«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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La solicitud sin firma
Había fotografiado la ficha de registro desde varios ángulos, ampliado la imagen y comparado la escritura con las notas del informe de Edmund Ardent. Sin embargo, ninguna de aquellas acciones había conseguido responder la pregunta que más le inquietaba.
«...no entregar al solicitante...»
La frase estaba incompleta. No tenía firma, fecha legible ni una referencia que permitiera identificar a la persona mencionada.
Y, aún así, alguien había considerado necesario conservarla.
Seraphine tomó su teléfono.
Seraphine: Encontré algo más en la ficha del volumen IV. Necesito que volvamos a los archivos.
Eveline: Buenos días para ti también.
Seraphine: Buenos días. Encontré una anotación sospechosa.
Eveline: Mucho mejor. Por un momento pensé que querías estudiar.
Seraphine: No insultes mis intenciones.
Eveline: Dame diez minutos.
Seraphine suena mientras guardaba el teléfono. La ligereza de Eveline no eliminaba sus preocupaciones, pero le recordaba que todavía podía respirar sin convertir cada incertidumbre en una amenaza.
Cuando llegó a la universidad, Eveline ya la esperaba junto a la entrada de los archivos históricos.
—Antes de entrar —dijo su amiga—, quiero establecer una regla.
—¿Cuál?
—Si encontramos otra nota misteriosa, no puedes mirarla como si acabara de anunciar el fin del mundo.
—No hago eso.
Eveline la observó en silencio.
—Está bien —concedió Seraphine—. Intentaré hacerlo menos.
Lucien Ardent se reunió con ellas poco después. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y una expresión que sugerencia que había dormido incluso menos que ellas.
—Revisé la referencia que me mencionaron ayer —explicó—. No encontré el cuarto volumen, pero sí una ficha relacionada con la solicitud de consulta.
Abra la carpeta sobre la mesa.
La hoja era antigua, aunque se había conservado en condiciones razonables. En la parte superior figuraba una referencia a la Colección Ardent y, debajo, una solicitud fechada diecisiete años atrás.
El apartado destinado al nombre del solicitante estaba incompleto.
En el margen apareció una anotación mecanografiada:
«No entregar al solicitante hasta verificar la procedencia de la copia».
Seraphine se inclinó sobre el documento.
—¿Qué copia?
—Eso es precisamente lo que no he podido determinar —respondió Lucien—. La ficha no especifica si se refería a una reproducción del volumen, a una transcripción oa otro documento relacionado con la colección.
—¿Y por qué se rechaza la solicitud? —preguntó Eveline.
Lucien señaló el espacio reservado para la resolución.
—Solo consta que la consulta fue denegada. No aparece una explicación completa ni el nombre de quien tomó la decisión.
Seraphine comparó la anotación con la fotografía que había tomado el día anterior.
La redacción era similar, pero no idéntica. En la ficha original había más palabras y una referencia a un expediente complementario que no se encontraba dentro de la carpeta.
— ¿Dónde está ese expediente? —preguntó.
—No lo sé —admitió Lucien—. La referencia aparece en el registro físico, pero no encontró el documento al que remite. También revisé el inventario digital. Allí no figura esa referencia.
—¿Alguien pudo eliminarla? —preguntó Eveline.
—Es posible, pero no tenemos pruebas de que haya ocurrido. El registro digital pudo elaborarse a partir de una transcripción incompleta.
Séraphine ascendió. No quería repetir el error de convertir una posibilidad en una conclusión.
Anotó los datos en su libreta:
Solicitud de consulta del cuarto volumen, fechada diecisiete años atrás.
Nombre del solicitante incompleto.
Consulta denegada, sin explicación íntegra.
Referencia a una copia cuya naturaleza se desconoce.
Expediente complementario no localizado.
Diferencia entre el registro físico y el digital.
Debajo escribió una última frase:
Todavía no sabemos si estos documentos se relacionan con el juramento.
