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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:484
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

NovelToon tiene autorización de Liz Eliana Cera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

T3 Capítulo 18 - La verdad desenterrada

En el umbral de la casa de los Anderson, Diego no pudo contener su emoción por más tiempo.

—¡Hermana! —exclamó con los ojos empañados de felicidad, rompiendo la distancia para envolverla en un abrazo apretado, ignorando la rigidez en el cuerpo de ella.

Bibiana se mantuvo completamente seria, con los brazos caídos a los costados, incapaz de corresponder el gesto de alguien que le había guardado un secreto tan sucio. Al separarse, Diego la tomó por los hombros, desbordando alegría.

—¡Pensamos que no te volveríamos a ver nunca! ¿Cómo estás? ¿Te hicieron algo?

—Estoy bien —respondió ella, con una voz desprovista de cualquier calidez—. ¿Nuestro padre está en la casa?

—Sí, está arriba. ¡Ya mismo lo voy a buscar! No tienes idea de lo feliz que se va a poner cuando te vea —aseguró Diego, hartándose para dejarle el camino libre—. Pasa, por favor.

Bibiana cruzó el umbral en silencio, arrastrando consigo la pesada vibra de la traición. Diego, ajeno por completo al tormento de su hermana, le dedicó una última sonrisa antes de salir corriendo hacia las escaleras.

—Espérame aquí, no me tardo nada. ¡Papá! ¡Tienes que bajar! —gritó mientras subía los escalones de dos en dos.

En cuanto Diego desapareció en la planta alta, Melissa dio un paso al frente desde la sala. Al ver a su amiga sana y salva, sus ojos se iluminaron de alivio.

—¡Bibi! —exclamó, acercándose rápidamente para fundirse en un abrazo sincero con ella.

Al sentir el contacto de la vampiresa, la coraza de Bibiana se suavizó un poco. Una pequeña y genuina sonrisa apareció en su rostro al corresponder el afecto.

—Hola, Meli.

—Me alegro tanto de que por fin hayas podido salir de ese lugar... —susurró Melissa, separándose con cuidado.

—Gracias, amiga —respondió Bibiana, bajando la voz para mantener la complicidad—. De hecho, Adam y yo vamos a vivir aquí en nuestra cabaña. Puedes visitarme cuando quieras.

Los ojos de Melissa se abrieron de par en par, contagiada por la ilusión de la nueva etapa de su amiga.

—Lo haré, te lo prometo. Estoy tan feliz de que ya estés aquí de regreso.

Ambas se unieron en un breve abrazo, era un lazo de lealtad que contrastaba con el resto de la casa. Sin embargo, el momento de paz duró apenas unos segundos. Unos pasos lentos y arrastrados anunciaron la llegada de la discordia.

—Vaya, vaya... No puedo creer que hayas vuelto del lugar donde estabas, hermanita —soltó Elena, apareciendo en el pasillo con los brazos cruzados y una expresión cargada de ironía y desdén.

Bibiana se giró lentamente hacia ella. La calidez que acababa de mostrarle a Melissa se evaporó por completo. Se quedó callada, fulminándola con una mirada tan cortante y gélida que habría hecho retroceder a cualquiera, preparándose para romper el silencio solo cuando toda la familia estuviera reunida.

Mientras tanto en la profundidad del bosque, una ráfaga de nieve se detuvo frente al antiguo refugio. Adam se quedó estático, parpadeando con incredulidad ante lo que sus ojos veían.

—No puede ser... —murmuró para sí mismo, sintiendo cómo un escalofrío de pura tensión le recorría la espalda.

La vieja y desgastada cabaña donde solía quedarse ya no existía. En su lugar, se erigía una propiedad completamente remodelada, sólida, moderna y lujosa. No hacía falta ser un genio para entenderlo: Clara le había regalado los papeles, pero el que había mandado a remodelar todo desde la distancia era su padre. Marcelo había marcado su territorio. Era un recordatorio silencioso de que, a pesar del plazo de seis meses, seguían bajo su absoluto control.

Cruzó el umbral de lo que se suponía sería su santuario de libertad. Conforme avanzaba por las habitaciones, la frustración iba ganando terreno en su pecho. Recorrió toda la propiedad observando cada detalle: los acabados perfectos, los muebles importados y los lujos excesivos que adornaban el lugar. Nada de eso le pertenecía a su esencia.

Al regresar a la sala, la impotencia lo hizo apretar los puños.

—Mi padre tiene que ver con esto... —masculló para sí mismo, con la voz cargada de ira.

Sin pensarlo dos veces, sacó su teléfono del bolsillo y marcó el número que tanto detestaba. Sabía que no podía quedarse callado ante semejante atrevimiento.

Al otro lado de la línea, en la lejana mansión, la llamada no tardó en ser enlazada.

—Bueno —contestó Marcelo, con su habitual tono imperturbable.

—Hola, papá —soltó Adam, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no gritar.

