"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Gestos a destiempo
El desayuno a la mañana siguiente fue un espectáculo involuntariamente cómico. Adrián, con el ego visiblemente resentido tras el rechazo de la noche anterior, decidió desplegar una estrategia digna de un adolescente despechado: la indiferencia combinada con un despliegue patético de importancia.
Se paseaba por el comedor haciendo llamadas de negocios con un volumen innecesariamente alto, tecleando con furia en su tableta y suspirando con dramatismo cada vez que revisaba su agenda. Llegó al extremo de servir su propio café con un aire de "hombre autosuficiente que no necesita a nadie", todo mientras reojoaba hacia el extremo de la mesa esperando que yo reaccionara, le preguntara por su día o diera la menor muestra de celos o preocupación.
Yo me limité a untar mi tostada con mermelada y leer tranquilamente una revista en mi teléfono. Mi absoluta indiferencia volvió sus aspavientos ridículos; a las ocho y media, frustrado al ver que su show no causaba el menor efecto, recogió sus cosas a toda prisa y salió dando un taconazo dramático que casi lo hace tropezar.
Sonreí en silencio, disfrutando de mi café recién hecho. Adrián estaba perdiendo los papeles por el simple hecho de que yo había dejado de actuar según su libreto.
Al mediodía, mientras revisaba algunas plantas en el jardín, recibí una llamada a mi teléfono. Era Elena Vance.
—Valeria, qué gusto saludarte —dijo con esa falsedad que le salía de forma tan natural—. Te llamo rápido porque estoy organizando la agenda de Adrián para los compromisos del próximo mes. Hay un par de cenas benéficas donde tu presencia como esposa es necesaria para proyectar estabilidad ante los inversionistas.
Su tono intentaba sonar superior, como si estuviera dándome órdenes.
—Gracias por llamar, Elena —contesté con una calma gélida—. Envíame las fechas por correo. Las revisaré y te confirmaré si encajan con mi propia agenda.
Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea.
—Valeria... no es una invitación opcional. Sabes perfectamente que la imagen del despacho depende de la solidez del matrimonio. Y, francamente, después de la escena que montaste en el Grand Regent buscando la atención de Blackwood, lo mínimo que puedes hacer es mostrar un poco de compromiso.
Dejé escapar una risa breve y pausada que debió enardecerle la sangre.
—Elena, te sugiero que no confundas tus funciones como abogada de la firma con la gestión de mi vida privada —respondí con una precisión implacable—. Mi conversación con Dorian es estrictamente mi problema, nada que ver contigo. Si te sientes insegura sobre la estabilidad de Adrián o del despacho, te sugiero que lo resuelvas en las juntas de trabajo, no conmigo. Pásame el correo. Que tengas buen día.
Colgué antes de que pudiera replicar, dejando que sus dardos envenenados se estrellaran contra la nada.
Por la tarde, la dinámica entre Dorian y yo tomó un ritmo mucho más continuo. El intercambio de mensajes se había vuelto una constante fluida y ligera a lo largo del día.
«Sé que es repentino, pero estoy cerca de tu zona revisando una propiedad. Hay un pequeño parque con un conservatorio de cristal cerca de la avenida principal. ¿Tienes veinte minutos para escaparte a tomar un algo?»
Un cosquilleo de emoción me recorrió la espalda. En lugar de espaciar los encuentros por puro protocolo, la espontaneidad con la que Dorian buscaba pequeñas pausas para vernos aceleraba la química entre los dos.
—En diez minutos estoy ahí —respondí.
Salí de la casa sin darle explicaciones a nadie. Al llegar al parque, la estructura de hierro y cristal del invernadero destacaba entre los árboles. Encontré a Dorian esperándome junto a una mesa de hierro forjado bajo la sombra de unos helechos gigantes. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y la chaqueta sobre el respaldo de la silla.
Al verme llegar, se puso de pie con esa sonrisa auténtica que transformaba por completo sus facciones.
—Cada vez respondes más rápido a mis distracciones —dijo Dorian, recortando la distancia para saludarme.
—Es que tus distracciones son infinitamente mejores que mi rutina —admití, sintiendo cómo el ambiente se aligeraba al instante en su presencia.
Nos sentamos a conversar. No hablamos de corporativos, ni de contratos, ni de las intrigas de la élite; hablamos de libros, de viajes y de la tranquilidad de estar lejos de la gente. Ver a Dorian tan seguido, despojado de su armadura, me permitía descubrir a un hombre atento, irónico y profundamente observador.
Al despedirnos, media hora después, me entregó una pequeña bolsa de papel de estraza.
—Encontré esto en una librería algo vieja esta mañana —dijo mientras me acompañaba hacia la salida—. Es un tratado ilustrado de botánica del siglo XIX. Pensé que te sacaría una sonrisa.
Tomé el detalle, conmovida por la atención a los detalles que Adrián jamás tuvo.
—Es perfecto, Dorian. Gracias.
Él rozó suavemente mi codo al despedirse, un contacto breve pero cargado de una calidez que me acompañó todo el camino de regreso.
Cuando volví a casa por la noche, Adrián intentaba desesperadamente llamar mi atención de nuevo. Esta vez había dejado sobre la mesa de la entrada un enorme e impersonante ramo de rosas rojas —de una floristería comercial— con una nota que decía: "Para empezar de nuevo".
Pasé por su lado sin detenerme, sosteniendo en mis manos el libro antiguo que Dorian me había regalado. Miré el ramo de Adrián, sonreí ante lo vacío de su gesto y subí a mi habitación, consciente de que los intentos de mi esposo llegaban tarde a un corazón que ya estaba siendo ganado en otro lugar.