Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 19: Su lado más cruel y dominante.
La reconciliación de nuestra discusión había traído calma, y durante varios días, Lucien había cumplido su promesa: me dejaba caminar, me dejaba explorar, me dejaba ser libre, siempre con la seguridad de que él estaba ahí, al alcance de mi voz, vigilando desde las sombras sin invadir mi espacio. Había conocido su lado tierno, su lado protector, su lado enamorado y hasta vulnerable. Me había acostumbrado a esa versión suave que solo yo conocía, a la que me sonreía, me acariciaba y me hablaba con dulzura.
Pero esa tarde, mientras lo acompañaba a una zona más profunda del castillo, donde se reunían los generales de sus ejércitos y los señores de las zonas más salvajes del Abismo, entendí algo que no debía haber olvidado: la ternura que me daba a mí era una excepción, no la regla. Y el ser que tenía a mi lado no era solo mi amante, mi compañero, mi refugio… Era el Príncipe de las Sombras, el gobernante absoluto, el ser más temido y cruel que existía en todos los reinos oscuros.
Entramos en una sala inmensa, de paredes de roca negra y columnas que parecían sostener el peso de todo el mundo. El aire allí era denso, frío, cargado de una energía pesada que hacía que hasta respirar costara un poco. Había figuras altas, imponentes, armaduras oscuras, rostros duros, ojos brillantes llenos de orgullo y fuerza. Todos se inclinaron al verlo llegar, pero no era una reverencia de respeto, sino de sumisión absoluta, de miedo profundo, de saber que frente a ellos estaba alguien que podía destruirlos con un solo movimiento de su mano.
Yo iba caminando a su lado, pero esta vez no me tomaba de la mano. Caminaba un paso por delante, su espalda erguida, sus alas medio desplegadas, su presencia llenando todo el espacio, haciéndolo sentir más grande, más alto, más aterrador de lo que ya era. No me miró al entrar. No me sonrió. Ni siquiera me dio una señal de que sabía que yo estaba allí. Su atención estaba puesta en los seres que nos esperaban, y en sus ojos no había ni rastro del amor, ni de la ternura, ni de la suavidad que yo conocía. Allí solo había fuego oscuro, frialdad, poder y una crueldad latente que se podía cortar con el aire.
Nos sentamos en unos tronos altos, tallados en piedra y hueso, colocados en una plataforma elevada. Yo me senté a su derecha, como siempre, pero esta vez me sentí pequeña, muy pequeña, y extraña, como si estuviera viendo a un desconocido.
El motivo de la reunión era un problema en las fronteras del reino: un grupo de clanes rebeldes se había negado a pagar tributo, habían atacado puestos de guardia y habían desafiado abiertamente la autoridad de Lucien. Uno de los generales, un ser enorme, con piel de piedra y ojos de fuego, se adelantó para hablar, con la cabeza baja, pero con la voz temblorosa.
—Príncipe… los rebeldes se han hecho fuertes en los desfiladeros del norte. Dicen que tus leyes son duras, que tus tributos son demasiado altos… y que ya no te reconocen como su señor.
Se hizo un silencio absoluto. Un silencio que pesaba, que asfixiaba.
Lucien se recostó en el respaldo de su trono, entrelazó los dedos sobre su regazo y miró al general con una calma que me heló la sangre. No gritó. No se movió bruscamente. Pero esa calma era mucho más aterradora que cualquier furia.
—¿Ah, sí? —dijo, con esa voz suya, grave, profunda, que ahora sonaba como un trueno lejano, frío y cortante como una espada de hielo—. ¿Dicen que mis leyes son duras? ¿Dicen que no me reconocen?
Hizo una pausa, y sus ojos recorrieron a todos los presentes, uno por uno, haciendo que cada uno bajara la cabeza, que cada uno contuviera la respiración.
—Llevo tres mil años gobernando estas tierras. Tres mil años manteniendo el orden, evitando que se maten entre ustedes, protegiéndolos de las bestias que viven en el abismo más profundo, de las magias antiguas que podrían borrarlos de la existencia. Tres mil años dándoles leyes, seguridad, vida… y se atreven a decir que soy duro. Se atreven a desafiarme.
Se inclinó un poco hacia adelante, y la atmósfera de la sala cambió de golpe. Se volvió pesada, opresiva, como si el aire mismo se estuviera volviendo sólido, aplastando a todos los que estaban allí. Vi cómo las sombras de las paredes se alargaban, se movían, cobraban vida propia, retorcidas y oscuras, siguiendo cada uno de sus movimientos.
