Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 13: No renunciaré a mi esposa
Pero yo ya había visto suficiente para comprender que el hombre con quien me había casado no era simplemente un estudiante extranjero que vivía en un apartamento prestado.
Era el heredero de una familia inmensamente rica.
Y yo acababa de descubrir que, mientras construíamos nuestros planes de futuro, su familia ya había elegido a otra mujer para ocupar mi lugar.
No sabía qué era peor: descubrir que Jonás me había ocultado su verdadera identidad o comprender que había llegado a aquella casa sin conocer realmente al hombre que tenía por esposo.
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Oriana.
El silencio que siguió a las palabras de Jonás fue absoluto.
Nadie parecía saber qué decir. Yo permanecía a su lado, con la mirada fija en el suelo y la mano todavía entrelazada con la suya. Sentía que estaba viviendo una situación de la que no había sido advertida y, aunque intentaba mantener la compostura, por dentro estaba completamente destrozada.
El hombre que rompió aquel silencio fue el padre de la chica.
—Esto es una humillación para mi familia —dijo con evidente indignación—. ¿Así es como los O'Neil pretenden tratarnos? Mi hija no merece semejante desprecio.
Miró a Jonás y después dirigió sus ojos hacia mí.
—Ahora entiendo todo. Se nota a simple vista lo corriente que es su esposa. Definitivamente, no está a la altura de esta familia.
Sentí un nudo en la garganta. Quise responder, defenderme, pero las palabras no me salieron.
Jonás apretó mi mano.
—Cuide sus palabras, señor Walton.
—No me diga cómo debo hablar. Tu padre y yo teníamos un acuerdo.
—Pues ese acuerdo acaba de terminar.
Jonás se volvió hacia los invitados.
—La reunión terminó. Les agradecería a todos que se retiraran de mi casa.
Su tono no admitía discusión. Federico tomó a su hija del brazo, visiblemente molesto, mientras los demás comenzaron a abandonar la sala.
Bárbara lanzó una última mirada hacia Jonás antes de marcharse.
Poco después, únicamente quedamos Jonás, sus padres y yo.
Y entonces comenzó lo peor.
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Jonás.
Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta principal antes de soltar el aire que estaba conteniendo.
Me volví hacia mis padres. Mi padre tenía el rostro endurecido y mi madre parecía incapaz de aceptar lo que acababa de suceder.
—¿Puedes explicarme qué demonios acaba de pasar? —preguntó mi padre—. ¿Cómo fuiste capaz de avergonzarnos delante de toda esa gente?
Solté una risa sin humor.
—¿Avergonzarlos? ¿De verdad eso es lo que te preocupa?
—¡Por supuesto! Teníamos un compromiso con Federico Walton. ¿Tienes idea de lo que acabas de echar a perder?
Mi madre intervino antes de que pudiera responder.
—Federico tenía razón. Esta mujer es una corriente.
Giré lentamente la cabeza hacia ella.
—No vuelvas a referirte a mi esposa de esa manera.
—¡Jonás, por favor! —exclamó—. ¿De verdad crees que una muchacha como ella encaja en nuestra familia?
Oriana permanecía en silencio. La miré de reojo y noté que estaba completamente abrumada.
Entonces ella habló.
—Yo no sabía que Jonás tenía esta vida. Si lo hubiera sabido, jamás me habría fijado en él.
Sus palabras me golpearon.
—Oriana...
Pero mi padre intervino con una expresión de desprecio.
—Qué bueno que conozcas tu lugar. Al menos tienes claro que no encajas aquí.
Sentí que perdía la paciencia.
—¡Basta!
Me coloqué delante de Oriana.
—Pensaba quedarme en esta casa, pero después de lo que acaban de decirle a mi esposa, he cambiado de opinión. Nos iremos a la casa que me dejó la abuela.
Mi padre abrió los ojos, incrédulo.
—No puedes ir allí. No permitiré que eches a perder tu vida por una decisión tan estúpida.
—Haz lo que quieras. Esa casa está a mi nombre. No puedes hacer nada.
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Oriana.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Jonás hablaba con una seguridad que nunca le había visto. Su padre intentaba imponerse, pero él no parecía dispuesto a ceder.
—Recapacita, hijo —intervino madre, intentando suavizar el tono—. Todavía podemos solucionar esto. Divórciate. Podemos convencer a Bárbara de que te acepte. Esta mujer jamás encajará a tu lado.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
¿Divorciarse?
Miré a Jonás, pero él ni siquiera dudó en responder.
—No vuelvas a sugerirme algo semejante.
—¡Eres el único heredero de esta familia! —exclamó su padre—. ¡Tienes responsabilidades!
—Y una de ellas es respetar a mi esposa.
Mi suegro dio un paso hacia él.
—Si insistes en esta locura, te desheredo.
Jonás lo miró directamente a los ojos.
—Haz lo que quieras.
Después levantó la voz.
—¡Rosa! ¡Rosa!
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Jonás.
Un momento después, Rosa, una de las empleadas de la casa, apareció en la entrada de la sala.
—¿Me llamaba?
—Sí, Rosa. ¿Podrías traerme las llaves de mi auto, por favor?
Ella asintió y se retiró.
Mi padre se interpuso inmediatamente.
—No te llevarás nada de esta casa.
Lo miré con incredulidad.
—Papá, te recuerdo que ese auto lo compré con el dinero que me heredó la abuela. No estoy pidiendo tu permiso.
En ese momento, Rosa regresó y me entregó las llaves. Le agradecí con un gesto y me volví hacia Oriana.
—Vamos, pelirroja.
Tomé nuestras maletas y sujeté su mano.
No pensaba permanecer un minuto más en aquella casa.
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Oriana.
Caminé junto a Jonás sin pronunciar una sola palabra.
Tenía la mente lejos de allí. Todavía intentaba procesar todo lo que había ocurrido en tan poco tiempo.
El hombre con quien me había casado era el heredero de una familia multimillonaria. Su padre tenía socios importantes, su madre había organizado un matrimonio con otra mujer y, por si fuera poco, acababan de amenazarlo con desheredarlo por haberme elegido.
Me sentía pequeña en medio de aquel mundo que desconocía.
Jonás abrió el automóvil, guardó las maletas y se acercó para ayudarme a subir.
—Pelirroja...
Lo miré, pero no conseguí decir nada.
Él acarició mi mejilla.
—Sé que tienes muchas preguntas y que estás dolida conmigo. Te explicaré todo, te lo prometo. Pero ahora quiero sacarte de aquí.
Asentí lentamente.
Jonás cerró mi puerta y rodeó el automóvil para ocupar el asiento del conductor.
Mientras nos alejábamos de aquella residencia, volví la mirada hacia la ventana.
Había llegado a ese país pensando que comenzaría una nueva vida junto al hombre que amaba.
Pero jamás imaginé que nuestro matrimonio empezaría con una guerra contra su propia familia.