—Necesitamos solicitar acceso a los registros vinculados —dijo—. Y averiguar si se conservan las comunicaciones relacionadas con aquella solicitud.
—Puedo iniciar la petición —respondió Lucien—. Pero no prometo que nos permitirá consultar todo.
—No necesitamos todas las respuestas hoy —dijo Eveline—. Solo necesitamos que alguien deje de esconder las preguntas en carpetas distintas.
Lucien soltó una breve risa.
—Si descubres cómo conseguirlo, te contrataré.
Por primera vez en toda la mañana, Seraphine dejó escapar una carcajada.
En Nocthar, Darius Vhal llevaba varias horas revisando documentos que no habían sido consultados durante siglos.
La orden de Kaelith era concreta: localizar registros transferidos, retirados o sometidos a revisión, sin asumir que todos pertenecen al mismo conjunto.
Darius había encontrado tres entradas que llamaban la atención.
La primera mencionaba el traslado de documentos relacionados con pactos antiguos. La segunda registraba la elaboración de una copia, pero no indicaba si el original había sido devuelto a su archivo. La tercera hacía referencia a una entrega pendiente de verificación.
Ninguna contiene el nombre del destinatario.
Tampoco había una firma que permitiera atribuir la decisión a un funcionario concreto.
Darius apoyó ambas manos sobre el escritorio.
Aquello no demostró que los documentos estaban relacionados con la Colección Ardent. Ni siquiera confirmaba que el traslado, la copia y la entrega pendiente formaban parte de una misma operación.
Pero existía una pregunta que no podía ignorar.
¿Por qué había registros de movimientos documentales sin una constancia clara de su destino?
— ¿Encontraste algo? —preguntó Kaelith desde la entrada.
Darius se volvió.
—Tres movimientos incompletos. Un traslado, una copia y una entrega pendiente de verificación.
—¿El registro del juramento?
—No puedo afirmarlo. Ninguna entrada menciona el juramento de los olvidados. Tampoco se encontró un nombre que vincule esos documentos con la mujer de la cámara sellada.
Kaelith observó los folios.
—Entonces no escribas que estén relacionados.
—No lo haré.
—Pero averigua quién autorizó los movimientos y qué expediente falta.
Darius recogió las hojas.
—Eso haré.
Kaelith permaneció unos segundos en silencio.
—Darius.
—¿Mi señor?
—Si encuentras algo que contradiga lo que crees recordar, no lo descartes para proteger tu propia versión de los hechos.
La mandíbula de Darius se tensó.
—No volveré a ocultarle lo que encuentre.
—Eso espero.
Kaelith se marchó sin añadir nada más.
Darius volvió a mirar los documentos. Durante un instante, la palabra entrega le provocó una sensación incómoda, semejante a la que había experimentado ante la puerta sellada.
No apareció ningún recuerdo.
No cerró ninguna voz.
Solo quedó aquella inquietud sin explicación.
Y esta vez no la marcada como prueba de nada.
Seraphine y Eveline salieron de los archivos con una copia autorizada de la ficha y la promesa de Lucien de solicitar acceso al expediente complementario.
Se reunió con Kaelith en una cafetería cercana a la universidad. Él había llegado antes y había elegido una mesa apartada, aunque visible desde la entrada.
Seraphine dejó la carpeta frente a él.
—Tenemos una solicitud de hace diecisiete años, un solicitante sin identificar y una referencia a una copia que nadie explica.
Kaelith leyó la anotación.
—¿Creen que esa copia era el cuarto volumen?
—No lo sabemos —respondió Seraphine—. Podría serlo, pero también podría tratarse de una reproducción o de otro documento.
¿Y el expediente complementario?
—Tampoco sabemos qué contiene. Lucien va a solicitar acceso a los registros relacionados.
Kaelith dejó la hoja sobre la mesa.
—Darius encontró algo parecido en Nocthar.
Seraphine alzó la mirada.
— ¿Algo parecido o el mismo documento?
—Parecido. Encontró movimientos de documentos antiguos sin destinatarios claramente registrados. Ninguno menciona el volumen Ardent ni el juramento.
