En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 19: El refugio roto
Cuando la medianoche cubrió la provincia, Dorian ingresó al mundo del sueño con el corazón ligero, ansioso por abrazar a Rosalie en la cima del faro.
Sin embargo, al abrir los ojos en la sala de la linterna, la estancia estaba desierta.
El fuego de la chimenea crepitaba con normalidad y el candelabro de plata arrojaba su luz dorada sobre la gran cama de madera, pero ella no estaba allí. El silencio de la torre era denso, impregnado por una sensación de angustia que Dorian reconoció instantáneamente.
—¿Rosalie? —llamo Dorian, y su voz rebotó contra las paredes de granito sin obtener respuesta.
Inquieto, descendió a toda prisa por la escalera de caracol de hierro. Salió a la costa de rocas negras bajo la lluvia fría del mar onírico. Guiado por el vínculo invisible que unía sus mentes, Dorian comenzó a adentrarse en la espesura de un bosque de pinos oscuros que jamás había existido en la geografía de su refugio. Las ramas bajas le azotaban el rostro y el barro de la inconsciencia se pegaba a sus botas.
Tras varios minutos de búsqueda febril, encontró una pequeña choza de madera abandonada, con las maderas carcomidas y el techo parcialmente derrumbado, escondida en el fondo de un barranco sombrío.
Desde el interior de la estructura se escuchaba un llanto sofocado, desgarrador y continuo.
Dorian empujó la puerta rotas con desesperación.
Allí, acurrucada sobre el suelo de tierra húmeda, abrazándose las rodillas contra el pecho y con el vestido claro manchado de barro, se hallaba Rosalie. Sollozaba con una violencia que hacía temblar todo su cuerpo, con la cabeza escondida entre sus brazos.
—¡Rosalie! —exclamó Dorian, arrodillándose a su lado en el acto y rodeándola con sus brazos fuertes para levantarla del suelo.
Al sentir el contacto de Dorian, Rosalie se aferró a su cuello con una fuerza desesperada, clavando los dedos en el paño de su abrigo, escondiendo la cara en el hueco de su hombro mientras sus lágrimas empapaban la solapa de la prenda.
—Dorian... oh, Dios mío, Dorian... —balbuceó ella entre ahogos de llanto—. ¡Me van a destruir! ¡Van a destruirme!
—Escúchame, mírame —le pidió él con firmeza suave, tomándole el rostro con ambas manos y obligándola a erguirse, secándole las lágrimas con los pulgares—. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién intenta hacerte daño? Dímelo y te juro por mi vida que destruiré a quienquiera que toque un solo cabello de tu cabeza.
Entre sollozos interrumpidos por la hiperventilación, Rosalie le relató la pesadilla vivida en el despacho de su padre. Le contó sobre la traición de su familia, sobre los rumores que habían llegado a oídos de Lord Thorne, sobre la presencia del anciano Don Carlos y el contrato de matrimonio arreglado que se firmaría al día siguiente.
—Mi padre dijo que nadie pediría por mí... —sollozó Rosalie, mirando a Dorian con los ojos rojos y desorbitados por el pánico—. Me dio un ultimátum imposible. Dijo que si mañana antes del mediodía no se presenta un caballero noble dispuesto a pedir mi mano, me casaré con ese hombre horribles. ¡Dorian, no puedo soportarlo! Preferiría tirarme al río antes de dejar que ese tipo me toque.
Dorian permaneció en absoluto silencio. Sus ojos azules brillaron con una furia tan intensa y fría que pareció congelar la humedad del aire dentro de la choza. La cicatriz de su rostro se tensó por la presión de su mandíbula apretada.
—Dorian... —suplicó ella, tomándole las solapas con manos temblorosas—. Vámonos. Te lo pido por favor. Huyamos esta misma noche. No me importa a dónde vayamos, no me importa si tenemos que vivir en la miseria o escondernos en los confines del mundo. Llévame contigo. Fuguémonos antes de que el sol despunte.
Dorian contempló el rostro aterrorizado de la mujer que amaba. Su mente voló por un instante a la realidad: él no era un fantasma sin recursos. Era Dorian Ashford, el heredero primogénito de una de las casas aristocráticas más antiguas, ricas y temidas de todo el condado. Aunque su padre lo había desterrado a una mansión secundaria para no ver su cicatriz, le había otorgado un título nobiliario legítimo, un patrimonio bancario multimillonario y el derecho legal e irrevocable sobre el nombre Ashford.
La idea de huir como un vulgar ladrón en la noche, obligando a Rosalie a vivir como una fugitiva en la clandestinidad, indignó la nobleza de su sangre. Rosalie no merecía escapar a escondidas; merecía entrar por la puerta grande de la sociedad como la esposa venerada del señor de Ashford, aplastando bajo sus pies la soberbia de la familia que la había humillado.
Dorian le besó la frente con una ternura infinita, reteniendo la firmeza en su voz.
—Tranquilízate, mi vida —le susurró él, acunándola contra su pecho y acariciándole el cabello castaño con lentitud—. No vas a casarte con ese mercader. Te doy mi palabra de honor de que jamás nadie volverá a ponerte una mano encima ni a dirigirte una palabra de desprecio.
—¿Te fugarás conmigo? —preguntó ella con un hilo de esperanza en la voz.
Dorian le sonrió con una mezcla de tristeza y una determinación feroz.
—Mañana por la mañana tendrás mi respuesta, Rosalie —dijo él, besándole los labios con una devoción profunda—. Confía en mí. No importa lo que escuches ni lo que veas al despertar: mantén la cabeza alta. Tu calvario ha terminado hoy.
Antes de que ella pudiera hacer más preguntas, el peso del amanecer real comenzó a disolver las paredes de la choza de madera, arrastrando a ambos hacia el despertar.