Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 22
La sangre marcaba un rastro delgado hacia la salida trasera.
Serena Mora no pensó en la regla roja.
No pensó en el toque de queda, ni en el discípulo de archivo, ni en la Joya Primordial latiendo de vez en cuando bajo su esternón. Siguió las gotas por el corredor, una mano pegada a la pared para no tropezar en la oscuridad.
Lilo voló bajo a su lado, sin chistes.
—Recomendación: pedir ayuda.
—Si grito, todos vienen.
—Eso es pedir ayuda.
—Y si Adrián está escondiendo algo para que no lo maten, también lo entrego.
Lilo cerró el pico.
La salida trasera del Pico del Bambú Solitario daba a una vereda estrecha entre bambúes negros. El viento movía las hojas con un sonido seco, como papel frotándose. Serena encontró otra gota sobre una piedra, luego una mancha en el borde de una raíz.
El golpe volvió a sonar.
Madera contra madera.
Después, metal contra piedra.
Serena aceleró.
La vereda terminaba en un patio antiguo que no aparecía en las rutas del primer día. Estaba hundido entre muros bajos, con columnas partidas y un círculo de runas apagadas en el centro. Había muñecos de práctica hechos de madera oscura, algunos sin brazo, otros marcados por cortes viejos.
Adrián Navarro estaba en medio del círculo.
Solo.
Sin túnica exterior, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y una mancha oscura sobre el costado. Sostenía una vara de entrenamiento en la mano izquierda. La derecha colgaba a un lado, ensangrentada desde el antebrazo.
Serena sintió que el aire se le atoraba.
—Adrián.
Él giró antes de que ella terminara de decir su nombre.
La vara subió.
No para atacarla.
Para cubrirla.
Las runas del patio se encendieron con un brillo gris. Tres muñecos de práctica se movieron al mismo tiempo, impulsados por un mecanismo antiguo de Éter. Uno lanzó una estocada directa hacia donde Serena estaba parada.
Adrián cruzó el círculo en un parpadeo.
La empujó detrás de una columna rota y recibió el golpe con el hombro.
Serena oyó el impacto. No fue fuerte como una explosión. Fue peor: seco, cercano, real.
—¡Apaga esto! —gritó ella.
—No te muevas.
—¡Te está lastimando!
—No te muevas, Serena.
La forma en que dijo su nombre la clavó al suelo.
Adrián volvió al centro. La herida del hombro le había rasgado la camisa, pero él no miró la sangre. Solo reajustó la vara y enfrentó a los muñecos.
El primero atacó bajo.
Adrián saltó hacia atrás.
El segundo giró desde la izquierda.
Él pudo esquivarlo. Serena lo vio. Su cuerpo ya iba a hacerlo.
Pero se detuvo medio latido.
La madera golpeó su costado.
Adrián soltó aire por la nariz, casi sin sonido, y respondió con un golpe tan preciso que la cabeza del muñeco se partió en dos.
Serena salió de detrás de la columna.
—¡Basta!
Las runas cambiaron de color.
Lilo chilló:
—¡Serena, atrás!
Una línea de Éter gris se activó bajo sus pies. El patio no la reconocía como participante autorizada. Una aguja de luz salió del suelo, directa a su pierna.
Adrián llegó antes.
La agarró de la cintura y la levantó fuera del círculo.
La aguja le atravesó el costado a él.
Serena sintió el cuerpo de Adrián tensarse contra el suyo. Por un segundo, el mundo se volvió pequeño: su respiración contra el oído, la tela caliente bajo sus dedos, el olor metálico de la sangre.
Luego él la dejó en el borde del patio y se apartó.
—Vete.
Serena miró la herida.
No había forma de no verla.
La camisa estaba rota. La sangre bajó apenas un tramo. Después, la piel empezó a cerrarse.
No como curación normal.
No como un hechizo de sanador.
La carne se unió bajo una sombra finísima, negra como tinta diluida. Los bordes de la herida se buscaron solos, temblaron, se sellaron. En menos de diez respiraciones, solo quedó una línea roja. En menos de veinte, ni eso.
Serena dio un paso atrás sin querer.
No por miedo a él.
Por miedo a lo que alguien le había hecho.
Lilo cayó sobre su hombro con las alas rígidas.
—Regeneración anómala —susurró—. Coincidencia con archivo de El Vínculo: Cuerpo inmortal.
Adrián cerró la mano.
—No digas eso.
—¿Eso tiene nombre? —La voz de Serena salió baja—. ¿Tiene nombre y tú no ibas a decir nada?
Adrián miró hacia los muñecos. El mecanismo seguía esperando, runas encendidas, obediente y cruel.
—No era necesario.
Serena sintió que el enojo le subía tan rápido que le ardieron los ojos.
—¿No era necesario? Te acaban de atravesar.
—Se cerró.
—Eso no lo hace menos real.
Adrián la miró entonces.
Había cansancio en su cara. No el cansancio de la práctica, ni el de la noche sin dormir. Era algo más viejo, hundido en los huesos.
—Si se cierra, sigo de pie.