—Entonces tenemos dos investigaciones con vacíos semejantes —concluyó Eveline—, pero no sabemos si están conectadas.
—Exactamente —dijo Seraphine.
Kaelith miró a Seraphine con una expresión de aprobación discreta.
—Estás aprendiendo a desconfiar de las conclusiones apresuradas.
—Siempre él desconfiado de ellas.
—No de todas.
— ¿Quieres conservar esa mano?
Kaelith bajó la mirada hacia la mano que había acercado a la suya sobre la mesa.
—Mucho.
Eveline se llevó la taza a los labios para disimular una sonrisa.
—Qué tranquilidad saber que las investigaciones avanzan con tanta profesionalidad.
Seraphine le lanzó una mirada de advertencia.
—No empieces.
—Yo no he dicho nada.
—Tu cara sí.
Durante unos segundos, la conversación se volvió ligera. Sin embargo, cuando Kaelith volvió a guardar la ficha en la carpeta, su expresión cambió.
—Si alguien solicitó el volumen y necesitó presentar una copia cuya procedencia debía verificarse, debemos descubrir qué era esa copia. No porque sepamos que tiene relación con el juramento, sino porque alguien demostró que su origen era importante.
—Y porque el expediente que podría explicarlo no aparece —añadió Seraphine.
-Si. Pero no confundiremos una ausencia con una prueba de ocultamiento.
Seraphine sostiene su mirada.
—De acuerdo.
No necesitaban prometerse que encontrarían la verdad de inmediato. Bastaba con que ninguno decidiera por el otro qué debía creer.
Al otro lado de la ciudad, el hombre del abrigo gris extendiendo una tarjeta antigua sobre una mesa.
La había conservado entre documentos que nunca llevaba consigo durante mucho tiempo. El papel estaba amarillento y uno de sus bordes se había desgastado, pero la anotación seguía siendo legible.
«No entregar al solicitante...»
Debajo había una segunda línea, escrita a mano.
El hombre la leyó sin tocarla.
No conocía la identidad de quien había escrito aquellas palabras. Tampoco podía asegurar que la tarjeta procediera del mismo expediente que los investigadores habían consultado en la universidad.
Solo sabía que la referencia al cuarto volumen había aparecido en más de un registro y que alguien había intentado verificar la procedencia de una copia.
Eso no demostraba que existiera una conspiración.
Pero sí justificaba una pregunta.
¿Quién más estaba buscando el expediente complementario?
Sacó su teléfono y abrió una conversación sin nombre.
Escribió un mensaje, lo leyó dos veces y finalmente lo borró.
Todavía no.
Antes de entregar la tarjeta, necesitaba averiguar si las personas que buscaban aquellos documentos comprendían lo que estaban haciendo.
O si, como tantos otros antes que ellas, estaban a punto de confundir una pista con una respuesta.
Guardó la tarjeta dentro de la carpeta y cerró el abrigo.
La segunda línea permaneció oculta.
Esa noche, Seraphine volvió a revisar sus notas.
La ficha original y la fotografía mostraron anotaciones semejantes, pero todavía no había pruebas suficientes para afirmar que ambos procedían del mismo documento. El expediente complementario seguía sin aparecer. En Nocthar, Darius continuaba investigando movimientos documentales cuyo destino se desconocía.
Tres vacíos.
Tres preguntas.
Ninguna respuesta definitiva.
Seraphine agregó una última observación a su registro:
Hay alguien que conserva una versión más completa de una anotación relacionada con la solicitud. No conocemos su identidad, el origen de la tarjeta ni la autenticidad de la segunda línea.
Cerró la libreta.
Por primera vez, no sentí la necesidad de llenar el silencio con una hipótesis.
Alguien tenía información que ellas todavía no poseían.
Pero eso no significaba que estuviera dispuesto a compartirla.
Y, antes de que la segunda línea pudiera convertirse en una respuesta, tendrían que descubrir quién la había conservado… y por qué.
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