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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:471
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22. Lo que creía suyo

Renata llegó a la reunión con una lista de bienes y parte de los documentos que había podido reunir.

Había añadido cosas al escribirla. Una propiedad que recordaba porque Damián habló de ella durante una cena. Una compra que entonces le pareció importante y después dejó de ocupar un lugar en su cabeza. Regalos que podía señalar en su casa sin saber qué documento los acompañaba.

No era una lista corta.

La especialista que Javier había buscado la revisó antes de empezar a preguntar.

Renata se sentó derecha. Había tenido tiempo de arrepentirse de no saber más. No quería pasar la reunión fingiendo que sabía cosas que no podía explicar.

La mujer señaló una de las propiedades.

—¿Tienes la escritura?

—No aquí. Puedo buscarla en casa.

—¿Recuerdas cuándo la compraron?

Renata dio la fecha aproximada. Había sido poco después de una conversación con Damián; recordaba la cena, dónde estaban sentados, la manera en que él le había hablado de la compra.

—¿Y quién aparece como propietario?

Renata miró los papeles que llevaba.

—Me dijo que era nuestra.

—Necesitamos ver cómo quedó registrada.

—Sí. Lo voy a buscar.

La especialista anotó algo y pasó a lo siguiente.

Javier no la interrumpió para explicarlo por ella.

Renata agradeció esa discreción hasta que volvió a necesitar decir que no sabía.

Una vez podía ser un olvido. La repetición empezaba a contar una historia que no le gustaba.

—Damián se ocupa de esa parte —dijo.

Se oyó repetir una frase que había usado durante años sin sentir vergüenza. Mi marido lo lleva. Él sabe cómo está. Pregúntaselo a él.

Era una comodidad cuando los dos querían lo mismo.

Ahora Javier necesitaba preguntárselo a ella precisamente porque no podían pedirle a Damián que les contara qué estaba haciendo.

La especialista comparó la lista con lo que había recibido. Había diferencias. Cosas que Renata había contado de una manera y no aparecían organizadas así en la documentación. Valores que ella daba por hechos y todavía había que comprobar.

—Este importe, ¿de dónde sale? —preguntó la mujer.

—Es lo que costó.

—¿Tienes el comprobante de la compra o una valoración?

—Es lo que me dijo Damián.

Tuvo que soltar el bolígrafo. Lo estaba apretando tanto que le dolía el dedo.

Renata quiso saber qué significaba eso.

—Significa que no podemos tratar esta lista como si todo estuviera claro —respondió la mujer.

Le señaló los puntos. Una historia de compra no bastaba para saber cómo se había hecho. El precio que alguien decía haber pagado por algo no era una valoración independiente. Lo que el matrimonio usaba podía estar sujeto a acuerdos que ella nunca había mirado.

Cada aclaración era razonable por separado.

Juntas empezaban a parecer una puerta cerrándose.

Renata miró a Javier.

—¿Me estás diciendo que no tengo nada?

—No —contestó él—. Estoy diciendo que no voy a prometerte qué te corresponde sin ver los papeles.

Ella mantuvo la mirada.

Le habría gustado que respondiera con una seguridad capaz de devolverle la que estaba perdiendo. No la tuvo. La especialista siguió hablando de lo que podían comprobar y de lo que faltaba.

Renata tomó el bolígrafo.

Se había sentado pensando que iban a decirle cuánto valían las cosas. Ahora tenía que marcar con cuidado cuántas conocía solo por lo que su marido le había contado.

—La empresa es de mi familia —dijo.

No lo usó como una amenaza. Se aferró a un hecho que seguía siendo cierto.

Javier asintió.

—Y tenemos que distinguir eso de lo que ha pasado con el dinero y los bienes de ustedes.

No le dijo que Bellaria hubiera dejado de ser de su padre. No era ese el problema que estaban revisando. El problema era cuánto había dejado Renata fuera de su vista porque Damián parecía saber llevarlo todo.

