Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 13. ECOS DE MEDIANOCHE
El segundo acto de la obra se deslizó ante los ojos de Estela como un torbellino de emociones desbocadas. Desde su posición privilegiada en el Palco 5, no se perdió ni un solo movimiento del Fantasma. La intensidad de la interpretación del actor principal pareció duplicarse tras el intermedio; su voz barítona alcanzó matices de una desesperación tan real que Estela sintió un nudo opresivo en la garganta durante toda la escena final. Cuando el telón cayó definitivamente y las luces del teatro se encendieron, la joven se descubrió a sí misma aplaudiendo de pie, con las mejillas húmedas por las lágrimas y el satén rojo de su vestido brillando bajo los focos generales. Había sido una experiencia religiosa.
Al salir del teatro del brazo de Laura, la marea de espectadores las arrastró hacia la avenida principal. El aire fresco de la medianoche madrileña ayudó a Estela a recuperar un poco el aliento, aunque su mente seguía atrapada entre las paredes de terciopelo del recinto. Caminaban en dirección al aparcamiento donde Laura había dejado el coche, comentando los detalles más impactantes de la función.
—Te lo juro, Estela, ese actor ha estado de otro mundo hoy —decía Laura, gesticulando con entusiasmo—. Pero lo mejor de todo ha sido el despliegue de tu admirador secreto. ¡La copa de champán y la nota en el intermedio! Ese hombre te tiene en un pedestal.
—Sigo sin poder creerlo, Laura —respondió Estela en un susurro, apretando la nota oculta en su bolso—. Sentir que alguien movía los hilos de todo este espectáculo solo por mí... me hace sentir que estoy viviendo en un sueño.
Justo cuando cruzaban el callejón lateral que daba acceso al aparcamiento, una silueta emergió de las sombras de la esquina. Estela dio un pequeño respingo al reconocer al instante la vestimenta: una sudadera gris con capucha, una gorra de béisbol oscura calzada hasta las cejas y unas gafas de sol que resultaban extrañas a esas horas de la noche. Era el mismo chico con el que había chocado el lunes por la mañana frente a la librería.
David, que se había desmaquillado y cambiado de ropa a una velocidad récord tras bajarse del escenario, se interpuso en su camino de manera sutil. El corazón le daba vuelcos salvajes contra las costillas al verla tan espectacular con el vestido rojo de satén. Modificando por completo su voz de nuevo, adoptando ese tono más agudo, carrasposo y atropellado de la primera vez, habló rápidamente antes de que Laura pudiera alarmarse.
—Disculpa... Estela, ¿verdad? —dijo David, carraspeando levemente y manteniendo la cabeza agachada bajo la visera—. El... el jefe de taquilla me ha pedido que te entregue esto. Se te cayó en el pasillo VIP al salir.
David extendió la mano derecha. Entre sus dedos sostenía un bellísimo pañuelo de seda negra con bordados de hilo plateado que formaban sutiles notas musicales. Era, por supuesto, un nuevo regalo que él mismo había comprado esa tarde, pero necesitaba una excusa física para volver a tocar su mundo.
Estela parpadeó confusa, mirando el pañuelo y luego al chico. Ella sabía perfectamente que no había perdido nada, pero al ver el diseño de las notas musicales, comprendió el juego al instante. Su admirador secreto estaba usando de nuevo a este "recadero" para llegar a ella.
—Oh... sí, es mío. Muchas gracias por molestarte en buscarme —dijo Estela, extendiendo la mano para tomar la seda.
Al hacerlo, sus dedos se envolvieron alrededor de los de David. El contacto físico fue más prolongado que el del lunes. Una corriente de calor idéntica a una descarga eléctrica la sacudió por completo, haciendo que se le acelerara el pulso. David apretó sutilmente sus dedos contra los de ella durante una fracción de segundo, memorizando la suavidad de su piel, antes de soltarla y dar un paso atrás.
—De nada. Ten más cuidado la próxima vez —carraspeó David de nuevo, arrastrando las palabras con prisa—. Buenas noches.
El chico se dio la vuelta y se alejó a paso rápido, perdiéndose entre las sombras del callejón antes de que Laura pudiera articular palabra.
