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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

Él escuchó todo

Y el lunar en su mano izquierda pareció arder entre los dos.

Valentina fue la primera en moverse.

No corrió. Todavía tenía demasiado orgullo para eso. Solo enderezó la espalda, se hizo a un lado y pasó junto a Santiago Reyes como si él fuera un cliente más bloqueándole la salida.

—Permiso.

Una palabra. Nada más.

Santiago no la detuvo.

Sus dedos se cerraron lentamente, como si la mano que ella había rozado necesitara recordar la forma de otra época. Valentina caminó hacia el pasillo de servicio con el uniforme negro, la placa torcida y las puntas de los dedos manchadas de vino. No volteó.

Patricia, que había visto todo desde la entrada, se acercó a ella.

—¿Lo conoces?

—No.

—Valentina...

—No lo conozco —repitió, y esa vez la voz sí se le quebró un poco.

Santiago escuchó la mentira.

La escuchó igual que había escuchado, minutos antes, cada palabra dentro del reservado. El apellido Estrada. La risa de Daniela. El golpe bajo contra Emilio. El vino estrellándose contra una cara maquillada.

Había llegado al Bar Nocturna para una reunión breve con un proveedor del hotel. Nada importante. Marco le había reservado una mesa privada, y él había elegido entrar por la puerta lateral para evitar el ruido de la entrada principal.

Entonces oyó su nombre.

Valentina.

No pronunciado por una boca amable, sino lanzado al centro de una mesa como una joya robada.

Ahora ella se alejaba.

Santiago giró hacia el reservado.

El gerente, todavía pálido, se interpuso con una sonrisa desesperada.

—Señor, disculpe el incidente. Si viene por la mesa privada, puedo ofrecerle otro espacio más tranquilo.

—Quiero ese.

—Pero...

Santiago lo miró.

El hombre cerró la boca y abrió la puerta.

Adentro, Daniela Vargas seguía de pie con el vestido empapado, una servilleta sobre el escote y el orgullo hecho pedazos. Al ver entrar a Santiago, su expresión cambió tan rápido que resultó casi indecente. La rabia se le congeló en la cara. Los ojos se le agrandaron.

—¿Santiago?

Alrededor de la mesa, las demás tardaron un segundo más en reconocerlo.

Luego vino el murmullo.

—¿Reyes?

—¿El de Grupo SY?

—No manches, ¿él era el becario?

Santiago avanzó sin prisa.

No necesitaba levantar la voz. La ropa hecha a la medida, el reloj discreto, los zapatos italianos y la forma en que el gerente se quedó detrás de él como si escoltara a un juez decían suficiente. Hacía diez años, en el Colegio San Patricio, algunas de esas mismas personas habían hablado de él como si fuera parte del mobiliario: el becario, el muerto de hambre, el muchacho que llevaba la camisa dos tallas grandes porque era de segunda mano.

Ahora todos bajaban la mirada.

Daniela fue la única que se atrevió a sonreír.

—Santi, cuánto tiempo. —Dio un paso hacia él, todavía chorreando vino—. Perdón por el espectáculo. Ya sabes cómo era Valentina. Siempre tan...

—No me llames así.

La frase cayó seca.

Daniela se detuvo.

—Perdón. Santiago. Solo quise decir que ella está muy alterada. Pobrecita, con todo lo que le pasó...

Santiago miró la mancha de vino en su vestido. Después miró la copa vacía sobre la mesa.

—¿La provocaste?

—¿Qué?

—Te hice una pregunta.

La sonrisa de Daniela se tensó.

—Claro que no. Yo solo la saludé. Fuimos compañeras. Quería saber cómo estaba.

Una de las chicas bajó los ojos hacia su celular caído. Otra bebió agua aunque su vaso estaba vacío. Beto Chávez, que había estado sentado en una esquina con camisa abierta y cadena de oro, soltó una risa nerviosa.

—Ya sabes cómo son estas reuniones, Reyes. Puro chisme.

Santiago giró apenas la cabeza.

—No somos amigos, Roberto.

Beto se quedó mudo.

Daniela tragó saliva. La humedad del vino le corría por el cuello, pero ya no parecía importarle. Estaba calculando. Santiago podía verlo: la manera en que acomodó el cabello detrás de la oreja, la forma en que abrió los ojos, la sonrisa que ensayaba ser frágil.