—Hola, hijo. Veo que ya pudiste llegar con tu esposa a Finlandia.

—Sí, ya llegamos —replicó Adam, yendo directo al grano antes de que su padre cambiara de tema—. ¿Por qué remodelaste mi cabaña? ¿Quién te dio el derecho?

Marcelo soltó un leve suspiro, restándole importancia al reclamo de su hijo.

—No iba a permitir que un hijo mío viviera en esas condiciones de pobreza, Adam. Sería una deshonra para nuestro apellido.

—¡A mí me gustaba mucho más cómo estaba antes! —estalló el joven, con el rostro encendido de rabia—. Para mí era perfecta tal y como estaba, papá. No tenías por qué meter tus manos aquí.

—Pues lo siento mucho, hijo —sentenció Marcelo, con una frialdad que cerraba cualquier debate—. Vas a tener que acostumbrarte a ella así como está ahora.

Adam apretó los dientes, dándose cuenta de que discutir con él era inútil, pero necesitaba dejar clara su postura.

—Esta es la última vez que te permito hacer algo en mi vida sin consultarme. No te metas más en mis asuntos. Adiós, papá.

Sin esperar una respuesta, Adam presionó la pantalla y colgó la llamada, arrojando el teléfono sobre uno de los costosos sillones nuevos.

En la Mansión Soler, Marcelo apartó el dispositivo de su oído y dibujó una leve sonrisa de suficiencia.

—Ya se le pasará... —murmuró para sí mismo en la soledad de su despacho, restándole importancia al enojo de su hijo mientras volvía a concentrarse en los documentos que tenía esparcidos sobre el escritorio.

En la sala de los Anderson, las dos hermanas sostenían una mirada que destilaba hielo. Bibiana dio un paso al frente, rompiendo el tenso silencio.

—Veo que no estás nada feliz de volver a verme, hermanita —soltó Bibiana, con una ironía filosa en la voz.

Elena soltó una risa seca, cruzándose de brazos mientras la recorría con la mirada de arriba abajo.

—Tú sabes perfectamente que no. Por mí, te hubieras quedado para siempre con tu familia de monstruos millonarios... Aunque, por lo visto, al menos te vistieron muy bien —escupió con rabia, carcomida por la envidia al ver la elegancia de su hermana.

—Nunca me iba a quedar con ellos, Elena —replicó Bibiana, manteniendo una madurez impresionante—. Pero no te preocupes, porque tampoco vengo a quedarme con ustedes.

Elena frunció el ceño, desconcertada por la revelación.

—Si no viniste a quedarte con nosotros, ¿entonces a qué demonios viniste? ¿Qué haces aquí?

—Vine a hablar con nuestro padre. De algo que, de seguro, tú también debes saber —sentenció Bibiana, clavándole los ojos.

Elena no se inmutó. Al contrario, una expresión de cinismo dibujó una mueca en su rostro.

—Si te refieres a ese famoso pacto... pues sí. Todos lo sabíamos en esta casa. Incluso Matt.

Bibiana alzó las cejas, genuinamente sorprendida por la revelación. No sintió dolor ni despecho, ya que en el fondo nunca había amado verdaderamente a Matt; sin embargo, la indignación la invadió al descubrir hasta qué punto llegaba la mentira colectiva.

—¿Matt... Matt también lo sabía? —preguntó, con una mueca de desprecio.

—Sí —asentió Elena, dando un paso hacia ella para disfrutar de la situación. Una sonrisa malvada y retorcida se dibujó en sus labios—. Él también te lo ocultó, al igual que todos nosotros. Eras la única tonta que no tenía idea de nada.

Bibiana se quedó completamente callada, asimilando la hipocresía de quienes la rodeaban. Su silencio no era de tristeza, sino de pura decepción hacia la red de mentiras que habían tejido a su costa.

En ese instante, unos pasos apresurados bajaron las escaleras. Ignacio entró a la sala con el rostro empapado en lágrimas y los brazos extendidos, impulsado por una alegría desesperada.

—¡Hija! ¡Mi amor! Estoy tan feliz de volverte a ver... —exclamó el hombre, lanzándose a envolverla en un abrazo.

—¡No me toques, papá! —gritó Bibiana, apartándose bruscamente con una furia que congeló a todos en la habitación. Sus ojos brillaban llenos de rabia y decepción.

Ignacio se quedó con los brazos vacíos en el aire, parpadeando con dolor y confusión.

—¿Qué... qué pasa, hija? ¿Por qué me tratas así?

Bibiana se irguió, respirando hondo mientras dejaba salir la verdad con una frialdad cortante.

—Pasa que ya lo sé todo, papá. Sé perfectamente que me vendiste al padre de Adam hace años. Me usaste como una maldita mercancía.

Ignacio abrió la boca para defenderse, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Se quedó completamente callado, bajando la cabeza ante la mirada inquisidora de la hija a la que le había destruido el destino.

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