Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 11: El peso de las palabras y la tregua del deseo
El eco de los nudillos golpeando la madera de la puerta resonó en el pasillo con una insistencia casi impertinente. Camila dejó escapar un suspiro pesado, soltando el trapo de cocina sobre la barra con un movimiento seco. Los días anteriores habían sido una montaña rusa de orgullo herido, noches en vela mirando el teléfono celular con la pantalla apagada y una mezcla muy particular de enojo y desolación que se negaba a admitir en voz alta.
Giró el pestillo con desgana, dispuesta a despachar al repartidor de turno o al vecino que siempre venía a pedir sal. Pero al abrir la puerta, las palabras se le congelaron en la garganta.
Allí estaba él.
Sebastián de pie en el umbral, con el semblante inusualmente dubitativo, los hombros ligeramente encogidos bajo un abrigo oscuro y una expresión que oscilaba entre la súplica y el temor a ser rechazado de inmediato.
—Hola, Cami... ¿Cómo estás? —murmuró él, rompiendo el silencio con una voz suave que contrastaba con la arrogancia a la que la tenía acostumbrada.
Camila sintió que todas las murallas que había levantado con tanto esmero durante su ausencia amenazaban con derrumbarse en un segundo. Sin embargo, el orgullo pudo más. Enderezó la espalda, cruzó los brazos bajo el pecho y le devolvió una mirada de hielo puro.
—¿Solo a eso vienes? ¿A preguntar cómo estoy después de desaparecer del mapa como un fantasma? —espetó ella con una frialdad calculada—. Pues para que te vayas muy contento a tus reuniones de ricos: estoy excelente, ¿no me ves? Chao.
Y, sin darle tiempo a replicar, empujó la puerta con la firme intención de cerrársela en las narices.
Pero Sebastián fue más rápido. Antes de que el pestillo pudiera encajarse, su mano firme se interpuso en el marco, bloqueando la madera con el cuerpo entero.
—¡Ya va, Cami, por favor! Escúchame primero, te lo ruego... —suplicó él, apoyando el peso contra la puerta para impedir que se cerrara.
Camila se quedó inmóvil del otro lado, con la mano aferrada al pomo. No respondió de inmediato; se quedó en silencio, conteniendo la respiración, esperando a ver con qué clase de excusa corporativa o discurso ensayado saldría esta vez.
Sebastián tragó saliva, notando la rigidez en el ambiente, y dio un paso al frente al ver que al menos no le había vuelto a azotar la puerta.
—Quiero pedirte disculpas —comenzó él, con un tono de sincero arrepentimiento que la descolocó por completo—. Sé que debes pensar que soy lo peor, que no tengo consideración y que merezco que me eches a patadas. Tienes toda la razón en estar furiosa. ¿Me dejarías llevarte a cenar esta noche para explicártelo como es debido? ¿Te parece?
Camila lo evaluó en silencio durante unos segundos largos. Sus ojos miel recorrieron cada línea de su rostro cansado.
—Está bien... acepto —cedió ella al fin, con un atisbo de dureza en la voz—. Pero como verás, estoy en ropa de casa, sin una gota de arreglo y con cero ganas de correr. Así que tendrás que esperarme pacientemente mientras me alisto.
Un destello de alivio cruzó el rostro de Sebastián, seguido de una sonrisa traviesa que iluminó sus ojos oscuros.
—Perfecto, yo espero el tiempo que sea necesario —respondió con docilidad—. Pero... ¿me dejas pasar a esperar adentro? No hace falta que me dejes en el pasillo como a un vendedor ambulante.
Antes de que Camila pudiera advertirle sobre sus propias defensas, dio un paso al frente para dejarle espacio. En ese preciso instante, un descuido imperdonable de su parte hizo que bajara la guardia: cuando Sebastián iba pasando junto a ella por el estrecho recibidor, se inclinó con una rapidez felina y le plantó un beso cálido y suave directamente en la mejilla.
Camila dio un salto hacia atrás, llevándose una mano a la cara con indignación fingida.
—¡Oye! ¿Se puede saber qué te pasa? ¡No abuses de tu suerte! —protestó, sintiendo cómo el calor le subía instantáneamente por el cuello hasta las orejas.
Sebastián soltó una risa baja, de esas que lograban desarmar todas sus defensas sin que ella pudiera evitarlo.
—Disculpa, es que de verdad lo necesitaba. Me has hecho mucha falta estos días... —murmuró él, mirándola con una intensidad abrumadora antes de agregar con una media sonrisa socarrona—: Además, ¿este no es mi lugar? ¿No se supone que eres mi novia? Es mi derecho como tal.
Camila resopló con una mezcla de fastidio y una ternura inconfesable.
—Eres un descarado, Sebastián —bufó con cara de pocos amigos, dándose la vuelta a zancadas para dirigirse al dormitorio—. Quédate quieto y no toques nada mientras me pongo presentable.
Mientras tanto, en la sala, Sebastián sacó el teléfono móvil de inmediato y comenzó a teclear con velocidad milimétrica. Coordinó reservas, llamó al restaurante exclusivo del centro financiero que ya tenía fichado para ocasiones especiales y dio instrucciones precisas sobre la decoración de la mesa. No iba a permitir que esta noche fuera una más; necesitaba borrar de golpe todos los días de distancia.
Media hora más tarde, la puerta de la habitación se abrió.
Camila apareció luciendo un elegante pantalón de corte amplio en color neutro, combinado con una blusa corta y ajustada que estilizaba su figura a la perfección. Llevaba el cabello suelto cayendo en ondas suaves sobre sus hombros y un maquillaje muy sutil que resaltaba la profundidad natural de sus facciones.
