Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 14
Siete años pasaron en un abrir y cerrar de ojos. San Isidro, aquel pueblo antes tan apacible, prosperaba ahora a paso acelerado. La comarca de las hermosas laderas de la sierra se había convertido en un destino turístico de moda, con paisajes tan asombrosos que parecían un reino sobre las nubes. Muchos viajeros, incluso extranjeros, elegían instalarse allí, y eso había dado pie a la aparición de toda clase de resorts de lujo en los alrededores.
Ariana, conocida ahora por todos como Azucena, no quiso desaprovechar semejante oportunidad de oro. Tras el gran éxito de su repostería de panes de plátano, extendió sus alas y abrió un negocio de lavandería por kilo y exprés, justo en una zona estratégica, no lejos de los resorts. Aunque el rubro aún era una novedad para la gente del lugar, Ariana confiaba plenamente en que su negocio crecería a gran velocidad.
Mientras Ariana se ocupaba de su negocio, en el campo de pasto del pueblo, sobre un telón de neblina ligera, sus dos hijos gemelos jugaban entretenidos un partido de fútbol con los demás niños. Rayan y Zayan habían crecido sanos y apuestos. Pero, en carácter, eran polos opuestos.
—¡Zay, pásame la pelota! —le gritó Rayan a su hermano, exasperado.
Pero Zayan, aficionado como era a conducir el balón él solito hasta la portería rival sin querer compartirlo jamás, ignoró el reclamo de su hermano. Para colmo, un defensa del equipo contrario le arrebató la pelota, armó un contraataque y les metió gol. El pitazo largo sonó, marcando la derrota de su equipo por 0 a 1.
—¡Ay... Zayan! ¡Siempre haces lo mismo, egoísta! —lo regañó Rayan, dando rienda suelta a su enojo. El pequeño pateó el suelo y se marchó del campo a toda prisa, con la cara roja.
Kiko y Fabio, sus dos compañeros de equipo, no hicieron más que resoplar, resignados, lamentando la derrota por culpa de Zayan.
Poco después se oyó acercarse el rugido del motor de una motoneta. Ariana redujo la velocidad a la orilla del campo y detuvo el vehículo.
—¡Zayan! ¿Adónde se fue tu hermano? —preguntó Ariana medio a gritos desde detrás del casco.
Zayan se acercó a su madre a trote corto, con la respiración agitada.
—Es que, mami... ¡Rayan se volvió a enojar conmigo! —rezongó Zayan, poniendo cara de fastidio.
Ariana entrecerró los ojos.
—Seguro volviste a hacer alguna de las tuyas jugando fútbol, ¿verdad?
—Ay, mami... Si había una oportunidad de meter gol, ¿por qué no iba a aprovecharla yo mismo? —se defendió Zayan, sin querer dar el brazo a torcer.
Ariana soltó un largo suspiro. El carácter de Zayan era, en efecto, muy terco y peleador, tan distinto del de Rayan, que siempre se comportaba con madurez, con calma y dispuesto a ceder.
—Bueno, ya, vamos, súbete para volver a casa. ¡Mírate la ropa, toda sucia y llena de lodo! —ordenó Ariana.
Zayan terminó por subirse en la parte de atrás de la motoneta de su madre, y partieron por las calles del pueblo rumbo a casa.
Rayan y Zayan con sus dos amigos, Fabio y Kiko
*
En una gran juguetería de la ciudad, Ramiro rebuscaba entretenido entre los robots y los autos a control remoto, buscando los mejores para los gemelos. La sonrisa no se le borraba del rostro. Renata, de pie a su lado, observó un momento los movimientos de su hermano.
—¡Hermano! —lo llamó Renata.
—Mmm... ¿qué, Rena? —respondió él sin apartar la vista del estante de juguetes.
—Te gusta Ariana, ¿verdad?
El corazón de Ramiro le dio un vuelco.
Se quedó de golpe en silencio. Los dedos, que sostenían una caja de juguete, se le paralizaron. El rostro se le tiñó de un rubor nervioso antes de que intentara aparentar naturalidad.
—¡No digas disparates! ¡Ya te dije que a Ariana la considero como una hermana! —le soltó Ramiro con rapidez.
Renata achicó los ojos y clavó en su hermano una mirada indagadora.
—¿Seguro que solo la consideras una hermana? Porque, si fuera algo más, tampoco tendría nada de malo, hermano. Todo este tiempo has ayudado muchísimo a Ariana.
Ramiro dejó escapar un largo suspiro y colocó el juguete que había elegido dentro del carrito.