Pensó en cómo había empezado.

Él sabía resolver. Se acordaba de pagos, de personas, de cosas que ella prefería no tener que organizar. Su padre lo veía hacerse cargo. Ella veía menos trabajo pendiente y más tiempo para vivir.

Le había ido dejando sitio sin sentir que lo perdía.

Ahora buscaba su propio dinero a través de respuestas que otro había preparado para darle.

La especialista volvió a una cifra. Renata la miró y reconoció una compra que había llegado a su vida como prueba de afecto. El recuerdo del regalo seguía completo. La explicación de dónde estaba el valor, no.

—Qué hijo de puta —dijo.

La frase cortó el sonido del bolígrafo sobre el papel.

No pidió perdón por haberla dicho.

La mujer esperó. Javier tampoco intentó corregirle el tono.

Renata apoyó el bolígrafo.

—Yo le abrí puertas. Yo lo llevé con gente que no lo conocía. Era mi padre el que había levantado la empresa.

Las palabras empezaron a salir con la fuerza que había estado conteniendo.

—¿Y ahora tengo que averiguar si puedo disponer de algo que me llevaba años diciendo que era nuestro?

Miró su lista. Había puesto los nombres con la seguridad de quien señala las habitaciones de una casa. No había imaginado tener que justificar cada uno para que pudiera seguir dentro.

La rabia se le mezcló con otra cosa. Las veces que no había preguntado, que había preferido cambiar de tema, que dejó pasar una explicación porque venía de él.

No quería ponerse a defenderse de sí misma delante de dos profesionales. Quería que el hombre al que había elegido no hubiera usado esa confianza para hacerse el camino más fácil.

—¿Va a decir que no aporté nada? —preguntó.

Javier la dejó continuar.

—¿Que él hizo todo? ¿Que yo estaba ahí para que se vieran bonitas las fotos?

Se había preocupado por cómo recibir a la gente, a quién presentarle, qué decir para que lo tomaran en serio. También por la casa, por la vida que mostraban, por hacer que él no tuviera que ocuparse de lo que ella resolvía sin ruido.

Hasta si hubiera sido solo un adorno a su lado, también habría estado haciendo algo por aquella imagen que él sabía usar tan bien.

No podía convertirse de pronto en nada.

Le tembló la voz al decir la última frase y eso la enfureció más que el silencio posterior.

Javier habló cuando ella dejó de hacerlo.

—Por eso estamos revisando. Para no llegar a una negociación con la versión que él quiera darte.

Renata retiró la mano de la lista.

No era la respuesta emocional que necesitaba. Era una razón para no levantarse y salir a llamar a su marido.

La especialista retomó el trabajo con cuidado, sin tratarla como a una niña a la que hubiera que distraer. Le mostró qué podían ordenar ya y qué no. Hizo preguntas que Renata podía llevarse para buscar documentos, no para obtener otra promesa de Damián.

Llegaron a las obras de arte.

Renata sabía cuáles eran. Algunas habían sido regalos de su marido. Recordaba lo que él le dijo de ellas, el cuidado con que las habían colocado, el precio que las volvía todavía más especiales al contarlo.

La especialista le pidió que reuniera la documentación que tuviera.

Otra vez lo mismo: no bastaba recordar cuánto le habían dicho que costaban.

Renata anotó.

Al terminar, su lista tenía marcas y preguntas. No era menos rica porque alguien hubiera hecho preguntas. Era menos segura de una vida que había confundido con una garantía.

Recogió los documentos despacio.

—Voy a buscar las escrituras —dijo.

Javier le indicó que llevara lo que encontrara y no sacara conclusiones definitivas de un papel aislado.

Ella asintió. No prometió calma. No la tenía.

Antes de guardar la lista miró una última vez los regalos que había apuntado al final.

Cuando Damián se los dio, había sabido exactamente qué debía sentir por ellos.

Ahora necesitaba saber qué había comprado en realidad.

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