Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 19.
Ignis lo detuvo con las manos temblando. Su mirada estaba llena de un dolor que intentó disfrazar de molestia, con un nudo tan grande en la garganta que apenas podía hablar.
—Bellamy, si le das todo de ti, podrías morir —dijo, apartándolo con suavidad de la cuna—. Ya le diste suficiente. No sigas.
Su voz sonó fría y dura. Lo tomó del brazo y lo sacó de la habitación con brusquedad, pero toda esa rudeza escondía un miedo terrible, más grande que él mismo.
—¿Qué haces, Ignis? —exclamó Bellamy forcejeando—. ¡Tengo que estar con mi bebé!
Ignis no lo soltó. Si sigues, podrías morir… y eso no lo soportaría. No puedo perderte, pensó, con el corazón destrozado.
Entiendo el miedo de Ignis, pero desearía que él también me entendiera a mí, pensó Bellamy, con lágrimas en los ojos. Mi hijo casi muere sin haber visto el mundo aún… y pretende que lo deje solo. No lo haré.
—Ignis, mi hijo casi muere —se soltó de su agarre con firmeza—. No me importa mi vida, solo la de él. Así que no me impidas estar con mi hijo.
Ignis se detuvo en seco y lo miró fijamente a los ojos. Bellamy pudo ver claramente lo que le preocupaba, el terror puro en su mirada dorada, pero en ese momento, para él solo existía su bebé.
—No te impido estar con nuestro hijo —soltó Ignis con la voz cargada de molestia, aunque sus ojos decían otra cosa—. Baja a comer. Yo lo llevaré.
Con esas palabras, regresó a la habitación y salió cargando el huevo entre sus brazos con un cuidado extremo. Miró a Bellamy con esa mirada que no lograba explicar: no sabía si era amor o si de verdad estaba molesto. Ya era la tercera vez que la veía y no lograba descifrar qué era.
—Bellamy… seré yo quien lo alimente en tu lugar —dijo, tomándole la mano con delicadeza—. Bajemos los tres juntos.
Bellamy asintió, aún con el pecho agitado. Bajaron al comedor en silencio. Ignis se mantuvo callado durante toda la comida, sin decir una palabra. Sostenía el huevo con firmeza sobre su regazo y no dejaba que Bellamy lo tocara, como si fuera a desvanecerse solo por acercarse a su propio hijo. Eso le molestó profundamente.
Su energía era mucho más fuerte que la de Bellamy, eso era cierto. Martin ya no estaba; era natural que él siguiera dándole sus feromonas y su fuerza de dragón al huevo para mantenerlo vivo. Pero que no lo dejara ni siquiera rozarlo le dolía.
—Ya estoy lleno —dijo Bellamy, extendiendo las manos, esperando que le entregara a su hijo—. Ignis, ¿no me escuchaste…?
Ignis lo ignoró por completo. Ni siquiera lo miró.
—Ya comiste. Entonces da un paseo por el jardín para digerir la comida —dijo con sequedad.
Tras decir eso, se levantó y se marchó a su despacho con el huevo entre sus brazos, cerrando la puerta tras de sí.
—¡Ignis! ¡No me ignores! —gritó Bellamy, intentando seguirlo, pero las piernas le fallaron.
Catrina corrió a sostenerlo. Bellamy seguía débil y ni él mismo se había dado cuenta de lo mal que se encontraba. Estaba pálido, con ojeras profundas y sudor frío en la frente. Incluso los sirvientes que pasaban notaban lo mucho que el Duque se preocupaba por él, cómo lo miraba desde la puerta del despacho con culpa. Pero Bellamy solo veía a su hijo.
—Vamos a ver las flores del jardín, señor —sugirió Catrina con voz preocupada—. El señor Ignis cuidará de él. No se preocupe. El Duque daría su vida por usted y por el pequeño.
Bellamy asintió lentamente. Mientras caminaban por el pasillo que daba al jardín, con el viento frío colándose por las ventanas, la frase de Martin volvió a su mente como un veneno.
“Llegaste tarde, Bellamy”.
Esa frase le hizo temblar de pies a cabeza. Sintió como si una pesadilla estuviera por comenzar, como si algo invisible ya se hubiera roto y no pudiera repararse.
—Catrina… ¿sabes qué eran esos símbolos que dibujó Martin? —preguntó de repente, deteniéndose.