—Ya basta, Rena. No vuelvas a sacar este tema. A los ojos de Ariana, yo soy su hermano y nada más que eso.
—¿Pero y tus propios sentimientos, hermano? —insistió Renata, sin querer ceder—. Yo me doy cuenta de que la manera en que miras a Ariana es distinta. No es la mirada de un hermano hacia su hermana, ¡sino la de un hombre hacia una mujer!
Ramiro prefirió no responderle. Se quedó callado, aunque por dentro el corazón se le agitaba con fuerza.
No lo sé, no sé qué clase de sentimiento es este que ahora tengo hacia Ariana..., pensó Ramiro, apenas. En estos siete años me he sentido muy a gusto a su lado. Pero parece que en su corazón ya no queda amor alguno. Aquel suceso oscuro que le destrozó el futuro la dejó insensible...
Sin prolongar la discusión, Ramiro se encaminó con prisa a la caja para pagar todos los juguetes que había comprado para Rayan y Zayan.
*
Entretanto, en las laderas de la sierra, Rayan seguía dolido por la derrota de su equipo aquella tarde. Prefirió encerrarse en su cuarto con el semblante sombrío. Afuera, en cambio, Zayan se veía de lo más tranquilo, entretenido viendo la televisión con Larisa.
Cerca de las ocho de la noche llamaron a la puerta de la casa de nana Meche. Ramiro y Renata aparecieron cargando bolsas con comida y toda clase de juguetes de la ciudad.
Al ver llegar a su tío y a su tía, Zayan saltó del sofá y corrió hacia ellos. Dentro del cuarto, Rayan, que oyó las voces de su querido tío Ramiro y de su tía Renata, salió a toda prisa y corrió también a recibirlos.
—¡Bien! ¡Llegaron el tío Ramiro y la tía Renata! —gritó Rayan, feliz. El desánimo que lo cubría desde la tarde se esfumó de golpe.
Ramiro sonrió dichoso mientras rodeaba y estrechaba con fuerza a los dos gemelos. Ariana, que acababa de salir de la cocina, les dedicó una sonrisa cálida a Ramiro y a Renata. La llegada de los dos hermanos siempre era recibida con alborozo por nana Meche y por Larisa.
—Buenas noches a todos —saludó Ramiro, afable, a la casa entera.
Enseguida la mirada de Ramiro se prendió de Ariana. La contempló largamente. Esa noche, Ariana se veía preciosa y radiante, con el cabello recogido de cualquier manera hacia arriba, y unos cuantos mechones sueltos que le caían enmarcándole el rostro.
Renata, de pie junto a Ramiro, alcanzó a captar aquel instante de contemplación. La muchacha sacudió la cabeza con una sonrisa divertida.
Ay... Ramiro, Ramiro... ¡si te gusta, díselo! ¡El día menos pensado alguien se lleva a Ariana y ahí vas a aprender!, parloteó Renata para sus adentros.
*
A cientos de kilómetros de allí, en su suntuoso despacho del edificio del Grupo Alcázar, en la ciudad, Edgar no había desistido ni un solo instante de buscar a Ariana durante los últimos siete años.
Sentado en su imponente sillón, Edgar volvía a contemplar la pequeña fotografía de Ariana con el uniforme del colegio, el único recuerdo físico que conservaba de ella.
—Cariño... ¿cómo estarás ahora? —murmuró Edgar en voz baja, acariciando con suavidad el rostro de Ariana en la foto—. Seguro que en este momento sonríes feliz junto a nuestro hijo... Ojalá pueda encontrarte, Ariana. No me daré por vencido ni un poco...
Toc, toc.
Unos golpes en la puerta rompieron el ensimismamiento de Edgar. Bruno, su asistente personal, entró cargando un montón de documentos importantes. Con calma, Edgar dejó la fotografía de Ariana sobre el escritorio, esa foto que nunca faltaba a su lado, día tras día, en aquel despacho.
—Disculpe, señor. Ya detallé en este expediente el presupuesto para la construcción del resort en San Isidro. En cuanto a los inversionistas que participarán, también los adjunté en la página siguiente —explicó Bruno, entregándole los documentos.
Edgar tomó el expediente y lo examinó con atención. Sus dedos recorrieron hoja por hoja el informe de planificación del resort en las laderas de la sierra.
—¿Por qué me interesará tanto levantar un resort en este lugar? —murmuró Edgar, espontáneo, mientras contemplaba la imagen del paisaje de San Isidro en el documento—. Es un sitio ideal para serenarse, y el entorno aún conserva su frescura... A papá le encantaría que le recomendaran descansar aquí.
Continuará...