En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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El regreso y la mirada atenta
El amanecer del séptimo día llegó gris y lluvioso a la capital. Mariana se despertó con una sensación inquieta en el pecho, como si algo en el aire hubiera cambiado durante la noche. Se asomó a la ventana y vio que las calles estaban mojadas y desiertas, pero en el silencio de aquella mañana, supo de pronto que hoy sería el día. No tenía pruebas, solo esa certeza que nace de la confianza absoluta en alguien que es parte de su propia alma. Teresa estaba cerca. Podía sentirlo.
Horas más tarde, un golpe suave en la puerta de la residencia la hizo correr a abrir. Allí estaba Teresa, con el rostro pálido por el cansancio, los ojos hundidos pero brillantes, y la ropa manchada de barro y polvo de los caminos altos. Se abrazaron en silencio, con lágrimas que brotaban solas de alivio y emoción, como si entre las dos hubiera recorrido cada paso del camino. Cuando se separaron, Teresa sacó el pequeño fardo de lino de su pecho y se lo entregó con manos temblorosas.
—Están aquí —dijo con voz débil pero firme—. Y nadie nos las ha quitado.
Mariana las tomó como si sostuviera algo sagrado.
—Has hecho algo increíble, Teresa. Arriesgaste tu vida por nosotros. Jamás lo olvidaré.
—Lo haría mil veces más —respondió ella con una sonrisa—. Pero no tenemos tiempo que perder. Deben entregarse cuanto antes. Sé que Peredo ha estado presionando al Consejo para que falle mañana a su favor. Si no presentamos esto hoy, será demasiado tarde.
Mariana asintió, pero sabía que no podía presentarse ante el Consejo sin avisar primero a Roberto. Si llegaba sin previo aviso, él no tendría tiempo de preparar el terreno y Peredo podría acusarla de intentar influir indebidamente en la decisión. Envió una nota breve diciendo que Teresa había regresado y que necesitaba verlo de inmediato, aunque fuera unos minutos en privado. La respuesta llegó media hora después: "Venga al mediodía. Entrará por la puerta lateral del jardín. Nadie la verá. Estaré esperándola."
Cuando llegó la hora acordada, cruzó las puertas del palacio con el corazón latiéndole rápido. Llevaba los documentos ocultos bajo su capa, y cada paso hacia aquel encuentro le parecía más significativo que el anterior. No era solo la verdad lo que llevaba consigo; era también la certeza de que aquel hombre había arriesgado su reputación por creer en ella. Y esa deuda le pesaba en el alma.
Roberto la esperaba junto a la misma fuente donde habían hablado semanas atrás. Al verla entrar, su rostro sereno se transformó. No era solo alivio lo que mostraban sus ojos oscuros; era algo más profundo, algo que intentaba contener sin conseguirlo por completo. Dio unos pasos hacia ella antes de detenerse, como si recordara que debía mantener distancia, pero su mirada no se apartaba de ella ni un instante.
—Ha regresado —dijo, y su voz sonó más emocionada de lo que probablemente pretendía—. Lo ha logrado. Estaba preocupado, más de lo que debía admitir. Cada día que pasaba sin noticias… me decía a mí mismo que solo era prudencia, pero la verdad es que temía por usted. Por su amiga. Por todo lo que han puesto en juego.
—Gracias por confiar en que volveríamos —respondió ella, acercándose un poco más y extendiendo los pergaminos—. Aquí está la verdad. Un contrato firmado por ambas familias hace ochenta años. Los límites están claros, las firmas son auténticas y los testigos que aún viven pueden confirmarlo todo. No son tierras robadas, Gran Duque. Son nuestras. Y gracias a Teresa, ahora podemos demostrarlo.
Roberto tomó los pergaminos, pero sus dedos rozaron los de ella al recibirlos, y ese contacto breve hizo que ambos se quedaran inmóviles un instante demasiado largo. Él fue quien apartó la mano primero, aunque con evidente esfuerzo, y abrió los documentos con cuidado. Los leyó con atención, pasando las páginas con dedos ágiles, y poco a poco una sonrisa de alivio y satisfacción se dibujó en su rostro.
—Está perfecto —dijo al levantar la vista—. Las firmas coinciden con los registros que tengo en el archivo imperial. El sello es auténtico. Esto destruye por completo las afirmaciones de Peredo. Mañana, cuando presente esto ante el Consejo, sabrán que él ha intentado engañarlos a todos. Su victoria está cerca, Doña Mariana.
Pero entonces no se apartó. Se quedó allí, de pie frente a ella, y sus ojos la recorrieron con una intensidad que la hizo sentir como si la viera por dentro, no solo por fuera.
—Sin embargo… —dijo él con voz más baja, casi un susurro— hay algo que debo decirle, aunque quizás no sea el momento adecuado y aunque sé que no debería sentir lo que siento. Desde que supe que su mensajera había partido y que los hombres de Peredo la esperaban en los caminos, no he podido dormir tranquilo. Me he descubierto preguntándome si estaría bien, si tendría frío, si tendría miedo… y cada vez que alguien mencionaba su nombre en mi presencia, sentía una necesidad irracional de defenderla, incluso cuando no había nadie que la atacara. No es solo justicia lo que me preocupa, Mariana. Es usted. Su bienestar. Su seguridad. La idea de que algo le pudiera ocurrir se ha vuelto insoportable para mí. Y no sé cómo ocultarlo más.
Mariana contuvo el aliento. Sus palabras eran claras, directas y reveladoras. No era simple amabilidad. Era una atención que iba mucho más allá del deber. Y aunque no dijo la palabra amor, cada mirada suya la estaba diciendo por él.
—Gran Duque… —empezó ella, sin saber muy bien qué decir, con el corazón latiéndole desbocado—. No sé qué decirle. No esperaba…
—No me diga nada todavía —la interrumpió suavemente, aunque sus ojos no se apartaron de los suyos—. No le pido que sienta lo mismo. Solo le pido que lo sepa. Que tenga cuidado, no solo por su familia, sino también porque ahora hay alguien más que se preocupa por usted. Alguien que no dudaría en enfrentarse a cualquiera para verla a salvo. Ahora vaya. Mañana nos veremos en el Consejo. Y por favor… no me mire así como si yo estuviera cometiendo una locura. Sé lo que siento. Y no me arrepiento.
Mariana hizo una reverencia, confundida y conmovida en partes iguales, y se alejó sin mirar atrás, sabiendo que él se quedó allí de pie, observándola hasta que desapareció de su vista. Y mientras caminaba de regreso, comprendió que algo había cambiado irremediablemente entre ellos. Roberto Cáceres no era solo su aliado ahora. Era un hombre que la miraba como si ella fuera lo más valioso del mundo. Y esa clase de atención, pensó con un nudo en el estómago, podía ser su mayor fortaleza… o su mayor debilidad.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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