Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Roto
Y esta vez, cuando la puerta se cerró arriba, León no encendió la luz.
La oscuridad no cayó de golpe.
Ya estaba allí.
Santiago la sintió primero en la piel, luego en la boca, luego en el pecho. El sótano sin luz no era negro completo; había una línea gris debajo de la puerta, apenas suficiente para recordar que arriba existía una casa con lámparas, pasillos y gente capaz de dormir.
Abajo no había tiempo.
Solo la cadena.
León no lo encadenó de inmediato frente a él. No bajó con discursos ni promesas. Don Tomás, con las manos temblando, dejó agua en el escalón inferior y se fue sin mirar. Después alguien cerró la esposa acolchada alrededor del tobillo de Santiago en la penumbra. No supo si fue León o uno de sus hombres.
Tal vez fue peor no saberlo.
El clic sonó igual.
Santiago no gritó.
El cuerpo ya había entendido que gritar no abría puertas.
Se sentó en el suelo, no en la cama, con la espalda contra la pared húmeda y la sudadera blanca manchada de polvo pegada al pecho. Durante mucho rato solo escuchó su propia respiración. Luego dejó de saber si respiraba fuerte o si el sótano respiraba por él.
Cuando cerró los ojos, vio la estética de Lupita.
La cortina.
Las tijeras.
El círculo junto al mensaje.
Enviando.
El celular apagándose.
Abrió los ojos.
El sótano seguía allí.
Más tarde, o antes, o en otro pedazo de la misma oscuridad, empezó a temblar. Primero las manos. Después las piernas. La cadena respondió con un sonido pequeño.
Metal contra cemento.
Santiago se tapó los oídos.
El sonido siguió dentro.
Arriba, León permaneció frente a la puerta del sótano hasta que Don Tomás le suplicó que se apartara.
—Señor, lleva horas ahí.
León no respondió.
Tenía la mano apoyada en la madera, los nudillos blancos. Del otro lado no se escuchaba nada. Ni gritos. Ni golpes. Ni insultos.
Nada.
Ese silencio empezó a darle más miedo que cualquier intento de fuga.
—Abra —dijo al fin.
Don Tomás lo miró.
—¿Va a subirlo?
León cerró los ojos.
No contestó.
Don Tomás no se movió.
Por primera vez en años, desobedeció sin decirlo.
León abrió los ojos y lo miró.
—La llave.
El mayordomo la sacó despacio.
Cuando bajaron, la linterna de León cortó la oscuridad. El haz de luz encontró primero la jarra intacta, después la cama vacía, después a Santiago contra la pared.
Parecía más pequeño.
No era una palabra justa, pero fue la primera que le atravesó a León.
Santiago tenía los ojos abiertos y fijos en un punto que no estaba en el sótano. La sudadera blanca estaba sucia. La piel alrededor del tobillo volvía a estar irritada. Había una marca roja en su muñeca, quizá de forcejear en Tepoztlán, quizá de la camioneta, quizá de algo que León ni siquiera había visto.
—Santi.
Santiago no parpadeó.
León se arrodilló a dos pasos.
—Voy a abrir la cadena.
Nada.
—¿Me escuchas?
Santiago movió la cabeza apenas.
No fue un sí.
Fue un reflejo.
León intentó acercarse.
La reacción fue inmediata.
Santiago se encogió contra la pared, levantó los brazos para cubrirse la cara y soltó un sonido que no era palabra. Era miedo puro, sin forma.
León se quedó paralizado.
—No voy a hacerte daño.
Santiago siguió cubriéndose.
Don Tomás bajó los últimos escalones y se llevó una mano a la boca.
—Señor...
León abrió la cadena con manos torpes. El metal cayó al suelo. Santiago se estremeció con el ruido, pero no bajó los brazos.
—Santi, ya está.
Nada.
León quiso tocarle el hombro.
Don Tomás lo detuvo.
No con fuerza. Solo puso una mano en el aire, entre los dos.
—No.
León lo miró.
El mayordomo, pálido, negó despacio.
—Si lo toca así, va a empeorar.
La frase entró como una bofetada.
León retrocedió.
Tuvieron que esperar casi veinte minutos para que Santiago bajara los brazos. No habló. No miró a nadie. Se dejó guiar por instrucciones cortas, no por manos.
—De pie, joven.
Nada.
—Un paso.
Santiago obedeció al tercer intento.
Subió las escaleras sin que nadie lo tocara. Cada escalón le tomó demasiado. León caminaba detrás, con el pecho apretado por una culpa que todavía no sabía usar para hacer lo correcto.
Arriba, la luz lo hizo cerrar los ojos.
No se cubrió.
Solo dejó de moverse.
Esa inmovilidad fue peor.
Lo llevaron a la habitación de planta baja. Don Tomás dejó la puerta abierta. León llamó a Andrés Delgado Ruiz desde el pasillo con una voz que no reconoció como suya.
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó? —preguntó Andrés.
León miró hacia la habitación. Santiago estaba sentado en la cama, las manos sobre las rodillas, mirando el suelo.
—Creo que... —No pudo decirlo.
—¿León?
—Creo que lo rompí.
Andrés llegó cuarenta minutos después.
No llegó como amigo. Llegó como médico.