—A ver... ¿ese no es el mismo chico del lunes? —preguntó Laura con los ojos como platos, mirando la silueta que se alejaba—. Estela, ese tipo trabaja para tu admirador, está claro. ¡Te está vigilando los pasos de una manera súper eficiente!
Estela no respondió. Se llevó el pañuelo de seda a la nariz de forma inconsciente y aspiró profundamente. Un sutil aroma a madera, lavanda y maquillaje teatral inundó sus sentidos. Era un perfume caro, masculino y profundamente embriagador. Sentía el corazón latiéndole en las orejas, dividida por una extraña dualidad: estaba completamente enamorada de la mente y la voz de su Fantasma telefónico, pero el toque físico de ese misterioso recadero de la gorra le provocaba unas reacciones corporales que no podía controlar.
Dos horas más tarde, la casa volvió a quedar sumida en el silencio absoluto de la madrugada. Estela, ya desvestida y con el pijama puesto, se encontraba sentada en el borde de su cama. Había colocado el pañuelo de seda negra junto a la rosa y el libro de Bécquer en su mesita de noche. El reloj de la pared marcaba las dos y media cuando, finalmente, el teléfono comenzó a vibrar con una llamada de número oculto.
Deslizó el dedo por la pantalla al primer tono, pegando el auricular a su oído con una urgencia casi dolorosa.
—Hola, Estela —la auténtica voz de David, ese barítono profundo, aterciopelado y melódico que la derretía por dentro, inundó la línea—. Sé que es muy tarde, pero no podía irme a dormir sin saber de ti. Te he visto desde mis sombras... Estabas absolutamente deslumbrante con ese vestido rojo. Has sido la luz de todo el teatro esta noche.
Al escuchar su verdadera voz, la que la arrullaba cada noche, Estela cerró los ojos y se dejó caer de espaldas sobre las almohadas, soltando un suspiro cargado de emoción.
—Ha sido la noche más mágica de mi vida —confesó ella, con la voz rota por la intensidad de los recuerdos—. Las canciones, el palco... y la nota del intermedio. Pero tengo que confesarte algo. Tu... tu mensajero me ha encontrado en la calle al salir. Me ha entregado un pañuelo de seda que dice que se me había caído.
Al otro lado de la línea, David sonrió en la penumbra de su habitación, disfrutando del absoluto éxito de su doble juego.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te ha parecido el detalle? —preguntó David con un tono suave y enigmático.
—El pañuelo es precioso... pero lo que me asusta es lo que me pasa cuando ese chico se acerca a mí —admitió Estela, mordiéndose el labio, buscando la absoluta honestidad que siempre compartía con él—. Al tomar el pañuelo, nuestras manos se han tocado. Y he vuelto a sentir esa misma descarga eléctrica del lunes. Una vibración física muy fuerte. Me da rabia, porque mi mente y mi corazón están contigo, con tu voz, con este misterio tan hermoso que tenemos... pero mi cuerpo parece reaccionar ante ese desconocido de la gorra. Siento que tengo una lucha interna que me va a volver loca. Deseo tanto que ese hombre de la voz de oro y el chico que me toca la mano sean la misma persona... pero sé que es imposible.
David guardó un silencio denso al otro lado de la línea. Las palabras de Estela se clavaron en su pecho con una mezcla de triunfo y una punzada de culpa. El enredo era perfecto: ella se estaba enamorando de sus dos facetas sin saberlo. Estaba cayendo ante su alma por teléfono y ante su presencia física en la calle. La tentación de confesarle la verdad en ese mismo instante fue gigantesca, pero sabía que el impacto de la fama y el engaño requería un escenario más maduro.
—No luches contra lo que sientes, Estela —respondió David finalmente, bajando la voz a un susurro lleno de una ternura solemne—. A veces, el destino utiliza caminos muy extraños para unir lo que tiene que estar junto. Confía en lo que te dicta el corazón. La distancia entre mis sombras y tu realidad se está acortando cada vez más. Muy pronto no tendrás que elegir entre la voz y el tacto, te lo prometo. Descansa, mi bella musa en rojo.
La llamada se cortó con un suave clic, dejando a Estela contemplando el techo en la penumbra. Apretó el pañuelo de seda contra su pecho, con el aroma de David envolviéndola, sin saber que el Fantasma y el recadero ya compartían el mismo espacio en su almohada y que el clímax de su historia de amor estaba cada vez más cerca de desatarse.