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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: Fuego lento

Sebastián no le escribió esa noche.

Valentina revisó el celular al llegar a su departamento, mientras se quitaba los aretes de perla falsa frente al espejo. Nada. Ni un mensaje seco, ni una pregunta disfrazada de cortesía, ni un comentario sobre Felipe.

Perfecto.

Eso también lo había pedido.

Entonces, ¿por qué dejó el teléfono boca arriba sobre la mesa mientras se lavaba la cara?

El mensaje llegó al día siguiente, a las seis cuarenta y dos de la tarde, justo cuando Valentina salía de la Facultad de Lenguas con una pila de exámenes bajo el brazo.

`Cumplí.`

Dos palabras.

Ni saludo.

Ni reproche.

Valentina se quedó en medio del pasillo mirando la pantalla como una tonta.

Luciana Torres pasó a su lado con una taza de café y una expresión demasiado despierta.

—Si ese mensaje te puso esa cara, o es Hacienda cobrándote impuestos o es un hombre.

Valentina bloqueó el celular.

—Es trabajo.

—Claro. Yo también sonrío así cuando me mandan un Excel.

—No estaba sonriendo.

—Ajá.

Luciana le quitó un examen de encima de la pila y leyó el encabezado.

—¿Vas a calificar hoy?

—Eso intento.

—Mentira. Vas a mirar el celular cada cinco minutos hasta que se te caiga la dignidad.

Valentina recuperó el examen.

—Eres una pésima amiga.

—Soy una excelente amiga con diagnóstico acertado.

El celular vibró otra vez.

`Café Jacaranda. O cualquier lugar donde no rompa tus reglas.`

Valentina apretó los labios.

Luciana alzó ambas manos.

—No pregunto. Pero si vuelves tarde, me mandas ubicación.

—No voy a volver tarde.

—Eso dicen todas antes de volver tarde.

A las ocho, Valentina llegó al Café Jacaranda con la firme intención de tomar un café, aclarar dos cosas y regresar a su departamento.

Antes de entrar, le mandó su ubicación a Luciana.

`Estoy aquí. Si no te escribo en una hora, puedes venir a burlarte de mí en persona.`

Luciana respondió con un sticker de una mujer sosteniendo un bate.

`Con gusto.`

Valentina guardó el celular con una tranquilidad pequeña, pero real. No era miedo. Era recordarse a sí misma que podía entrar porque también podía irse. Revisó que tuviera efectivo para un taxi y dejó el tono activado.

Sebastián estaba en la mesa del fondo.

Esta vez había pedido dos cafés: negro para él, con leche para ella. Junto a la taza de Valentina había un plato con pan de elote.

La mesa quedaba lejos de la ventana, justo como ella habría elegido.

—No sabía si habías cenado —dijo.

—Eso no estaba en la servilleta.

—No lo cobré como favor.

Valentina se sentó.

—Tampoco dije gracias.

—Lo noté.

El pan olía demasiado bien. Ese fue el primer problema.

El segundo fue que Sebastián no parecía molesto. No tenía el gesto duro de la gala, ni la frialdad de la sala de juntas. Parecía cansado, sí, pero tranquilo. Como si verla ahí, al otro lado de una mesa pequeña, le hubiera alcanzado para soltar algo que llevaba apretado desde la noche anterior.

—Felipe Navarro es un compañero de posgrado —dijo ella.

Sebastián levantó la taza.

—No pregunté.

—No. Pero apretó el vaso como si quisiera romperlo.

—Era un vaso resistente.

—También estaba Andrés en esa lista.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Sebastián no cambió de postura, pero su atención se volvió más quieta.

—Lo vi.

—No voy a explicarle eso hoy.

—No te lo pedí.

—Pero quiere saber.

—Sí.

—Entonces espere.

—Está bien.

—Sebastián.

Él se quedó quieto.

La primera vez que ella dijo su nombre sin corregirse, el café entre los dos pareció dejar de humear.

Valentina bajó la vista a su taza.

