Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 3 EL FIN DEL ACTO
La segunda mitad de la función pasó para Estela como un hermoso y febril sueño. Sentada en la primera fila, sentía que el mundo real se había disuelto por completo, dejando únicamente la majestuosidad del escenario y la imponente figura del Fantasma. Había leído la novela original de Gastón Leroux tantas veces que casi podía recitar los diálogos de memoria, y había devorado la película en bucle en las tardes de invierno junto a Laura. Sin embargo, nada de lo que había imaginado en la soledad de su habitación se comparaba con lo que estaba viviendo esa noche. El actor que daba vida al personaje no se limitaba a cantar; parecía sangrar en cada nota. Poseía una presencia tan magnética y desgarradora que Estela sintió que su idealización del mito se quedaba corta. Este Fantasma era mucho más real, más oscuro, más intensamente apasionado y vulnerable que cualquier otra versión.
Cuando llegó la emblemática escena final en la guarida, donde el personaje renuncia a su amor por el bien de Christine y se queda completamente solo en las sombras, Estela no pudo contener el llanto. Las lágrimas resbalaban cálidas por sus mejillas, reflejando el brillo de las últimas luces del escenario. En el momento en que el telón cayó pesadamente, un silencio sepulcral gobernó la sala durante un segundo, antes de dar paso a una ovación atronadora. El público se puso en pie de inmediato. Estela aplaudía con las manos temblorosas, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Los actores salieron a saludar, y cuando el protagonista masculino avanzó hacia el frente, haciendo una reverencia con la máscara en la mano, Estela creyó morir. Por un breve instante, juraría que los intensos ojos del actor se clavaron directamente en los suyos a través de la distancia.
—¡Ha sido impresionante! —exclamó Laura a su lado, intentando hacerse oír por encima de los aplausos del teatro—. Tenías razón, Estela. Este hombre tiene una voz que no es de este mundo. ¿Estás bien? Estás temblando.
—Estoy bien, es solo que... nunca había visto nada igual —alcanzó a decir Estela, secándose las mejillas con la yema de los dedos mientras el público comenzaba a desalojar lentamente las filas de la platea—. Ha sido perfecto. Mucho más hermoso de lo que jamás imaginé.
El flujo de personas las arrastró con lentitud hacia la salida principal. El aire fresco de la noche madrileña golpeó el rostro de Estela al cruzar las puertas del vestíbulo, ayudándola a regresar un poco a la realidad. A su alrededor, la gente comentaba entusiasmada los detalles de la producción, pero ella permanecía en un silencio contemplativo, con la melodía final resonando en su cabeza. Miró hacia atrás, contemplando la majestuosa fachada del teatro iluminada. Una parte de su alma se había quedado atrapada entre aquellas paredes, fascinada por el misterio de un artista que, sin saberlo, había tocado las fibras más sensibles de su ser.
Mientras tanto, en la zona de los camerinos, la atmósfera era de absoluta euforia. David acababa de cambiarse de ropa a contrarreloj. Se había quitado el pesado maquillaje y la levita, vistiendo ahora unos vaqueros oscuros y una cazadora negra de cuero. Ignoró los comentarios de felicitación del director y del resto del elenco que se cruzaban con él en el pasillo. Tenía una urgencia ciega quemándole el pecho. Salió a toda prisa por la puerta trasera de artistas, rodeando el edificio del teatro hasta llegar a las inmediaciones de la plaza principal, justo por donde el público general estaba abandonando el recinto.
Se colocó la capucha de la sudadera para evitar ser reconocido por los rezagados y se apostó cerca de una de las grandes columnas de la entrada. Sus ojos recorrieron con desesperación la marea de rostros que se dispersaba bajo las farolas. Buscaba el vestido azul marino, el cabello castaño y, sobre todo, el brillo de aquella mirada inocente y húmeda que lo había desarmado en el escenario. Divisó a varias jóvenes de espaldas, caminó unos pasos entre la multitud sintiendo que el corazón se le salía del pecho, pero ninguna era ella. La plaza se iba vaciando poco a poco, y la fría certeza de que la había perdido de vista lo golpeó con fuerza. Se pasó una mano por el pelo, frustrado y respirando con dificultad. ¿Cómo era posible que una desconocida lo hubiera vuelto loco en apenas un par de horas?
