzando hacia Liam como un depredador—. ¿A ella?
Liam intentó incorporarse, pero Dexter lo agarró del cuello y lo estampó contra el muro con un golpe seco que resonó en la calle vacía.
—¿Quién mierda eres tú? —jadeó Liam, intentando zafarse.
—La peor decisión que tomaste esta noche —gruñó Dexter.
Y lo golpeó.
Un puñetazo directo al rostro.
Otro en el estómago.
Otro más.
Cada golpe sonaba como un trueno.
Liam alcanzó a responder con un puñetazo en las costillas de Dexter, pero él apenas retrocedió medio paso.
—No vuelvas a tocarla —dijo entre dientes, sujetándolo otra vez del cuello—. No vuelvas a mirarla. No vuelvas a respirar cerca de ella.
—Ella es mía —escupió Liam, con sangre en la boca.
Mi mundo se rompió otra vez.
—¡NO! —grité desde el suelo, con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Nunca!
Dexter giró apenas la cabeza hacia mí. Algo cambió en su mirada al escucharme.
Luego volvió a Liam.
—¿Oíste eso? —su voz era baja, peligrosa—. No. Lo. Es.
Lo lanzó contra el suelo. Liam rodó, logró ponerse de pie tambaleante y, viendo que no podía con él, retrocedió.
—Esto no termina aquí —escupió.
—Inténtalo —respondió Dexter, avanzando un paso más.
Liam dudó… y corrió.
Dexter dio un paso para perseguirlo.
Uno más.
Pero entonces me miró.
Y se detuvo.
Su respiración era pesada cuando se giró completamente hacia mí.
—Milene… —susurró.
Me arrastré hacia atrás instintivamente.
—No… —mi voz temblaba incontrolable—. No te acerques… por favor… no…
No era él.
Pero mi cuerpo no lo sabía.
Mi cuerpo solo sabía que un hombre acababa de sujetarme con violencia.
Que una sombra del pasado había regresado.
Que el peligro tenía rostro.
Dexter se quedó quieto. A un paso de mí. Sus manos, aún cerradas en puños, comenzaron a relajarse.
—Está bien —dijo con una suavidad que jamás le había escuchado—. No me acerco. Mírame… solo mírame.
Negué con la cabeza, abrazándome las rodillas.
—No puedo… no puedo…
—Soy yo —murmuró—. Soy yo.
Mis lágrimas caían sin control.
—No me toques… por favor…
Hubo un silencio pesado. Doloroso.
Y entonces su voz cambió. Se quebró apenas.
—Nunca voy a hacerte daño.
Levanté la vista un segundo.
Su expresión… no era arrogancia.
Era culpa.
Su mirada bajó a mi cabello suelto.
Al rojo intenso que caía sobre mis hombros.
Se quedó quieto.
—Rojo… —susurró, casi para sí—. Eres pelirroja…
Me cubrí la cabeza de inmediato.
—No… no lo digas… no—
—Está bien —dijo rápido—. Está bien. No importa.
Se agachó lentamente hasta quedar a mi altura, pero sin tocarme.
—Milene… —hizo una pausa—. ¿Es tu nombre?
Mi pecho subió y bajó con dificultad.
No respondí.
—¿Giselle? —preguntó más bajo.
Mi respiración se detuvo.
Él lo vio.
Y entendió.
No dijo nada más al respecto.
Solo extendió una mano… y la dejó a medio camino.
—No voy a preguntarte nada ahora —murmuró—. Solo quiero sacarte de aquí.
—Déjame… —susurré débilmente—. Yo puedo sola…
—No —respondió con firmeza—. No tienes que poder sola.
Esa frase me rompió algo por dentro.
Siempre sola.
Siempre sobreviviendo sola.
Intenté incorporarme, pero mis piernas fallaron. El suelo parecía moverse.
Antes de que cayera otra vez, sus brazos me rodearon.
Me tensé.
—Shh… —murmuró—. No voy a hacer nada que no quieras.
—No… —mi resistencia era mínima ya—. No puedo…
—Confía en mí —dijo, y por primera vez no sonó como una orden. Sonó como una súplica.
Me levantó con cuidado, sosteniéndome como si fuera frágil. No como posesión. No como trofeo.
Como algo que temía romper.
Mi frente terminó apoyada contra su pecho sin que lo planeara. Su corazón latía fuerte. Rápido. Igual que el mío.
—Estoy aquí —murmuró cerca de mi cabello—. Nadie va a tocarte otra vez.
Un sollozo me sacudió.
—No quiero que te metas en esto —susurré—. No sabes quién es él…
—No me importa quién sea.
—Es peligroso…
—Yo también.
Su voz no era presumida. Era fría. Decidida.
Sentí la puerta del auto abrirse. El aire cambió cuando me acomodó en el asiento. Se inclinó para colocar el cinturón con manos sorprendentemente suaves.
Cuando se apartó, nuestras miradas se cruzaron.
Ya no había desafío entre nosotros.
Solo algo más crudo. Más real.
—No vuelvo a perderte de vista —dijo en voz baja.
—No soy algo que puedas vigilar —murmuré, agotada.
—No. —Negó lentamente—. Eres alguien a quien quiero proteger.
Eso me asustó más que la pelea.
Cerré los ojos.
El motor encendió.
Y mientras el auto se alejaba de esa calle, con mi pasado sangrando en la oscuridad detrás de nosotros, entendí algo que me heló la sangre:
Liam había regresado.
Pero ahora… ya no estaba sola.
Y eso podía salvarme.
O destruirnos a los dos.