En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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Una audiencia necesaria
Los días siguientes transcurrieron entre visitas protocolares, encuentros casuales y murmullos que parecían esparcirse como bruma por los pasillos del palacio. Mariana se movía con dignidad y prudencia, siempre amable, siempre atenta, pero rara vez dejándose llevar por confidencias. Sabía que cada palabra que decía podía ser repetida, tergiversada o usada en su contra. Sin embargo, notaba algo que la inquietaba aún más: Raúl Peredo no se quedaba quieto. Cada pocos días, Andrés recibía notas amables pero insistentes, invitándolo a cacerías, cenas o encuentros con otros nobles, siempre en compañía del Conde. Cada vez, Mariana le pedía que declinara con educación, y cada vez, la sonrisa de Peredo al cruzarse con ellos en la corte se volvía un poco más tensa, un poco más fría.
—Está impaciente —le dijo Mariana a Teresa una tarde, mientras descansaban en la residencia—. Quiere que nos confiemos, que bajemos la guardia. Y como no lo hacemos, empieza a perder la paciencia. Eso significa que pronto pasará a la ofensiva. Necesito hablar con Roberto Cáceres antes de que eso ocurra.
—He averiguado lo que pide el protocolo —comentó Teresa, poniendo sobre la mesa una hoja con apuntes—. Para solicitar audiencia con el Gran Duque hay que presentar una petición por escrito a su secretario particular. Y la lista de espera es larga, Doña Mariana. Algunos esperan semanas, incluso meses.
—No tenemos meses —respondió ella, mirando por la ventana—. Pero tampoco podemos esperar a que él venga a nosotros. Si Peredo actúa primero, si presenta sus quejas falsas antes de que yo pueda explicar la verdad, la desconfianza ya estará sembrada. Tendremos que encontrar otra forma.
La oportunidad llegó de manera inesperada. Tres días después, mientras caminaba por uno de los jardines traseros del palacio buscando un momento de silencio, vio que él estaba allí, solo, junto a una fuente de piedra que representaba a las antiguas diosas de la sabiduría. Tenía en las manos unos pergaminos, pero no los leía; simplemente miraba el agua caer, con una expresión de cansancio tan profundo que por un instante Mariana olvidó quién era y solo vio a un hombre cargado con un peso demasiado grande para una sola persona. Respiró hondo. Era ahora o esperar quién sabía cuánto tiempo. Avanzó con paso tranquilo hasta que él se giró al notar su presencia.
—Disculpe, Gran Duque —dijo ella con respeto, haciendo una reverencia—. No deseaba interrumpir su momento de silencio. Puedo retirarme.
Roberto la miró, y por primera vez no había en su mirada la formalidad cortesana que todos conocían. Solo había sinceridad.
—No interrumpe nada, Doña Mariana. Solo estaba… pensando. Y la verdad es que se agradece una pausa. Quédese, por favor. No hay necesidad de tantas formalidades aquí, entre el agua y los árboles.
Ella se acercó un poco más, manteniendo la distancia adecuada pero sin mostrar temor.
—¿Es tan pesada la carga, Gran Duque? Perdóneme si soy impertinente, pero se le ve diferente aquí, lejos de las salas llenas de gente.
Él soltó una pequeña risa, seca y breve, y dejó los pergaminos sobre el borde de la fuente.
—Es una observación justa. Pocas personas se atreven a decirme lo que ven. La mayoría solo ve lo que esperan ver: el título, el poder, la cercanía al trono. Nadie suele ver el peso. Y usted… usted parece ver más allá de lo que muestran los demás. ¿Es eso una habilidad suya o simplemente yo soy más transparente de lo que creo?
—Es que he vivido suficiente para saber que todos llevamos cargas, aunque no las vean los demás. Usted lleva el peso de un Imperio. Yo solo llego con el peso de mi familia. Pero el peso sigue siendo peso.
Roberto la observó con mayor atención, y ella sintió que sus mejillas se calentaban levemente, aunque no entendía por qué.