La frase no sonó orgullosa.
Sonó aprendida.
Serena apretó los puños.
—Esto no es entrenamiento.
—Sí lo es.
—No. Es castigo con otro nombre.
Adrián se quedó quieto.
El viento movió el bambú detrás de ellos. En el borde del patio, la venda limpia que Serena había visto en su cuarto apareció enrollada en el suelo, intacta. No la había usado porque nunca necesitaba vendar nada por mucho tiempo.
Ese detalle le hizo más daño que la sangre.
—Hoy dejaste que ese aspirante se burlara de ti —dijo ella—. Dejaste que el instructor pensara que no sabes sostener una vara. Y luego vienes aquí a romperte en secreto.
—No me rompo.
—Claro que sí.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Adrián bajó la mirada. La sombra bajo sus pies se agitó un instante, como agua oscura.
—Si no entreno, cuando la Corte venga no podré detenerlos.
—Nadie te pidió detenerlos solo.
—Siempre vienen por mí primero.
La respuesta le cortó el aire.
Serena pensó en los atacantes del camino, en las cadenas del calabozo, en la forma en que Adrián observaba cada puerta antes de cruzarla. Pensó en la palabra portadores. En la Corte buscando fragmentos. En la regla de la Orden que lo obligaba a parecer indefenso.
—Ahora también vendrán por mí —dijo ella.
Adrián levantó la cabeza.
—Por eso tienes que aprender a correr.
—No.
—Serena.
—No me digas que corra mientras tú te dejas matar cien veces para practicar.
La sombra de Adrián se quedó inmóvil.
Lilo, por primera vez en toda la noche, habló con cuidado.
—El Cuerpo inmortal no implica ausencia de dolor.
Serena miró a Adrián.
Él no lo negó.
Ahí estuvo la respuesta.
Cada golpe dolía.
Cada herida dolía.
Y aun así, su cuerpo obedecía cerrándose, devolviéndolo entero para que pudieran herirlo otra vez.
Serena se acercó despacio, como se acercaría a un animal herido que no sabe si la mano viene a ayudar o a golpear. Adrián no retrocedió, pero toda su espalda se endureció.
—Déjame ver el brazo.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso para hacerte daño.
—No necesito vendas.
—Yo necesito mirar.
Adrián apretó la mandíbula. Después levantó el antebrazo apenas. La línea abierta que había visto antes ya se estaba cerrando, pero todavía brillaba húmeda en los bordes. Serena arrancó una tira limpia del dobladillo interno de su capa y la acercó.
Él la detuvo por la muñeca.
No apretó.
Solo impidió el gesto con una precisión que la dejó quieta.
—Se va a cerrar antes de que termines.
—Entonces quédate quieto y déjame perder el tiempo.
Los dedos de Adrián temblaron una vez. Fue casi nada. Serena lo vio porque estaba demasiado cerca.
Cuando la tela tocó su piel, él contuvo el aire. No por el dolor de la herida. Por la costumbre de no dejar que nadie tocara una parte vulnerable de su cuerpo.
La herida se cerró debajo de la tela.
Serena sintió el movimiento mínimo de la piel uniéndose. El estómago se le revolvió, no por asco, sino por la claridad brutal de la escena: alguien había convertido el cuerpo de Adrián en una jaula que se reparaba sola.
—No desperdicies tela —dijo él.
Serena dobló la tira manchada dentro de su puño.
—No es desperdicio si sangras.
Adrián apartó la mirada primero.
Serena tragó saliva. La rabia se le mezcló con una tristeza tan física que tuvo que sostenerse de la columna.
—Apaga el patio —dijo.
—No has visto todo.
—No necesito ver más.
—Sí.
La palabra fue áspera. Adrián dio un paso hacia el círculo y las runas respondieron.
—Necesitas saberlo antes de confiar en mí. Necesitas saber qué clase de cosa estás protegiendo.
Serena cruzó el borde del patio antes de que él pudiera detenerla.
Las runas parpadearon. Lilo gritó su nombre. Adrián soltó la vara y extendió la mano.
Serena se detuvo justo frente a él, dentro del círculo, con el corazón golpeándole las costillas.
—No eres una cosa.
Adrián no respiró.
La aguja de Éter volvió a surgir del suelo, esta vez a espaldas de Serena.
Adrián la vio.
La empujó contra su pecho, giró con ella y recibió el impacto en la espalda.
Su cuerpo se arqueó.
Serena escuchó el golpe contra su oído.
Luego sintió, bajo las manos, cómo la herida empezaba a cerrarse otra vez.
Adrián la soltó de inmediato y apagó las runas con un corte seco de Éter oscuro. El patio cayó en silencio.
Serena no se movió.
Tenía las manos manchadas de su sangre y el cuerpo de Adrián ya estaba sanando como si el dolor no hubiera importado.
Él retrocedió un paso.
—Ya lo viste.
Serena levantó la mirada.
No había repulsión en su cara.
Había una pregunta que le temblaba en la boca como una herida abierta.
—¿Qué te hicieron para que tu cuerpo sea así?