Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 18
El aire helado de la mañana trajo consigo una calma engañosa a la residencia principal. Aunque las huellas de la batalla en el patio habían sido cubiertas por una capa fresca de nieve, la tensión interna en el ala oeste alcanzaba su punto de ebullición.
La noticia de que la enfermera humana había sobrevivido al ataque y continuaba alojada en las estancias cercanas al Alfa era una espina clavada en la garganta de las familias nobles de la manada.
Karen Silverfang irrumpió en la sala del té victoriana del ala norte sin ser anunciada. Portaba un vestido de terciopelo verde esmeralda y una capa bordada con piel de zorro ártico. Detrás de su elegancia aristocrática se ocultaba una mirada afilada, cargada de resentimiento y sospecha acumulada.
Amelia se encontraba sola cerca del ventanal, acomodando los frascos de esencias de manzanilla y lavanda que utilizaba para calmar las migrañas de Lian. Llevaba un vestido sencillo de lana gris con cuello ancho que dejaba entrever, de manera sutil pero inconfundible, la parte superior de la clavícula y el arranque del hombro derecho.
—Veo que la servidumbre humana goza de privilegios extraordinarios en esta casa —dijo Karen, su voz dulce y venenosa resonando contra las paredes de mármol.
Amelia se giró despacio, manteniendo una postura erguida a pesar del cansancio que aún arrastraba su cuerpo.
—Señorita Silverfang —saludó Amelia con cortesía neutra—. El señor Lian y Mateo están en el patio de armas con el Beta. Si busca al Alfa...
—No busco a Lian. Vine a verte a ti —la interrumpió Karen, dando pasos lentos y calculados sobre la alfombra turca hasta quedar a menos de un metro de la joven.
La mujer noble inclinó la cabeza, examinando a Amelia con el escrutinio de un depredador. Sus ojos amarillos descendieron desde el rostro de la enfermera hasta la base de su cuello. Fue entonces cuando la sombra de una sonrisa burlona se congeló en el rostro de Karen.
Bajo la tela del vestido gris, justo donde la prenda se desviaba ligeramente sobre el hombro derecho, se distinguía una cicatriz reciente. No era la marca irregular y tosca de un cirujano común, ni la cicatrización bruta de un humano.
La línea de la sutura era fina, pulcra, cerrada con una técnica impecable que delataba un cuidado casi obsesivo.
Pero lo que hizo que la sangre de Karen se volviera hielo no fue la herida en sí, sino lo que la cubría.
Un leve rastro de bálsamo antiséptico mezclado con el aroma inconfundible del linimento del Alfa emanaba de la piel de Amelia. Era la esencia concentrada de Lian: madera de cedro, tierra húmeda y la impronta territorial que solo un Alfa deja sobre aquello que considera bajo su protección absoluta.
Sin pedir permiso, Karen extendió su mano enguantada y apartó de un tirón el cuello del vestido de Amelia, exponiendo por completo la cicatriz de las garras.
—¡Suelteme! —exclamó Amelia, dando un paso atrás y cubriéndose de inmediato con la mano.
Karen no la persiguió. Se quedó inmóvil, con los dedos temblando ligeramente por la ira contenida. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en dos ranuras salvajes.
—Esa costura... —murmuró Karen, la voz temblándole por la rabia—. Esas puntadas no las hizo un médico de la mansión. Ningún sanador de Blackwood trabaja con ese hilo de seda fina... Ese es el estuche personal de Lian.
Amelia sostuvo la mirada de la noble sin pestañear, tratando de no delatar el nerviosismo que amenazaba con acelerar su corazón.
—El Alfa detuvo la hemorragia la noche del ataque —respondió Amelia en tono seco—. Estaba herida por salvar a su sobrino Mateo. Fue un acto de urgencia.
—¿Un acto de urgencia? —Karen soltó una carcajada amarga, fría como el viento del norte—. ¡No me mientas, insignificante criatura! Conozco a Lian desde que era un muchacho.
Jamás toca a nadie. Odia el contacto humano, aborrece la debilidad y aborrece la sangre que no sea de sus enemigos. ¿Y pretendes que crea que se arrodilló a coser la carne de una sirvienta con sus propias manos?
Karen avanzó un paso más, reduciendo la distancia con una ferocidad amenazante. Su aroma a almizcle sintético y pino quemado se volvió pesado, intentando someter a la joven mediante la presión aurea de una lobo de sangre pura.
—Huelo su energía en tu piel —siseó Karen, bajando la voz a un susurro lleno de odio—. Está marcando tu territorio. No con los colmillos, porque tu cuerpo ridículo de humana se rompería en el proceso, pero te está envolviendo en su esencia. Te está protegiendo de la manada... y de mí.
—El señor Lian solo está agradecido por la seguridad de su hijo —sostuvo Amelia, manteniendo la compostura—. Si tiene alguna objeción sobre sus decisiones, le sugiero que se la exprese a él directamente.
Un chasquido seco resonó en la estancia cuando Karen apretó el puño con tanta fuerza que las costuras de su guante de piel crepitaron.
—Eres demasiado lista para tu propio bien, Amelia —dijo la aristócrata, entrecerrando los ojos con una promesa implacable de destrucción
—. Piensas que porque te dejó entrar en su alcoba y tocó tu piel ya perteneces a esta manada. Pero no eres más que un capricho temporal, una medicina humana para calmar la locura de un Alfa ciego.
Los ancianos del consejo nunca permitirán que una paria sin linaje ocupe el lugar de mi hermana difunta.
Amelia sintió la punzada de las palabras de Karen, pero no bajó la cabeza. La memoria del beso en la biblioteca y la calidez del abrazo de Lian en la penumbra eran un escudo impenetrable contra los insultos de la mujer.
—El consejo no decide quién le devuelve la paz a Lian —replicó Amelia con firmeza serena.
Karen apretó los dientes, sorprendida por la falta de sumisión en la enfermera. Estuvo a punto de levantar la mano contra ella, pero el eco de unos pasos pesados y firmes resonando desde el pasillo principal hizo que la noble se detuviera en seco.
Lian avanzaba por el corredor. A pesar de su ceguera, la sola presencia del Alfa proyectaba una sombra colosal que hizo que la atmósfera de la sala del té se volviera densa e irrespirable.
Karen retrocedió inmediatamente, ajustando su capa con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos.
—Esto no ha terminado, enfermera —susurró Karen antes de girar sobre sus tacones—. Disfruta del calor de la mansión mientras puedas. Cuando el invierno se profundice, verás cuán rápido esta manada devora a las criaturas de carne frágil.
Karen abandonó la estancia con pasos presurosos, pasando de largo junto al Alfa sin atreverse a dirigirle la palabra.
Lian se detuvo en el umbral. Su cabeza se giró despacio hacia el interior de la habitación, buscando el punto exacto donde Amelia permanecía de pie.
El silencio volvió a envolver el lugar, pero la chispa de la sospecha ya había prendido en las sombras de la casa noble, presagiando una guerra política donde la vida de la humana sería el principal botín en juego.