—¿Por qué ha venido a buscarme, Doña Mariana? Sé que no es casualidad que esté aquí hoy. Su nombre está en mi lista de peticiones de audiencia. Sabía que tarde o temprano buscaría hablar conmigo. Así que hable. Diga lo que necesita decirme, sin rodeos. Tengo poco tiempo, pero le escucharé con atención.
Mariana agradeció su franqueza. No había tiempo para protocolos innecesarios.
—Le pido protección para mi familia, Gran Duque. Y le advierto de una trampa que se está preparando contra nosotros. Raúl Peredo está tejiendo una red de mentiras para arrebatarnos nuestras tierras y nuestro buen nombre. Sé lo que planea porque… porque he visto cómo termina esta historia, aunque suene extraño decirlo así. No son suposiciones. Sé que fabricará deudas, falsificará testigos y nos acusará de traición al Imperio. Y cuando eso ocurra, quiero que sepa que no es verdad. Que venga a nosotros, que nos escuche antes de juzgarnos. Eso es lo que le pido: justicia, no favoritismo. Solo que no nos juzguen por la versión de una sola persona.
Roberto permaneció en silencio unos instantes, mirándola fijamente, sin enfadarse pero analizando cada palabra.
—Acusar a un noble de tales maquinaciones es algo serio, Doña Mariana. Si se equivoca, puede arruinar su propia reputación. Si tiene razón… entonces estamos ante un peligro que va más allá de su familia. Peredo tiene amigos influyentes en la corte. No es alguien a quien se pueda enfrentar a la ligera.
—Lo sé. Y no lo hago por capricho. Lo hago porque es la verdad. Y porque mi familia no merece ser destruida para satisfacer la ambición de otro. Le entrego mi palabra de honor: todo lo que he dicho es verdad. Y cuando llegue el momento, tendrá pruebas. Solo necesito que me crea lo suficiente como para no condenarnos antes de escucharnos.
Roberto asintió lentamente.
—Su palabra vale algo para mí, Doña Mariana. Hay muy pocas personas en esta corte que hablan con tanta claridad y sin buscar beneficios propios. Le haré caso. Cuando surjan esas acusaciones, si es que surgen, no actuaré sin antes hablar con usted y con su hijo. Pero le advierto: si lo que dice es cierto, Peredo no se detendrá ante nada. Estar del lado de la verdad puede ser peligroso. ¿Está dispuesta a correr ese riesgo?
—Estoy dispuesta a cualquier cosa por los míos.
—Entonces tendrá mi atención y mi protección dentro de lo que la ley me permite. Pero tenga cuidado. Y avíseme si nota algo fuera de lo común. Cualquier cosa, por pequeña que parezca. Puede enviarme una nota a través de mi secretario. Solo ponga "de parte de quien cuida lo suyo" y sabré que es de usted.
Mariana sintió que un peso enorme se aliviaba en su pecho.
—Gracias, Gran Duque. No se arrepentirá de confiar en nosotros.
—Espero que no. Pero ahora vaya. Alguien podría vernos y malinterpretar esta conversación. Y cuanto menos sepan que hablamos, más segura estará su familia.
Ella hizo una reverencia y se alejó, con el corazón latiéndole rápido pero con la mente clara. No era una victoria definitiva, pero sí era el comienzo. Tenía su atención. Tenía su promesa. Y por primera vez desde que despertó en su habitación en Monteluna, sintió que realmente podían ganar. Sin embargo, mientras regresaba a la residencia, una pequeña inquietud creció en su interior. No era miedo a Peredo, ni a las intrigas de la corte. Era la forma en que Roberto la había mirado al despedirse, con una mezcla de respeto y algo más que no se atrevía a nombrar, algo que la hacía sentir no solo respetada, sino también vista. Y eso, pensó, era algo que debía vigilar con el mismo cuidado con el que vigilaba a sus enemigos. Porque el corazón humano era tan impredecible como el destino mismo.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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