Sebastián, que estaba de pie junto a la ventana revisando la hora, se quedó mudo al verla. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo con una admiración tan sincera y devoradora que a Camila le faltó el aire por un instante.
—Estás... estás verdaderamente hermosa —murmuró él con voz ronca, acercándose para tomarla de la mano con una delicadeza inusual en él.
El trayecto en coche transcurrió entre miradas robadas y un silencio cómodo que poco a poco iba disipando los fantasmas del enojo. Al llegar al restaurante, el maître los recibió en la entrada con una reverencia impecable:
—Buenas noches, señor Vance, señorita. Por aquí, por favor. Los estoy esperando.
Los guio a través del salón principal tenuemente iluminado hasta una zona apartada y exclusiva. Cuando Camila dobló la esquina del biombo divisor, se detuvo en seco con los ojos abiertos de asombro.
—Oh... por Dios, Sebas... esto es precioso —susurró, contemplando la mesa redonda dispuesta junto a un enorme ventanal de cristal que ofrecía una vista panorámica impresionante de la ciudad iluminada como un mar de estrellas. El espacio estaba delicadamente decorado con un sendero de pétalos de rosas rojas y blancas, rodeado por la luz tenue de varias velas aromáticas.
—Me alegra mucho que te guste —dijo Sebastián con una sonrisa genuina, ayudándola a sentarse antes de ocupar el lugar frente a ella—. La verdad quería impresionarte. Quiero que sepas que estoy profundamente apenado por estos días en los que me alejé sin dar explicaciones. Estaba atrapado en una reestructuración brutal en la empresa y el cierre de un contrato que definía el futuro corporativo. Sé perfectamente que no es excusa para descuidarte de esta manera, y te pido perdón desde el fondo del corazón.
Camila lo miró fijamente a los ojos, absorbiendo la sinceridad de sus palabras. La rigidez de su mandíbula fue cediendo poco a poco.
—Está bien, Sebas... te disculpo —respondió ella exhalando un suspiro largo, con la voz suavizada—. Pero que no se vuelva a repetir. Por lo menos avísame con un mensaje rápido para saber que estás bien. Esos días necesité de ti, de tu compañía, de saber que estabas ahí. Me enfurecí tanto porque sentí que te importaba muy poco lo que me pasaba.
—Sí, lo sé, tienes toda la razón en haberme reclamado —asintió él tomando sus manos sobre el mantel de hilo blanco—. Y hay algo más que debo decirte... Mañana mismo tengo que viajar fuera del país para cerrar los flecos finales del contrato del que te hablé.
Los ojos de Camila se ensancharon de par en par, y la irritación volvió a asomarse a su rostro como un chispazo.
—¿Qué?! ¿O sea que te vas a perder otra vez? ¿Y me lo vienes a decir ahora mismo, a mitad de la cena? —exclamó con un hilo de voz cargado de reproche—. ¿Para esto me trajiste a este lugar tan hermoso? ¿Es una especie de cena de despedida disimulada? ¿Y cuánto tiempo vas a estar fuera, Sebastián?
—No te pongas así, mi amor, por favor —pidió él con suavidad, inclinándose sobre la mesa para acortar la distancia—. Solo serán tres días exactos. Sé que debí habértelo contado con antelación, reconozco que fallé en eso. Pero la verdad es que únicamente quería que quedáramos en paz, en buenos términos y con el corazón tranquilo antes de tomar ese avión... Te amo mucho, Camila. Quiero que lo nuestro sea completamente en serio, no estoy jugando a medias tintas contigo. Desde el primer momento en que te vi en aquella cafetería, tus ojos me hechizaron de una forma que no logro explicar.
El corazón de Camila dio un vuelvo violento en el pecho. La sinceridad descarnada en la voz de Sebastián disipó cualquier rastro de orgullo que le quedara.
—He pasado tantos días sintiendo tu ausencia, y ahora resulta que te vas lejos otra vez... —murmuró ella con los ojos brillando de una vulnerabilidad sincera—. Por favor, prométeme que me llamarás a diario, sin excepciones. Te voy a extrañar muchísimo... Yo también te amo, Sebas.
Una sonrisa cálida y profunda iluminó el rostro del magnate.
—Te llamaré cada maldita hora si es necesario —prometió él con devoción—. Te lo juro.
El resto de la cena transcurrió entre risas, miradas cómplices y caricias furtivas por debajo de la mesa, como si ambos quisieran devorarse el tiempo que estaban a punto de perder.
Al regresar al apartamento y abrir la puerta principal, la tensión acumulada durante la velada estalló de golpe. Apenas el cerrojo hizo "clic", Sebastián se abalanzó sobre ella como un animal hambriento que por fin encuentra su refugio. La tomó por la cintura con fuerza desesperada, levantándola del suelo en el aire mientras Camila dejaba escapar una exclamación de sorpresa antes de envolver instintivamente sus piernas alrededor de las caderas de él.
Los besos de Sebastián eran voraces, hambrientos, marcados por la urgencia de los días perdidos. Con un paso firme y sin apartar sus labios de los de ella, la condujo directamente a oscuras hacia la habitación principal.
Una vez allí, la depositó sobre el colchón con infinita y febril delicadeza, despojándola de la blusa y el pantalón entre susurros febriles, cubriendo cada centímetro de su piel expuesta con besos ardientes que le arrancaban suspiros temblorosos.
—Mía... —murmuró él contra su cuello, antes de despojarse de sus propias prendas en un par de movimientos rápidos.
Sin mediar más palabras, en un acto donde la pasión se mezclaba con la absoluta necesidad de pertenecerse, unió su cuerpo al de ella en una entrega total y desbordantes de intensidad, hasta que ambos quedaron completamente saciados, envueltos en el calor de las sábanas y profundamente dormidos con los brazos enlazados.