Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 15: La sangre no se lava
El lino blanco de la sábana cayó sobre el suelo como una bandera rendida cuando Valeria se puso en pie.
No intentó cubrirse con timidez; recogió su camisa de satén del suelo, ignorando los botones arrancados, y se la deslizó por los hombros con la frialdad mecánica de un soldado que vuelve a colocarse la armadura tras una tregua traicionera. Sus dedos se movían con una precisión metódica mientras cerraba la tela sobre su pecho, pero por dentro sentía que cada centímetro de su piel, todavía húmedo por el sudor de Damian, ardía bajo una capa de hielo negro.
Damian no se movió de la cama. Permanecía apoyado contra las almohadas, con el torso desnudo cubierto de sombras y los ojos ámbar fijos en cada uno de sus gestos. Había una quietud siniestra en su postura, la de un juez que ya ha dictado sentencia pero aún espera escuchar el último alegato del acusado por pura diversión morbosa.
—¿No vas a negarlo? —preguntó él. Su tono era bajo, aterciopelado y cargado de una sospecha corrosiva.
Valeria se abrochó los pantalones de paño y buscó sus zapatos junto a la chimenea apagada antes de girarse para encararlo. Sus ojos castaños estaban secos, implacables, desprovistos del calor que los había consumido horas antes.
—¿Para qué? —respondió ella con un desdén afilado como una navaja barbera—. Ya tienes los expedientes de Kassian. ¿Qué quieres que te diga, Valmont? ¿Que soy la pobre heredera descarriada de los muelles de Boston que vino a Suiza a respirar aire puro?
—Quiero saber qué hace la hija de Liam Callahan trabajando como directora de operaciones en mi consorcio durante doce meses —Damian se incorporó despacio, bajando las piernas de la cama. Al ponerse de pie, su imponente figura descalza dominó la suite, proyectando una sombra pesada sobre los frescos del techo—. Durante un año entero tuviste acceso a mis libros de cuentas, a mis rutas en Róterdam y a las concesiones de la cuenca del Rin. Los Callahan llevan una década intentando meter cargamentos de contrabando en los puertos del norte de Europa sin pagar peaje al Cónclave.
Valeria soltó una carcajada seca, rota y cargada de veneno que resonó bajo las vigas doradas.
—¿Crees que soy una espía? —preguntó ella, dando un paso al frente, acortando la distancia con una temeridad que desafiaba toda lógica de supervivencia—. ¿Crees que mi padre me mandó aquí para robarte las rutas de flete? ¡Eres un paranoico ridículo!
—En mi posición, Valeria, los que no son paranoicos terminan con una bala en la nuca o una copa de curare en una fiesta de caridad —replicó él, dando dos zancadas lentas hacia ella. Su mandíbula estaba tensa, y esa mirada depredadora que en la oficina aterraba a ministros de Estado ahora vibraba con una mezcla de furia herida y deseo posesivo—. Tu familia es una plaga en la costa este. Trafican con armas automáticas, compran jueces federales y revientan sindicatos con bates de béisbol. ¿Tengo que creer que su hija favorita decidió convertirse en contadora suiza por amor a la legalidad?
—¡Mi familia es una fosa común! —le gritó ella en la cara, perdiendo por primera vez el control milimétrico de su voz.
El grito rebotó contra los muros de piedra del palazzo.
Valeria tenía el pecho agitado bajo la camisa deshecha, las pupilas dilatadas por una rabia tan antigua y profunda que le nubló la vista por una fracción de segundo.
—Huí de Boston la noche que cumplí veintidós años —dijo ella, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro áspero, tembloroso de asco y dolor—. Huí porque mi hermano Julian arrastró a un muchacho de dieciocho años a un cobertizo del muelle cuatro y le descerrajó dos tiros en la cabeza porque había perdido una caja de munición. Mi padre estaba sentado en un barril, bebiendo whisky irlandés, y me dijo que limpiara la sangre con una manguera si quería ganarme mi parte de la cena.
Damian se detuvo a medio metro de ella. Sus ojos ámbar parpadearon, absorbiendo el impacto de sus palabras.
—Renuncié a mi apellido esa misma noche —continuó Valeria, clavándole los dedos en el pecho desnudo con una rabia ciega, sintiendo la dureza de sus cicatrices bajo las yemas—. Me subí a un carguero con la ropa que llevaba puesta y un pasaporte falso comprado a un falsificador borracho en los muelles. No me llevé un solo centavo de su dinero manchado. Pasé seis años comiendo arroz frío en pensiones de Dublín y Marsella, estudiando leyes marítimas de madrugada para ganarme un sueldo limpio, para no tener que mirar jamás a los ojos a un bastardo que se cree dueño de la vida de los demás por tener una pistola en la cintura.
Hizo una pausa, respirando con dificultad. Sus ojos se llenaron de un brillo feroz, desafiante, mientras sostenía la mirada del magnate.