—Déjame decirte algo, general —dijo, y su voz ya no era solo fría, ahora tenía un matiz de crueldad absoluta, de dominio total—. Mis leyes no son duras. Mis leyes son justas. Y la justicia en este reino tiene un solo nombre: el mío. Y quien se atreve a cuestionarme, quien se atreve a levantar la mano contra lo que es mío, quien se atreve a olvidar quién soy… no merece ser llamado habitante de mis tierras. No merece ser llamado nada.
Se levantó despacio, y al hacerlo, todas las antorchas de la sala parpadearon, se volvieron rojas, ardieron con más fuerza. Sus alas se abrieron por completo, inmensas, imponentes, y una energía oscura y brillante a la vez brotó de su cuerpo, envolviéndolo todo.
—Ve al norte —ordenó, y sus palabras cayeron como sentencias de muerte—. Ve y diles esto: Lucien Drakar no pide lealtad. La exige. No negocia obediencia. La toma. Y cuando alguien se atreve a traicionarme, no solo se castiga al traidor. Se borra todo rastro de su existencia. Se queman sus tierras, se destruyen sus casas, se borra su nombre de todos los registros, y se asegura de que nadie, jamás, recuerde que existieron.
Dio un paso hacia el general, que temblaba de pies a cabeza, sin atreverse a levantar la vista.
—Quiero que vayas. Quiero que les digas que tienen hasta el amanecer del próximo ciclo para arrodillarse, para entregar a sus líderes y para pagar el tributo diez veces multiplicado. Y si no lo hacen… —Una sonrisa fría, despiadada, apareció en sus labios, una sonrisa que no tenía nada que ver con la que me dedicaba a mí—… si no lo hacen, iré yo mismo. Y cuando yo voy… no quedan supervivientes. No quedan historias. No queda nada. Solo polvo y silencio.
El general asintió frenéticamente, se inclinó hasta el suelo y salió de la sala casi corriendo, aterrado.
Yo lo miraba, con el corazón latiéndome fuerte, con una mezcla de miedo y fascinación. Ese era él. Ese era el verdadero Lucien, completo, entero, sin la máscara de amor que se ponía solo para mí. Cruel, dominante, absoluto, capaz de destruir pueblos enteros solo porque habían desafiado su autoridad, capaz de imponer su voluntad con terror y con fuerza, sin dudas, sin piedad.
Se giró entonces hacia los demás señores y guerreros que seguían allí, y su mirada fue como una cuchilla que cortaba todo a su paso.
—Y que esto les sirva de lección a todos —dijo, con una voz que resonó en todo el recinto—. Yo soy el dueño de todo lo que ven, de todo lo que tocan, de todo lo que respiran. Sus vidas me pertenecen. Su obediencia me pertenece. Y no tolero fallos, ni dudas, ni rebeliones. Aquí mando yo. Aquí mi palabra es la única ley. Y quien no esté de acuerdo… —Hizo un gesto breve con la mano, y una sombra salió disparada de sus dedos, golpeando una columna de piedra y haciéndola polvo al instante—… puede irse ahora mismo. O puede probar si es lo suficientemente fuerte para enfrentarse a mí.
Nadie se movió. Nadie habló. Todos mantuvieron la cabeza baja, sumisos, aterrados, sabiendo que frente a ellos estaba un ser que podía acabar con todos ellos en un parpadeo, sin el menor remordimiento.
Cuando por fin terminó la reunión, cuando todos se retiraron corriendo, cuando quedamos solos en la sala inmensa y silenciosa, Lucien se giró hacia mí. Y al instante, esa máscara de crueldad y dominio se desvaneció, se deshizo como humo, dejando de nuevo al hombre que yo conocía, al que me miraba con amor, con ternura, con esa suavidad que solo yo podía ver.
Caminó hacia mí despacio, se arrodilló frente a mi asiento, tomó mis manos entre las suyas, grandes, fuertes, las mismas manos que segundos antes habían podido destruir una columna, que habían dictado sentencias de muerte, que tenían el poder de acabar con todo un pueblo. Las besó despacio, con devoción, y levantó la vista para mirarme a los ojos, con una sombra de preocupación en los suyos.