Entró con maletín, camisa remangada y cara de alguien que ya venía preparado para enfadarse. Se detuvo en la entrada de la habitación al ver a Santiago.
—¿Cuánto tiempo estuvo abajo?
León no respondió de inmediato.
Andrés giró hacia él.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Horas. Tal vez... más.
Andrés cerró los ojos un segundo.
—Sal.
León levantó la cabeza.
—No.
—León, sal de la habitación.
—No voy a dejarlo.
Andrés se acercó hasta quedar frente a él.
—Tú eres el estímulo que lo está aterrando.
La frase lo dejó sin aire.
—No.
—Sí. Y si de verdad quieres que respire, sales.
León miró a Santiago.
Santiago no miraba a nadie.
Salió.
Andrés cerró la puerta sin seguro y se sentó en una silla lejos de la cama. No sacó instrumentos de inmediato. No tocó a Santiago. No le habló como a un niño.
—Soy Andrés. Soy médico. No voy a tocarte sin avisarte.
Santiago no respondió.
—Voy a dejar mi maletín en el suelo. Solo eso.
Lo hizo despacio.
Santiago siguió mirando el suelo.
—Necesito revisar tu tobillo y tu pulso, pero no ahora si no puedes. Puedes mover un dedo si quieres que espere.
Pasaron varios segundos.
El dedo índice de Santiago se movió apenas.
Andrés asintió.
—Espero.
Cinco minutos después, Andrés volvió a hablar con la misma voz baja.
—Voy a poner el oxímetro sobre la cama. No en tu mano. Solo sobre la sábana.
Lo dejó allí y retiró la mano.
Santiago miró el aparato pequeño. No lo tocó.
—Está bien si no quieres —dijo Andrés—. También puedo contar tu respiración desde aquí.
Santiago tragó saliva. El movimiento le dolió por la garganta seca. Después de un rato, tomó el oxímetro con dos dedos, como si fuera algo que pudiera morderlo, y se lo puso solo en el índice.
Andrés no celebró. No sonrió demasiado. Solo miró el número.
—Bien. Gracias.
Esa palabra sí llegó.
Gracias.
No orden. No chantaje. No promesa rota.
Santiago bajó la vista.
—Ahora necesito ver el tobillo. No tocar. Ver.
Santiago tardó más en obedecer. Al final movió la pierna unos centímetros. La marca de la esposa seguía roja, con el borde hinchado. Andrés apretó la mandíbula, pero no hizo un comentario que obligara a Santiago a defenderse.
—Necesita limpieza y una crema para la irritación. Puedo dejarla aquí y explicarte cómo ponerla tú. Si prefieres que lo haga Don Tomás, también se puede. León no tiene que hacerlo.
El nombre tensó todo el cuerpo de Santiago.
Andrés lo vio.
—Entendido. No lo menciono más.
Detrás de la puerta, León escuchó esa palabra y sintió que el estómago se le cerraba.
Esperar.
Algo tan simple.
Algo que él no había hecho.
Cuando Andrés salió casi media hora después, su rostro no tenía ninguna suavidad.
—Tiene signos claros de trauma agudo, privación de sueño, deshidratación leve, rechazo al contacto y respuesta de pánico. Necesita atención psicológica, descanso real, control médico y, sobre todo, necesita sentirse seguro.
León se agarró al respaldo de una silla.
—Puede recuperarse.
—No si sigues haciendo esto.
—Ya lo saqué del sótano.
Andrés lo miró como si acabara de escuchar una estupidez insoportable.
—¿Quieres una felicitación por dejar de torturarlo?
León palideció.
—No digas eso.
—Es lo que es.
Don Tomás, al fondo del pasillo, bajó la mirada.
Andrés dio un paso más cerca.
—León, esto no puede seguir así. Lo estás destruyendo.
La frase quedó en el pasillo con más peso que cualquier grito.
León miró hacia la puerta.
Por dentro, Santiago seguía sentado en la cama, sin moverse.
—Lo amo —dijo León, pero la frase salió vacía incluso para él.
Andrés no suavizó la voz.
—Entonces deja de usar esa palabra para justificar que lo tengas preso.
León apretó los ojos.
Por primera vez, no encontró una respuesta.
Esa noche Andrés se quedó en la casa. No porque confiara en León, sino porque no confiaba en él. Don Tomás preparó sueros, agua, comida blanda. León aceptó dormir en una habitación lejos de Santiago solo después de que Andrés le dijo que si entraba sin permiso, él mismo llamaría a una ambulancia y armaría un escándalo médico que ni Grupo Villanueva podría tapar sin ruido.
Santiago no durmió.
Pero bebió agua cuando Andrés se la dejó a distancia.
Comió dos cucharadas de caldo cuando Don Tomás salió de la habitación.
Y cuando León pasó por el pasillo cerca de la medianoche, Santiago escuchó sus pasos y se encogió hasta tocar la cabecera.
León se detuvo al otro lado de la puerta.
No entró.
Apoyó la frente contra la madera.
Por primera vez, quedarse afuera fue lo único parecido al amor que pudo ofrecer.
Dentro, Santiago no lo supo.
Solo siguió mirando la puerta abierta, esperando que volviera a cerrarse.