Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 2
Pov. Gala Ponce
El silencio se cernía sobre la habitación como una guillotina. Desde mi escondite, observaba a Boris moverse con una tensión felina. Se había vestido con rapidez, pero sus ojos no dejaban de recorrer cada rincón del cuarto, como si buscara respuestas en las sombras. Su desconfianza era un animal vivo, olfateando el engaño.
Y entonces, su mirada se detuvo en el vestidor.
En el panel exacto donde yo me ocultaba.
Mi corazón se detuvo. Sentí cómo la sangre se congelaba en mis venas. A través de la rendija, vi cómo sus ojos se entrecerraban, cómo su instinto le susurraba que algo no encajaba. Dio un paso. Luego otro. Su mano se extendió hacia el panel, los dedos a punto de tocar la madera.
No. Por favor, no.
Contuve la respiración hasta que mis pulmones ardieron. Mi mano temblorosa se aferró al borde de mi bolso, lista para cualquier cosa. ¿Golpearlo? ¿Suplicar? No lo sabía. Solo sabía que no podía permitir que me encontrara. No así. No después de haber cambiado el destino.
—Jefe —la voz de Lorgio cortó el aire como un cuchillo—. Acabo de revisar las cámaras.
Boris se detuvo, su mano aún suspendida en el aire. Giró la cabeza hacia su asistente, y yo pude ver el conflicto en su rostro. La curiosidad contra la lógica.
—¿Y? —preguntó, su voz un gruñido bajo.
—No hay imágenes de que una mujer haya entrado después de usted —Lorgio se acercó, su rostro impasible—. Y tampoco hay registros de que alguien haya salido. Si no está aquí dentro...
Boris soltó una risa amarga, sin humor.
—¿Entonces fue una ilusión? ¿Un delirio de borracho?
—Usted no bebió anoche, jefe. Lo sé porque yo estuve con usted hasta que llegó a la habitación.
El silencio se prolongó. Boris miró nuevamente la cama, y sus ojos se posaron en la mancha oscura sobre las sábanas. Una mancha que no pasó desapercibida. Su mandíbula se tensó. Lo sabía. Sabía que había alguien, que algo había ocurrido. Pero sin pruebas, sin un rostro que culpar, su furia no tenía dónde canalizarse.
—Investigaremos esto después —dijo finalmente, su tono cortante—. Ahora, necesito ir a ver los negocios.
Tomó su chaqueta y salió sin mirar atrás. Lorgio lo siguió como una sombra, y la puerta se cerró con un clic metálico.
Esperé. Conté hasta sesenta. Luego hasta cien. Solo cuando el silencio se volvió absoluto, me permití exhalar. El aire salió de mis pulmones en un suspiro tembloroso, y sentí que todo mi cuerpo se relajaba. Mis piernas flaqueaban, y tuve que apoyarme contra la pared del compartimento.
Había sobrevivido. Otra vez.
Salí con cautela. La habitación estaba vacía, pero el eco de su presencia aún flotaba en el aire. Fui al baño y, por primera vez desde que desperté en este nuevo tiempo, me enfrenté al espejo.
Allí estaba yo. Gala Ponce, pero no la misma que había muerto atropellada. Esta Gala tenía mejillas sonrosadas, ojos brillantes, una chispa de vida que la otra había perdido años atrás. No había ojeras profundas, ni el semblante demacrado de quien ha sido consumida por el dolor. Estaba... viva. Realmente viva.
Mis dedos rozaron mi rostro, asombrada. Tenía una oportunidad. Un lienzo en blanco para reescribir mi historia. Y no iba a desperdiciarla.
Me arreglé lo mejor que pude. Alisé mi ropa, recogí mi cabello en un moño rápido. Pero antes de salir, mis ojos se posaron en la cama. Allí, sobre las sábanas impecables, la mancha roja era un recordatorio brutal. La prueba de que alguien me había robado algo que nunca pedí dar.
Cerré los ojos y respiré hondo. No ahora. No aquí. Eso ya no importa.
Salí del hotel con la elegancia de quien no tiene nada que ocultar. Antes de llegar a la calle, saqué mi teléfono y, con movimientos rápidos y precisos, hackeé de nuevo las cámaras. Borré mi entrada, mi salida, cualquier rastro de mi paso por el Majestic. Ahora, oficialmente, nunca había estado allí.
El sol de la mañana me golpeó en la cara. La ciudad bullía a mi alrededor, ajena a mi pequeño milagro. Pero yo sabía que esto era solo el principio. Necesitaba un lugar donde esconderme, un plan, aliados.
No podía volver a la mansión Ponce. Allí, Elia y sus secuaces me esperaban con sus sonrisas falsas y sus trampas perfectamente orquestadas. Si regresaba, tarde o temprano, caería de nuevo en el mismo infierno.
Así que tomé el autobús hacia la zona universitaria. Allí vivía la única persona en quien confiaba. La única que siempre había estado de mi lado.
*_*
El departamento de Helen era pequeño pero acogedor. Olía a café y a libros viejos, y las paredes estaban decoradas con fotos de sus viajes y dibujos que ella misma había hecho. Era el refugio perfecto.
Cuando Helen abrió la puerta, mi mundo se detuvo.
Allí estaba ella. Mi hermana del alma. La misma sonrisa traviesa, los mismos ojos brillantes que había conocido en el orfanato. La única persona que nunca me había juzgado, que siempre me había visto como alguien digna de amor.
—¡Gala, mi querida Gala! —Helen me envolvió en un abrazo tan cálido que sentí que podía derretirme.
Las lágrimas brotaron sin avisar. En mi vida anterior, las tormentas me habían arrastrado tan lejos que perdí todo contacto con ella. La había abandonado, dejado atrás en mi deseo de encajar en una familia que nunca me quiso realmente. Y ahora, al verla tan joven, tan llena de vida, el arrepentimiento y la alegría se mezclaron en un nudo en mi garganta.
—Helen... —mi voz se quebró—. Te he extrañado tanto.
—Yo también, tonta. ¿Por qué nunca llamaste? —me soltó lo suficiente para mirarme a los ojos—. Espera... ¿Qué te pasa? Estás pálida. ¿Has comido?
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia