Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16
Mole recalentado una sola vez
Emilio tardó seis minutos en responder.
No porque necesitara pensar. Porque necesitaba que las manos dejaran de temblar lo suficiente para escribir sin errores.
Emilio Reyes: ¿Dónde?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Sebastián Luján: Oficina.
Tres puntos aparecieron y desaparecieron.
Sebastián Luján: Estacionamiento privado. No manejes si sigues temblando.
Emilio miró el teléfono.
No había escrito que temblaba.
Eso lo hizo sentir expuesto de una forma incómoda y, peor, menos solo.
Llegó a Grupo Cénit cuando la torre ya estaba medio vacía. Los guardias nocturnos lo dejaron pasar sin preguntas; para entonces, el piso cincuenta y ocho había aprendido que Emilio Reyes entraba y salía en horarios que Recursos Humanos jamás pondría en un folleto.
La oficina de Sebastián tenía solo una lámpara encendida. En la mesa baja junto al sofá había dos recipientes de cerámica, tortillas envueltas en tela y un vaso de agua. El olor era profundo, especiado, con chile seco y caldo espeso.
Pescado en mole de olla.
Emilio se quedó en la puerta.
Sebastián no levantó la vista del documento.
—Llegas tarde.
—No me dio hora.
—Tardaste.
—Eso no es una hora.
Sebastián dejó el bolígrafo.
Sus ojos bajaron a las manos de Emilio.
Emilio las metió en los bolsillos del saco.
Demasiado tarde.
—Siéntate.
—No vine a consulta médica.
—Bien. Entonces siéntate como empleado que va a cenar porque su jefe no piensa tirar comida.
La frase era absurda. Funcionó.
Emilio se sentó en el extremo del sofá. Sebastián le acercó un recipiente y no dijo nada sobre Gloria, ni sobre familias, ni sobre la razón por la que un adulto de veinticuatro años podía estar estacionado junto a una tienda cerrada borrando mensajes.
Ese silencio fue más considerado que cualquier pregunta.
Emilio tomó la cuchara.
El mole estaba caliente. No recalentado dos veces, cumplía la amenaza. El pescado se deshacía con facilidad, y el chile tenía un fondo ahumado que le ocupó la boca antes de que pudiera prepararse.
—Está bueno —dijo.
Sebastián fingió revisar un contrato.
—Ya lo sabía.
—Qué humilde.
—La humildad no mejora recetas.
Emilio soltó aire por la nariz. No fue risa completa, pero se acercó.
Algo blanco asomó desde debajo del escritorio.
Bolita.
La criatura avanzó con cautela, redonda, peluda, los ojos fijos en Emilio como si no lo hubiera visto en años y no en días. Sebastián bajó la mirada.
—No.
Bolita aceleró.
Subió al sofá, ignoró a su dueño con la dignidad de un rey pequeño y se acomodó contra el muslo de Emilio.
El ronroneo empezó de inmediato.
Emilio miró a Sebastián.
—¿También interrumpe cenas laborales?
—Solo cuando decide humillarme.
—Debe hacerlo seguido.
Sebastián lo miró.
Emilio tomó otra cucharada de mole, porque tener la boca ocupada era una estrategia de supervivencia.
Comieron en silencio unos minutos. Afuera, la ciudad seguía encendida, pero desde el piso cincuenta y ocho parecía lejana, ordenada, incapaz de tocar la sala con sus manos sucias. Emilio sintió que el temblor bajaba poco a poco, primero de los dedos, luego de la mandíbula.
Sebastián empujó una servilleta hacia él.
—Te manchaste.
Emilio se limpió la comisura de la boca.
—Pudo decirlo sin sonar como auditoría.
—Pude no decirlo.
—Eso habría sido más de su estilo.
Sebastián apoyó el recipiente vacío sobre la mesa.
—Mi estilo no te hizo venir.
La frase quedó ahí, demasiado exacta.
Emilio dobló la servilleta una vez. Luego otra.
—No vine por su estilo.
—¿Por el mole?
—Por no irme a mi departamento.
Sebastián no se movió.
Emilio tampoco.
Había dicho más de lo que planeaba, pero no tanto como para abrir la puerta completa. Podía dejarlo ahí. Una verdad pequeña, manejable. Una que no obligaba a contar la almohada, la palabra defectuoso, la transferencia a Lucía ni la forma en que la voz de Gloria seguía pegada a su ropa.
