Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 13
El eco de la orden de James retumbó en las paredes de piedra del gran salón, cortando de tajo cualquier intento de súplica.
Antes de que Serena pudiera pronunciar una sola palabra más, los guardias se abalanzaron sobre ella con rudeza, tirando de las pesadas cadenas. Al mismo tiempo, otro par de soldados sujetó con fuerza al padre de la chica, quien no opuso resistencia, limitándose a buscar con la mirada a su hija con una expresión de infinita y rota resignación.
—¡No! ¡A él no! ¡Llévenme a mí sola! —gritó Serena, forcejeando con desesperación mientras la arrastraban hacia las puertas traseras del salón—. ¡Padre! ¡Papá, discúlpame! ¡Es por mi culpa que estás aquí!
El anciano fue empujado con brusquedad para que marchara al mismo ritmo que ella, mientras los murmullos de la alta sociedad los despedían con desprecio y alivio.
En la tarima principal, James se mantuvo de pie con los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. Apartó la vista del pasillo por donde se habían llevado a los prisioneros y sintió una mano posarse con suavidad sobre su brazo.
Era Selma. Su rostro había recuperado una pálida compostura, aunque el rastro de la furia desmedida que acababa de mostrar aún latía en la tensión de su mandíbula.
—Has tomado la decisión correcta, James —susurró Selma con una dulzura calculada, intentando sonar tranquilizadora—. Un crimen de esta magnitud no puede quedar impune, sin importar los lazos de sangre que invoquen. La manada necesita ver mano dura ahora más que nunca.
James se giró lentamente hacia su esposa. Sus ojos dorados la recorrieron con una frialdad distante que hizo que Selma contuviera el aliento por una fracción de segundo, temiendo haber cruzado la línea con su arrebato de celos. Sin embargo, el rostro de James solo mostraba el cansancio de un hombre al que la vida le había arrebatado todo en cuestión de horas.
—Retírate a nuestros aposentos, Selma —dijo James con voz monótona, apartándose de su tacto—. Tengo que ocuparme de los asuntos del consejo.
Sin esperar respuesta, el Alfa abandonó el estrado a grandes zancadas, dejando a su esposa sola con su victoria amarga y la sombra constante del pánico.
Mientras tanto, en las profundidades de los calabozos, el ambiente era aún más gélido y hostil que antes.
Los guardias abrieron la puerta de la celda contigua a la de Serena y empujaron al padre dentro sin ningún miramiento. El hombre cayó de rodillas sobre la piedra húmeda, tosiendo levemente por el polvo y el frío punzante del subterráneo.
—¡Padre! —clamó Serena, pegándose a los barrotes de su celda e intentando estirar los brazos a través del metal para alcanzarlo—. ¡Dime que estás bien! ¿Te lastimaron?
El hombre se incorporó con lentitud, apoyando la espalda contra la pared de piedra opuesta. Su respiración era agitada, pero levantó el rostro para dedicarle a su hija una sonrisa temblorosa, cansada y profundamente amorosa.
—Estoy bien, hija... No te preocupes por mí —murmuró su padre con voz ronca, negando suavemente con la cabeza—. No iba a permitir que te mataran frente a esos monstruos. Si mi vida es el precio para que tengas una oportunidad, la pago con gusto.
—¡No digas eso! —rompió a llorar Serena, dejando caer la frente contra el hierro frío, sintiendo que el peso del mundo la aplastaba por completo—. ¡Prefiero morir mil veces antes de verte aquí por mi culpa! No hicimos nada...
El sonido de unas botas pesadas y firmes que descendían por las escaleras de piedra detuvo sus lamentos.
Ambos levantaron la vista hacia la penumbra del pasillo. La luz de una única antorcha reveló la silueta imponente de James. Venía solo. Su rostro era una máscara impenetrable, pero la forma en que sus ojos dorados brillaban en la oscuridad denotaba un torbellino de pensamientos oscuros.
James se detuvo justo frente a la celda de Serena, ignorando por un momento al padre de la chica, que lo observaba desde el encierro contiguo con una mezcla de recelo y miedo.
—¿A qué has venido? —preguntó Serena con la voz quebrada, enderezándose con dificultad y limpiándose las lágrimas sucias de barro y sangre del rostro—. ¿A recordarnos que vamos a morir? ¿A burlarte de nosotros?
James la observó en silencio durante unos segundos eternos. El eco de los gritos de Selma en el gran salón y la desesperación genuina de la chica seguían retumbando en su cabeza. Algo no encajaba. Las piezas de ese rompecabezas sangriento estaban tan retorcidas que desafiaban la lógica de la manada.
—No vine a burlarme, Serena —respondió James al fin, con un tono de voz inusualmente bajo, casi un susurro dirigido solo para ellos—. Vine a hacerte una pregunta. Y más te vale responder con absoluta verdad, si es que te queda algo de vida por salvar.