—No lo haga importante.

—Ya lo es.

—No debería.

—Eso no lo vuelve menos cierto.

Ella tomó un pedazo de pan solo para ocupar las manos.

—Felipe no es nada.

—No me debes explicaciones.

—Lo sé.

—Pero las estás dando.

Valentina dejó el pan en el plato.

—Porque no quiero que crea cosas que no son.

Sebastián la miró con una calma que no la tranquilizó.

—Lo que creo es que anoche respeté una regla que tú necesitabas y descubrí que respetarla no me hace menos celoso.

La palabra cayó entre ellos con una honestidad casi indecente.

Valentina sintió calor en el cuello.

—No tiene derecho.

—Lo sé.

—Entonces no lo diga así.

—¿Cómo?

—Como si fuera... normal.

—Para mí lo fue.

Valentina se levantó demasiado rápido.

—Necesito aire.

Sebastián no la siguió de inmediato. Pagó la cuenta, dejó propina y salió cuando ella ya estaba en el pequeño patio trasero del café, entre macetas de romero y una pared cubierta de enredadera.

—Puedo irme —dijo desde la puerta.

Valentina se abrazó los brazos.

—No dije eso.

—No quiero que sientas que te estoy encerrando.

Esa frase le aflojó algo en el pecho.

El patio estaba vacío. Desde la calle llegaba el ruido de una moto y música baja de una tienda cercana. Nadie los veía. Nadie podía convertirlos en chisme.

Sebastián se acercó solo dos pasos.

—Anoche quise ir por ti.

—Lo sé.

—Quise quitarle la copa de la mano a Felipe.

—Era agua mineral.

—También lo sé.

Esta vez Valentina sí sonrió.

Un error.

La mirada de Sebastián bajó a su boca y volvió a sus ojos con una disciplina que le hizo temblar el estómago.

—Si te beso ahora —dijo—, ¿rompo alguna regla?

El aire se le quedó a Valentina en la garganta.

Podría haber dicho que sí. Podría haber dicho que no. Podría haber hecho un comentario inteligente, de esos que salvaban cualquier situación incómoda.

No quiso salvarse.

—No —dijo.

Sebastián no se movió.

—Dímelo claro.

Valentina sintió que la cara le ardía.

—Quiero que me beses.

Él llegó hasta ella sin prisa. Le tocó la mejilla primero, con los dedos apenas apoyados, dándole tiempo para apartarse. Valentina no se apartó.

El beso no se pareció a los recuerdos rotos del hotel.

Fue lento.

Consciente.

Una pregunta sostenida contra su boca.

Valentina se agarró a la manga de su camisa y Sebastián respiró como si ese gesto le hubiera quitado años de control. La besó más hondo, pero no la empujó contra la pared, no le sujetó las muñecas, no convirtió el permiso en conquista. Solo la mantuvo cerca, una mano en su mejilla y la otra en su espalda, firme, esperando cada respuesta antes de tomar la siguiente.

Eso fue lo que la desarmó.

Cuando se separaron, Valentina tenía los labios calientes y una frase peligrosa en la punta de la lengua.

No la dijo.

Sebastián apoyó la frente un segundo contra la de ella.

—Fuego lento —murmuró.

—¿Qué?

—Nada. Una advertencia para mí.

Valentina soltó una risa baja, todavía sin aire.

—¿Suele advertirse solo?

—Contigo, empiezo a necesitarlo.

Ella debería haberse ido.

En cambio, dijo:

—La próxima vez, elija un lugar donde no tengamos que salir por la puerta de atrás.

Sebastián se apartó lo suficiente para mirarla.

—Residencial Las Palmas. Cena. Sin invitados. Sin cámaras. Sin romper tus reglas.

Valentina pensó en decir no.

Pensó en la servilleta doblada dentro de su libreta.

Pensó en la forma en que él había esperado.

—Solo cena —dijo.

Sebastián sonrió apenas.

—Solo cena.

Ninguno de los dos le creyó del todo.

1
Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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