Sebastián bajó la mirada a la mesa.
—Entonces come más lento.
No fue consuelo.
Por eso pudo recibirlo.
Emilio tomó otra tortilla y la hundió en el mole.
—¿Siempre guarda comida para empleados emocionalmente inestables?
—Solo para los que detectan cláusulas ilegales y cocinan pescado.
—Qué filtro tan específico.
—Me evita multitudes.
La glándula seguía sensible.
Pero el frío de Sebastián en la habitación no la hacía doler.
Al contrario, el aire helado parecía bajar la fiebre invisible debajo de la piel.
Emilio se dio cuenta de que estaba inclinando la cabeza apenas hacia ese frío.
Se enderezó.
Sebastián lo notó.
No dijo nada.
Eso también fue peor.
—Mañana no vengas temprano —dijo al fin.
—Tengo pendientes.
—Lara puede abrir el piso.
—No soy decoración.
—Nunca dije que lo fueras.
La respuesta fue demasiado rápida.
Emilio levantó la vista.
Sebastián estaba mirando el contrato, pero no leía.
—Solo digo que si llegas pálido y con ojeras, vas a asustar a Finanzas.
—Finanzas sobrevivió a usted. Sobrevivirá a mis ojeras.
Bolita metió la cabeza bajo la mano de Emilio, exigiendo caricia. Emilio cedió. La criatura se derritió contra su palma con un sonido feliz.
Sebastián lo observó.
—Te obedece más que a mí.
—Tengo mejor trato con criaturas difíciles.
—¿Eso fue insulto?
—Fue estadística.
Por primera vez, Sebastián casi sonrió.
Casi.
Emilio lo vio y algo en el pecho se le aflojó con una punzada peligrosa.
Terminó la comida antes de darle más importancia.
Sebastián recogió los recipientes antes de que Emilio pudiera hacerlo.
—Yo puedo...
—Estás invitado.
—Estoy en su oficina.
—Y yo soy el dueño de la oficina.
—Eso no responde por qué está lavando platos.
Sebastián se detuvo con un recipiente en la mano.
—Porque si te levantas ahora, vas a fingir que estás bien y salir al estacionamiento.
Emilio cerró la boca.
Bolita ronroneó como si apoyara la acusación.
—Traidor —murmuró Emilio.
La criatura metió la cara contra su costado, impune.
Cuando intentó levantarse, el cansancio lo alcanzó de golpe. No mareo. No dolor. Solo una pesadez antigua, acumulada, que se le vino encima con la crueldad de los lugares seguros: el cuerpo solo soltaba la guardia cuando ya no sabía cómo sostenerla.
Sebastián se levantó al mismo tiempo.
—No manejes.
—Puedo manejar.
—Eso no fue pregunta.
—Señor Luján...
—Sofá. Veinte minutos. Luego Lara te lleva.
—¿Lara está aquí?
—Puede estar.
Emilio no tuvo fuerza para discutir la logística imposible de Andrés apareciendo a medianoche por orden de Sebastián.
—Veinte minutos —dijo.
—Treinta.
—Veinticinco.
Sebastián lo miró.
Emilio se acostó en el sofá antes de que la negociación se volviera ridícula.
Bolita se acomodó contra su costado como una bolsa de agua tibia. El frío de escarcha llenó la oficina en una capa suave, controlada, lejos de la presión Alfa que Emilio conocía en teoría.
No debía resultar cómodo.
Lo fue.
Antes de dormirse, escuchó a Sebastián mover papeles en el escritorio. También escuchó, más bajo, casi contra su propia respiración:
—Solo hasta que dejes de temblar.
Emilio quiso responder que ya no temblaba.
Una sombra se acercó. Algo pesado y tibio cayó sobre sus hombros: el saco de Sebastián, impregnado de escarcha de montaña y de ese olor caro a tela limpia que no debería sentirse como casa.
Bolita se acomodó encima del saco, satisfecho, como si hubiera aprobado la decisión.
Emilio mantuvo los ojos cerrados.
Si los abría, tendría que devolver algo: una frase, una mirada, una explicación.
No tenía ninguna lista.
No alcanzó.