Catrina lo miró con miedo. Había escuchado a los sirvientes hablar.
—No lo sé con seguridad, señor. Pero según escuché decir al mayordomo, es una runa para domar dragones. Una runa antigua y prohibida. Creo haber visto algo parecido en la biblioteca del ala este. En los libros que el señor Ignis no deja tocar.
Bellamy apretó los dientes con fuerza. Su mano se cerró en un puño sobre su corazón sintiendo una punzada que lo inquieto.
—¿Domarlos? —susurró para sí mismo, con la voz llena de odio—. ¿Quería domar a mi hijo como si fuera una bestia?
Sus ojos se llenaron de una furia que nunca había sentido. No era celos. Era instinto de madre.
—Catrina, vamos a la biblioteca. Ahora. Necesito leer ese libro. Necesito saber si lo que hizo Martin sigue dentro de mi bebé.
Catrina asintió, asustada por la expresión de Bellamy, y lo ayudó a caminar más rápido hacia la biblioteca.
Mientras tanto… en el templo sagrado de la capital.
Martin, apenas llegó al templo, comenzó a orar y a dar bendiciones a los aldeanos como si nada hubiera pasado. Su vida como Santo Obispo consistía en pasar los días cumpliendo peticiones de los fieles y del Papa, rezando y atendiendo tareas que no le agradaban en absoluto. Pero hoy su rostro estaba apagado, sin esa sonrisa dulce que siempre lo caracterizaba. Estaba pálido.
—Martin, es bueno que hayas regresado —dijo el Sacerdote Mayor, acercándose—. Muchos fieles han preguntado por ti. El Papa desea verte en persona; ve cuando tengas tiempo. Dice que es urgente.
—Iré en cuanto termine mis oraciones —respondió él, con la voz vacía.
Se sentó en el altar y cerró los ojos, pero no podía rezar.
Siento que no todo salió como esperaba. Aunque estoy seguro de que lo logré, no siento la conexión del corazón del pequeño. ¿Será porque aún no ha nacido?pensó, con el semblante serio, carente de toda la dulzura que solía mostrar. Se llevó una mano al pecho. No sentía el latido del vínculo. Solo sentía su propio corazón acelerado.
De pronto, un estruendo se escuchó fuera del templo. Un hombre alto con una armadura plateada, cubierta de polvo del camino, gritó con fuerza desde la entrada, empujando a los guardias.
—¡El Obispo regresó! ¡Por favor, déjenme verlo! ¡Es urgente!
Sus gritos estaban llenos de desesperación y angustia.
—Ahí está otra vez —dijo el Sacerdote Mayor, suspirando con fastidio—. No ha dejado de venir y preguntar por ti en todos estos días. Desde que te fuiste al Ducado. Dice que es un asunto de vida o muerte.
El hombre de la armadura plateada se abrió paso entre la multitud de fieles, y varios sacerdotes jóvenes intentaron detenerlo, pero él no se detuvo. Era un caballero.
—¡Santo Obispo! —gritó una vez más, cayendo de rodillas frente al altar—. ¡Déjenme verlo! ¡Por favor, tiene que ayudarme!
Martin sintió algo extraño en su pecho, un escalofrío. Y lentamente, esa sonrisa fría y calculadora que había mostrado en el Ducado volvió a sus labios. Una sonrisa que nadie en el templo había visto jamás.
—Debe de ser algo muy importante si ha venido todos estos días a buscarme —dijo Martin, levantándose con calma, recuperando su máscara de santidad—. Debo hacer lo que esté en mis manos para aliviar su alma. Es mi deber.
Miró a los guardias y a los sacerdotes.
—Déjenlo pasar —ordenó Martin con voz suave y dulce, como siempre—. ¿En qué puedo ayudarlo, señor caballero? Dígame.
El caballero levantó la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
—Obispo… tiene que venir conmigo, por favor. Es muy urgente. Se trata de mi hijo.
El corazón de Martin latió con fuerza, en ese momento
Bellamy seguramente no sabe que su hijo ya me pertenece, pensó Martin, sintiendo cómo ese latido se hacía más fuerte, un latido que él creía que era el símbolo del vínculo del domador.
Y por más energía y cariño que le den, no les servirá de nada. Cuando lo descubra… ¿qué hará? Me muero por ver su cara cuando lo sepa. ¿Será de dolor? ¿De angustia? ¿O lo dará todo para recuperar a su hijo?