Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 23 - Sin ti me siento sola
Llegó otra mañana. Camila se despertó por un olor a comida que le golpeó la nariz. Corrió al baño a toda prisa y vomitó todo lo que tenía en el estómago. Ni siquiera se dio cuenta de que alguien había entrado detrás de ella y empezaba a sobarle la espalda.
—¿Se encuentra bien, señorita?
La voz de una mujer desconocida la sobresaltó. Se volteó de inmediato para ver quién le estaba dando el masaje.
—¿Q-quién es usted? —preguntó, asustada, al ver aquella cara que no conocía.
—Soy Reyna, señorita. El señor Montenegro me pidió que la cuidara.
—¿D-dónde está él?
Camila trató de no entrar en pánico. La presencia de una extraña la inquietaba muchísimo.
—El señor ya se fue a trabajar, señorita. Me pidió que le avisara en cuanto usted despertara. Voy a traerle un té de jengibre calientito. Dice el señor que le ayuda un poco con las náuseas.
Reyna era una mujer de unos cuarenta y tantos años. Después de ayudarla a recostarse en la cama, regresó a la cocina por el té de jengibre.
Que Max no estuviera ahí al abrir los ojos dejó a Camila con una sensación de vacío. En esos últimos días se había acostumbrado a tenerlo cerca. Sin saber por qué, la invadió una tristeza enorme y se le escaparon las lágrimas. Por lo visto, las hormonas del embarazo la tenían a su merced. Estaba en pleno llanto cuando sonó el celular. Lo agarró, y la cara triste se le iluminó en cuanto vio quién le estaba haciendo la videollamada. ¡El papá del bebé!
Contestó. El rostro apuesto de Max llenó la pantalla, y el corazón le dio un brinquito.
—¿Ya despertaste? —preguntó él con su voz grave.
Camila asintió varias veces. Al ver en la pantallita lo desarreglada que estaba, se escondió debajo de la cobija.
—¿Por qué tienes los ojos rojos? ¿Estuviste llorando?
—No.
—¿Segura?
—Ajá.
—¿Otra vez con náuseas?
—No.
—No me mientas.
—Bueno, sí, un poquito…
—¿Por qué te tapas la cara así?
—E-es que… todavía no me baño…
—¿Y acaso hay alguna diferencia cuando te bañas? —se burló Max, con la intención de hacer un chiste.
Pero Camila se lo tomó en serio.
—¡Y-ya sé que soy fea!
Y le colgó. Max intentó llamarla varias veces más, pero ella no le contestó. Al final, él le mandó un mensaje.
Hoy voy a llegar tarde. Tengo trabajo que terminar. Si se te antoja algo de comer, pídeselo directamente a doña Reyna. Mañana tengo la agenda un poco más libre; te voy a sacar a pasear. Por hoy quédate en casa. Lee los libros que te dejé en la sala y ve las películas también. No se te olvide comer bien.
Camila leyó el mensaje de mala gana. Se sentía muy sola y no sabía qué hacer. De pronto se acordó de algo: hacía mucho que no hablaba con su mamá. Si se fijaba en la fecha, ya era hora de mandarle un poco de dinero. Se angustió. Ya no tenía trabajo, ya no tenía ingresos. ¿De dónde iba a sacar dinero para mandarle a su madre? No podía usar las dos tarjetas de débito que le había entregado el asistente Gerardo; eso habría sido una falta de respeto. En medio de su angustia, apareció otro mensaje en el celular.
Mija, soy tu mamá. Le pedí prestado el celular a doña Yolanda. Mija, ya me llegó el dinero. ¿No te equivocaste en la cantidad? ¿Por qué mandaste tanto? Hasta me asusté.
Sin terminar de leerlo, Camila marcó a ese número. Le contestaron al primer timbrazo.
—Bendito sea Dios, ¿cómo estás, mija?
—Bien, gracias a Dios, mamá. ¿Y usted cómo está? ¿Y mis hermanitos?
Así siguió la plática. Su madre había recibido la transferencia apenas unas horas antes, y la cantidad era el triple de lo que Camila solía mandarle. Ella fingió que sí, que el dinero lo había mandado ella, y le explicó que había mandado más porque le habían subido el sueldo. Su madre se sintió muy aliviada y feliz; estaba orgullosísima de ella.
Camila se sintió terriblemente culpable. Estaba embarazada y su madre no lo sabía. ¿Qué vergüenza, qué decepción, qué golpe tan duro se llevaría su madre si se enteraba de que su hija consentida, su orgullo, había salido embarazada en una ciudad ajena? Le daba pánico siquiera imaginar el día en que su madre lo descubriera.
Estaba segura de que el dinero se lo había mandado Max. Pero ¿cómo se había enterado él? Ah, claro, se le había olvidado: Max era un director poderoso. Le resultaría facilísimo conseguir los datos de la cuenta bancaria de cualquiera. No sabía si enojarse con él o darle las gracias.
Después de tomarse el té de jengibre, el estómago se le asentó. Decidió bañarse y arreglarse un poco; al menos así Max no volvería a verle la cara de recién levantada. Luego le hizo una videollamada. Esperó un buen rato antes de que por fin contestara.
—Estoy en una junta. Al rato te llamo.
Y colgó. Camila se quedó ahí, sola y abatida.
Pasó el día leyendo muchos de los libros que Max le había dejado. También vio las películas. No lo hacía porque le interesaran; simplemente sentía que tenía que corresponder a lo que él había hecho por su familia. Por eso le hacía caso.
Doña Reyna le preparó toda clase de platillos para abrirle el apetito. Pero, por alguna razón, sin ese hombre ahí, todo lo que tenía enfrente le sabía a nada.
Se quedó mirando el celular, con la esperanza de que él le llamara. Pero la espera no fue más que eso, espera. La llamada nunca llegó, y al final Camila se quedó dormida frente a la tele.
Max miró su reloj de pulsera. Eran las diez de la noche cuando llegó al departamento. Abrió la puerta despacio, y doña Reyna lo recibió con cortesía.
—¿Cómo está ella? —preguntó.
—Hoy la señorita comió muy poquito. Se pasó todo el día leyendo los libros y viendo las películas que usted le dejó, señor…
—¿Por qué comió tan poco? ¿No le gustó lo que usted cocinó?
—No sabría decirle, señor. Traté de prepararle todo lo que me pidió…
—¿Dónde está ahora?
—La señorita se quedó dormida en la sala, señor…
—¿Dormida?
—Sí, señor. ¿Se le antoja algo de comer? Se lo preparo…
—No hace falta. Ya puede irse. Esto es por las horas extra de hoy.
Max sacó efectivo de la cartera y se lo entregó.
—N-no es necesario, señor…
—No pasa nada. Gracias por su trabajo de hoy. Ya puede retirarse.
Dicho esto, Max fue directo a la sala. Ahí encontró a la mujer dormida, con una pila de libros en las manos. Se le escapó una media sonrisa. Se acercó despacio y levantó en brazos a la madre de su hijo.
La llevó a la recámara principal y, con mucho cuidado, la recostó. Cuando estaba por irse, una mano lo detuvo del brazo.
—No te vayas…
Max la miró a la cara. Ella seguía con los ojos cerrados, pero le apretaba el brazo con fuerza. No supo si ya se había despertado o no. Intentó soltarse, pero ella no lo dejaba ir.
—No te vayas. Tengo miedo…
Camila le jaló la mano. Max perdió el equilibrio y terminó cayendo en la cama. Entonces ella lo abrazó a sus anchas, y él se quedó sin palabras.