Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 3
La mañana siguiente llegó con un sol radiante, pero para Mariana todo parecía gris. Bajó a desayunar con paso decidido, el ceño fruncido y la cabeza en alto, dispuesta a luchar hasta el final. Sus padres ya estaban sentados a la mesa. Al verla entrar, su madre le sonrió con ternura, aunque con cierta cautela.
—Buenos días, hija. ¿Dormiste bien?
Mariana no respondió de inmediato. Tomó asiento, miró a ambos y dijo con voz firme:
—He estado pensando toda la noche. Les pido que lo reconsideren. Por favor. No lo traigan.
Su padre dejó el tenedor sobre el plato y la miró serenamente.
—Mariana, ya hablamos de esto. La decisión está tomada.
—¿Y por qué? —insistió ella, inclinándose hacia ellos—. ¿Por qué no confían en mí? Les prometo que todo estará bien. No necesito a nadie.
—No es cuestión de confianza —explicó su madre—. Es cuestión de tranquilidad. Nosotros viajaremos más tranquilos sabiendo que estás acompañada.
—Pero no es justo —reclamó ella—. Me tratan como si no pudiera hacer nada sola. ¿Qué tengo que hacer para demostrarles que sí puedo?
—No tienes que demostrarnos nada, cariño —dijo su padre—. Sabemos que eres responsable. Pero Valentino ya aceptó. Llega mañana por la tarde. Todo está arreglado.
Mariana sintió cómo la rabia le subía de nuevo al pecho.
—¿Todo arreglado sin consultarme? —repitió con incredulidad—. ¿Decidieron mi vida por mí sin siquiera preguntarme qué pienso?
—Lo hacemos por tu bien —repitió su madre, tomando un sorbo de café.
—Esa frase ya no me sirve —respondió ella, apartando la taza—. No quiero a nadie aquí. Y menos a él.
—Valentino es un muchacho excelente —dijo su padre con tono de aprobación—. Responsable, educado, trabajador…
—No me importa lo que sea —lo cortó Mariana—. No quiero que cuide de mí. No quiero que me vigile. No quiero que esté en mi casa.
—Eso ya lo sabemos, hija —intervino su madre con calma—. Pero no va a cambiar nada. Él vendrá.
Mariana los miró uno tras otro, esperando ver si alguno cedía. Pero ninguno dio un paso atrás. Sus expresiones eran amables, sí, pero firmes. No había rastro de duda.
—Así que no hay nada que haga cambiar de opinión —concluyó ella, con voz fría.
—No, Mariana —respondió su padre suavemente—. Lo sentimos.
Ella asintió lentamente, apretando los labios.
—Está bien. Ya entendí.
Se levantó de la silla sin haber probado casi nada. Antes de salir del comedor, se detuvo y los miró de nuevo.
—Pero les advierto algo —dijo con determinación—: si él viene, no voy a facilitarle las cosas. Haré todo lo posible para que se dé cuenta de que aquí no tiene nada que hacer.
—Mariana, no hables así —la reprendió su madre—. No seas maleducada.
—No seré yo quien lo eche —respondió ella con la barbilla en alto—. Será él quien decida irse. Cuando vea que no lo quiero, que no encaja, que todo aquí se le complica… se irá solo. Ya lo verán.
—No pongas obstáculos, hija —le pidió su padre—. Solo causarás problemas.
—Los problemas los causan ustedes al traerlo —replicó ella—. Yo solo defiendo mi casa y mi libertad.
Sin esperar respuesta, salió del comedor y subió las escaleras a paso firme. Al entrar en su habitación, cerró la puerta y se recostó contra ella, respirando hondo. No iban a vencerla. No tan fácil.
Se acercó al escritorio, sacó una libreta y un bolígrafo, y empezó a escribir con rapidez.
“Plan: Hacer su estancia imposible. Que se vaya antes de una semana.”
Escribió una línea tras otra, mordiéndose el labio, con una sonrisa decidida:
- Cambiar los horarios de salida y entrada sin avisar.
- Decir que no escucho cuando me llame.
- Inventar excusas para todo.
- Escaparme de casa cuando menos lo espere.
- Hacer que se arrepienta de haber aceptado.
Cada idea la hacía sentir más segura. Lo conseguiría. Valentino Vivaldi no soportaría ni unos días. Se iría. Y entonces todo volvería a ser como antes.
Cerró la libreta y la guardó bien escondida. Se miró en el espejo y se dijo con firmeza:
—No te rindas. Tú puedes más que él. Cuando llegue, va a desear no haber venido.
Abajo, sus padres escucharon sus pasos arriba y suspiraron, preocupados.
—¿Crees que lo hará? —preguntó la madre en voz baja.
—Sí —respondió el padre—. Pero Valentino es fuerte. Y paciente. Esperemos que todo salga bien.
Nadie sabía aún cómo cambiarían las cosas. Por ahora, la guerra de Mariana ya había comenzado.
Mariana dobló la esquina de la escalera y volvió a asomar la cabeza en el comedor, decidida a intentarlo una última vez:
—¿Seguros? ¿De verdad no van a cambiar de parecer? —preguntó, con un hilo de esperanza en la voz.
Su padre la miró con ternura, pero negó despacio:
—Lo sentimos, Mariana. Ya está todo coordinado. Su familia lo despide hoy y mañana llega por la tarde.
—¿Y si le digo yo misma que no venga? —soltó ella, dando un paso hacia ellos—. ¿Si le escribo y le explico que no lo necesitamos?
Su madre se levantó y se acercó un poco, sin tocarla:
—No hagas eso, por favor. Sería muy grosero. Él ya ha organizado todo.
—¿Y mi opinión? —insistió ella, con los ojos brillantes—. ¿Acaso no cuenta para nada?
—Claro que cuenta —dijo su padre—, pero también cuenta tu seguridad. Y la tranquilidad de todos.
—Pues para mí no hay tranquilidad si él está aquí —replicó Mariana, cruzando los brazos—. Me voy a sentir vigilada. Como si fuera una prisionera.
—Nadie te va a vigilar así —dijo su madre—. Solo estará presente. Te ayudará si algo pasa.
—No necesito ayuda —afirmó ella—. Ya lo he dicho mil veces. Pero ya veo que no me creen.
—Te creemos, hija —respondió su padre—. Pero los padres a veces tomamos decisiones que no nos gustan, ni te gustan, pero son las correctas.
Mariana soltó un suspiro largo y pesado.
—Está bien. Ya entendí. Nada lo cambia.
—Así es —confirmó su madre suavemente—. Pero te pido algo: por favor, compórtate con él con respeto. No lo hagas sentir mal.
Mariana sonrió sin alegría.
—Le trataré exactamente como se merezca.
—Mariana… —advirtió su padre.
—Nada más —cortó ella, retrocediendo hacia la escalera—. Ya no les molestaré. Prepárenlo todo como quieran. Pero no me pidan que finja que me alegra. No lo haré.
Subió despacio, escuchando cómo su madre decía a media voz: “Ojalá no se lleven tan mal”. Mariana apretó los puños. Peor que eso, pensó. Va a desear no haber puesto un pie aquí.
Encerrada otra vez en su cuarto, sacó de nuevo la libreta y añadió con letra firme:
Regla número 1: Ni una sonrisa. Ni un trato amable. Desde el primer segundo, que sepa que no es bienvenido.
Cerró la libreta y la escondió. No iba a fallar.