Con el ánimo ensombrecido, regresó al interior del teatro y se dirigió a los despachos de producción. Allí lo esperaba Carlos, su representante y amigo de toda la vida. Carlos era un hombre de unos cuarenta años, de mente analítica y carácter pragmático, que llevaba la carrera de David con mano de hierro desde sus inicios. Estaba revisando unos contratos en su tableta cuando David entró y cerró la puerta de golpe, apoyándose contra ella.
—Vaya, David, has estado soberbio esta noche —dijo Carlos sin levantar la vista—. El director de la próxima temporada ya me ha llamado para...
—Carlos, necesito que me ayudes —lo interrumpió David con una voz tensa y seria que hizo que su representante dejara la tableta sobre la mesa de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Te has hecho daño en la voz? ¿Algún problema con el contrato? —preguntó Carlos, alarmado por la inusual expresión del actor.
—No, no es nada de eso. Es sobre alguien del público —David se acercó al escritorio, apoyando las manos en la madera—. En la función de hoy, en la primera fila, justo en el centro... había una chica. Tendrá unos veinticuatro años, iba con un vestido azul marino y su amiga llevaba una chaqueta roja. Carlos, necesito saber quién es.
Carlos lo miró parpadeando un par de veces, completamente desconcertado. En los casi diez años que llevaba trabajando con David, jamás lo había visto interesarse por nadie del público, y mucho menos mostrar semejante nivel de fijación obsesiva. David siempre había sido un profesional intachable, hermético con su vida privada y sumamente selectivo.
—A ver, David, cálmate —dijo Carlos, suavizando el tono—. Es una fan más de las miles que vienen a verte cada semana. El teatro estaba lleno. ¿Cómo pretendes que averigüe su identidad con solo una descripción de su ropa? Es imposible.
—No es una fan cualquiera, Carlos —insistió David, y el brillo de determinación en sus ojos hizo que su representante se tomara el asunto en serio—. Casi me quedo en blanco en mitad del primer acto por su culpa. Su mirada... nunca había visto a nadie conectar de esa manera con lo que hago. Sentí que cantaba solo para ella. Sé que suena a locura, pero no puedo quitármela de la cabeza. Por favor, las entradas de la primera fila son nominativas o se compran a través de la plataforma web del teatro. Alguien tiene que tener el registro de esos asientos.
Carlos suspiró profundamente, frotándose las sienes. Conocía el lado idealista y profundamente romántico de David, el mismo que lo convertía en un actor brillante pero que a veces lo volvía un tanto imprudente en sus anhelos personales.
—David, aunque consiguiera acceder al sistema de venta de entradas, no puedo ir por ahí dando datos privados de los espectadores. Es ilegal y, si la prensa se entera de que la gran estrella del musical está rastreando a una chica del público, armarán un escándalo monumental. Dirán que eres un acosador o algo peor. Tienes una reputación que proteger.
—Lo sé, lo sé perfectamente —respondió David, bajando la voz pero manteniendo la firmeza—. Por eso te lo pido a ti. Nadie tiene que enterarse. Solo quiero saber su nombre, saber cómo es su vida. No me voy a lanzar sobre ella como un loco de la farándula. Si descubro quién es, buscaré una manera limpia de acercarme sin que piense que todo esto es un juego o una mentira mediática. Por favor, Carlos. Hazlo por mí. Como amigo.
Carlos contempló a David en silencio durante unos largos segundos. Vio la vulnerabilidad real en el rostro del cantante y comprendió que no se trataba de un capricho pasajero. Exhaló un bufido de resignación y volvió a coger su tableta.
—Está bien —cedió Carlos, apuntando los detalles de los asientos—. Mañana hablaré de forma muy discreta con el jefe de taquilla. Le inventaré una historia sobre un objeto perdido o una promoción especial para los asientos VIP. Pero te advierto una cosa, David: si encuentro su nombre o sus redes sociales, tú te encargarás de manejar esto con pies de plomo. No quiero que arruines tu carrera por un flechazo de teatro.
—Te lo prometo —dijo David, sintiendo que un peso enorme se le quitaba de encima—. Gracias, Carlos. No sabes lo importante que es esto para mí.
Al salir del despacho, David caminó hacia su camerino con una chispa de esperanza encendida en el pecho. Sabía que el camino no sería fácil y que el misterio apenas comenzaba, pero la búsqueda de la dueña de la mirada húmeda ya estaba en marcha, y el Fantasma no iba a rendirse hasta encontrar a su musa.