—Y después de seis años rompiéndome la espalda para ser intachable... termino en Ginebra, trabajando para otro traficante de armas que viste trajes de tres mil francos y se cree un rey medieval porque compra puertos en la oscuridad. Y lo peor de todo... lo más estúpido y patético de todo... es que terminé acostándome con él en un tren.
La bofetada moral golpeó a Damian con más fuerza que cualquier proyectil.
El líder del Cónclave de Hierro, el hombre que no retrocedía ante amenazas militares ni chantajes de la mafia rusa, permaneció inmóvil. La frialdad calculadora de su rostro se fragmentó por un segundo, dejando al descubierto una grieta de pura turbación. No había mentira en la voz de Valeria; reconocía el olor del desprecio genuino. Ella no había sido plantada para destruirlo desde dentro; simplemente había intentado escapar de un infierno para terminar cayendo, por ironía del destino, en el corazón de otro.
Damian estiró la mano sana y le atrapó la muñeca antes de que ella pudiera apartar el brazo. No apretó con violencia, pero el agarre fue firme como una cadena.
—No te atrevas a compararme con los Callahan —gruñó él en voz baja, con un filo peligroso—. Tu padre vende caos en las esquinas para comprar matones de barrio. Yo controlo el flujo del armamento para que los gobiernos no entren en colapso antes de tiempo. Hay reglas en mi consorcio. Hay límites.
—¡Son armas, Damian! —le espetó ella, tirando de la muñeca sin lograr liberarse—. ¡Matan igual! El plomo que vendes en tus cajas selladas no pregunta si el comprador tiene modales suizos o viste de etiqueta antes de perforarle los pulmones a alguien. Eres exactamente la misma mierda que dejé atrás en Boston, solo que tu oficina tiene alfombras caras y vistas al lago.
Damian tiró de su brazo hacia adelante, acortando el último espacio entre ambos hasta que sus pechos volvieron a chocar. El calor residual de sus cuerpos, la memoria física de los gemidos y la entrega salvaje que habían compartido sobre la cama apenas una hora antes, volvió a electrificar el aire con una violencia insoportable.
—Si soy tan monstruoso, Valeria... ¿por qué me salvaste la vida en Zúrich? —le exigió él, mirándola a los labios con una intensidad que rozaba la locura—. Podías haberme dejado morir en esa suite. Podías haber recogido tus cosas y desaparecido en el primer tren hacia la frontera. ¿Por qué te quedaste toda la noche sosteniéndome la cabeza mientras deliraba?
Valeria abrió la boca para soltar una de sus habituales respuestas burocráticas, una justificación fría sobre contratos y liquidaciones, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
La verdad estaba ahí, desnuda y aterradora entre los dos. Se había quedado porque, a pesar de su traje impecable y su leyenda oscura, había visto en él a un hombre roto, solitario y acorralado. Se había quedado porque, contra toda su lógica y su instinto de conservación, se había enamorado del único hombre al que tenía prohibido acercarse.
Antes de que pudiera responder, la puerta principal de la suite se abrió con un chasquido metálico.
Kassian apareció en el umbral. El jefe de seguridad traía un teléfono satelital en la mano y la mandíbula apretada con una rigidez que no presagiaba nada bueno. Al ver a su jefe descalzo, sosteniendo a Valeria por la muñeca a medio vestir frente a la cama deshecha, Kassian ni siquiera pestañeó.
—Damian —dijo con su voz de gravilla—. Tenemos que volver a Ginebra ahora mismo.
Damian no soltó a Valeria, pero desvió los ojos ámbar hacia su lugarteniente sin relajar la postura.
—¿Qué ocurre?
—Alguien en Massachusetts acaba de activar una alerta roja en las bases de datos de inmigración de la embajada suiza —explicó Kassian, mirando a Valeria de reojo con una mezcla de cautela y gravedad—. No fue la policía federal. Fue una consulta privada con los códigos de seguridad del sindicato portuario de Boston. Julian Callahan sabe que su hermana no está muerta. Y ya tiene a dos personas rastreando las nóminas de las corporaciones logísticas en Europa Central.
El aire en la habitación se volvió irrespirable.
Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Una náusea repentina, helada y visceral, le atenazó el estómago, obligándola a apoyar la mano libre en el hombro de Damian para no tambalearse.
Julian. Su hermano mayor. El monstruo con ojos claros que nunca perdonaba una deserción.
Damian sintió el estremecimiento en el cuerpo de Valeria. En lugar de soltarla, aflojó el grillete de sus dedos solo para deslizar su mano hacia arriba, envolviéndole la cintura con una posesividad implacable y pegándola contra su costado en un gesto protector tan instintivo que ni él mismo pudo evitarlo.
Miró a Kassian con una mirada que habría helado las aguas del Lemán.
—Prepara el convoy —ordenó Damian con voz sorda, fría y definitiva—. Nos vamos. A partir de este segundo, la planta cuarenta y dos entra en protocolo de aislamiento total. Y si algún bastardo con acento de Boston pone un pie en el cantón de Ginebra... no quiero que llegue vivo al lago.