—¿Te has asustado? —preguntó, bajito, con esa voz suave que ahora me resultaba tan familiar, tan segura—. ¿Has visto lo que soy realmente?
Asentí despacio, todavía con el corazón acelerado, todavía con el recuerdo de su mirada fría, de sus palabras duras, de su poder absoluto.
—Te he visto —respondí, con sinceridad—. Te he visto como te ven todos los demás. Cruel, dominante, aterrador. El dueño de todo, el que decide quién vive y quién muere.
Lucien asintió, y acarició mis dedos con sus pulgares, con infinita ternura.
—Ese soy yo, Isabela. Esa es la mitad de mí que te he enseñado poco a poco, pero que hoy has visto entera. El Príncipe de las Sombras, el gobernante que ha mantenido este Reino Unido durante siglos, el que tiene que ser duro, que tiene que ser cruel, que tiene que imponer su voluntad con mano de hierro… porque si no lo hago, todo esto se desmorona. Si no les tengo miedo, si no les demuestro que soy más fuerte, más poderoso, más despiadado que todos ellos… me destruirían a mí, y destruirían todo lo que amo.
Se inclinó más, y apoyó su frente sobre mis manos, como si ese contacto fuera lo único que lo mantenía humano, lo único que lo separaba de ser un monstruo por completo.
—Tengo que ser así con ellos. Tengo que ser cruel, tengo que ser dominante, tengo que ser absoluto. Porque es la única forma de gobernar aquí. Es la única forma de sobrevivir. Pero… —Levantó la cabeza, y sus ojos brillaron con todo ese amor que sentía por mí, con toda esa gratitud de tenerme en su vida—… pero contigo, todo eso desaparece. Contigo no soy el príncipe, ni el gobernante, ni el ser temido. Contigo soy solo Lucien. Soy el hombre que te ama, el hombre que haría cualquier cosa por ti, el hombre que deja caer todas sus máscaras, todas sus armas, todo su poder… solo para estar cerca de ti.
Me levanté y me agaché frente a él, para estar a su altura, para mirarlo bien a los ojos, para que supiera que no tenía que esconderme nada, que lo aceptaba todo, todo lo que era, todo lo que tenía.
—Lo he visto —le dije, suavemente, acariciando su rostro, recorriendo esas marcas que brillaban en su piel—. Y no me asusta, Lucien. Porque sé que esa crueldad, ese dominio, ese poder… nunca lo usarás contra mí. Sé que todo lo que eres, todo lo que tienes, todo lo que puedes hacer… lo usas para protegerme, para cuidarme, para que yo esté a salvo.
Sonreí, y le di un beso suave en los labios, un beso que unía a las dos mitades de él, al ser aterrador y al ser amable, al gobernante y al amante.
—Me gusta saber quién eres. Me gusta saber que tienes ese lado, que eres fuerte, que eres poderoso. Porque eso significa que nadie puede hacerme daño mientras esté contigo. Significa que nada ni nadie puede separarme de ti.
Lucien me abrazó fuerte, me levantó en sus brazos, me apretó contra su pecho, como si quisiera fundirme con él, como si quisiera asegurarse de que yo estaba ahí, de que yo lo aceptaba tal como era, con todo lo bueno y lo malo, con toda su luz y toda su oscuridad.
—Eres la única que me ve así —susurró contra mi oído—. La única que ve al monstruo y al hombre, y que ama a los dos. La única que me hace sentir que no estoy solo, que no soy solo poder y oscuridad. Contigo, Isabela… todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que seré… es tuyo. Incluso mi crueldad. Incluso mi dominio. Incluso mi poder. Todo lo pongo a tus pies.
Me llevó de regreso hacia nuestros aposentos, lejos de la sala fría, lejos de los asuntos de gobierno, lejos de la crueldad que tenía que mostrar al mundo. Y mientras caminaba, mientras me sostenía entre sus brazos, entendí por fin la verdad completa de quién era él.
Era cruel, sí. Era dominante, sí. Era el ser más temido de todo el Abismo, sí. Pero todo eso, todo ese poder, toda esa dureza, toda esa crueldad… no era más que el escudo que había construido alrededor de su corazón, el corazón que ahora me pertenecía a mí. Y mientras yo fuera la dueña de ese corazón, mientras yo fuera la excepción a todas sus leyes, a toda su dureza… yo estaría a salvo. Y él estaría completo.
Porque para el resto del mundo, él era el dueño de todo. Pero para mí… él era solo mío.