—Fue incómodo verla así —dijo ella, más bajo—. A ninguna nos gusta ver a alguien caer tanto.

Santiago no respondió.

La palabra caer abrió una puerta que él mantenía cerrada desde hacía años.

Vio otra vez la pantalla del viejo televisor de la casa de San Cristóbal. Lluvia. Sirenas. Un reportero gritando sobre el lodo mientras detrás de él se veía una estructura torcida, metal doblado como papel, concreto partido en dos. Puente Río Blanco, ciento diecinueve trabajadores muertos. Ciento diecinueve familias esperando nombres.

Su madre, Carmen, había estado de pie junto al altar pequeño de la sala, con un rosario entre las manos.

—Héctor no contesta —había dicho.

Santiago recordaba el olor a café quemado. El teléfono vibrando una y otra vez. La lista oficial publicada de madrugada. El nombre de su padre apareciendo entre tantos otros: Héctor Reyes, cuadrilla de mantenimiento.

Después vino Emilio Estrada.

Director de Obras Públicas. Desvío de fondos. Materiales de mala calidad. Sobornos. Corrupción. La cara de Emilio en todos los noticieros, congelada en una foto formal donde parecía más cansado que culpable.

Y luego, la noticia del suicidio.

Un hombre muerto cargando con ciento diecinueve muertos más.

Santiago había querido odiarlo sin dudas. Habría sido más fácil.

Pero Valentina tenía diecinueve años cuando todo se vino abajo.

La misma Valentina que acababa de salir de ese reservado con los dedos helados y el orgullo sangrando.

—¿Santiago? —Daniela intentó acercarse de nuevo—. ¿Estás bien?

Él dio un paso atrás antes de que ella pudiera tocarle la manga.

—No vuelvas a hablar de Emilio Estrada delante de mí.

Daniela parpadeó, confundida.

—Pero pensé que tú...

—Pensaste mal.

La mesa entera se quedó quieta.

El gerente, desde la puerta, carraspeó.

—Señor Reyes, si desea, puedo pedir seguridad para que la señorita Estrada no vuelva a entrar...

Santiago giró hacia él con una lentitud peligrosa.

—Si la despide por esto, mañana su bar no tendrá licencia para abrir.

El gerente palideció más.

—No, claro que no. Fue un malentendido.

Daniela apretó la servilleta contra su pecho.

—¿La estás defendiendo?

Santiago volvió a mirarla.

—Estoy evitando que sigas haciendo el ridículo.

Beto soltó un sonido ahogado, mitad risa y mitad susto. Daniela lo fulminó con la mirada.

Santiago tomó del respaldo de una silla la bolsa pequeña que Valentina había dejado olvidada al quitarse el mandil. Era barata, negra, con una costura abierta en un lado. Pesaba poco. Demasiado poco para alguien que cargaba una vida entera sola.

En la mesa, el celular de una de las chicas vibró. La pantalla se encendió con una conversación de grupo. Santiago alcanzó a leer una línea antes de que ella lo volteara.

"¿Le contamos lo de Diego?"

—¿Diego? —preguntó él.

Daniela se puso rígida.

—Nada. Una tontería vieja.

—Habla.

—Santiago, de verdad, no vale la pena. Eran cosas del colegio.

Él no levantó la voz. No hizo falta.

Daniela respiró hondo, como si lamentara verse obligada a revelar un secreto que en realidad estaba encantada de usar.

—Solo decíamos que Valentina siempre fue buena para fingir inocencia. En la prepa jugaba a la niña fina, pero todos sabíamos que estaba loca por Diego del Valle.

Santiago sintió que algo muy viejo se tensaba detrás de sus costillas.

—Diego del Valle —repitió.

—Sí. —Daniela ladeó la cabeza—. ¿No te acuerdas? Ella misma lo dijo una vez. Literal: "Mi primera vez fue con Diego del Valle."

La puerta del reservado seguía entreabierta.

Del otro lado del pasillo, Valentina se había detenido porque Patricia le había alcanzado su celular. La pantalla mostraba otra llamada perdida de la clínica, pero ella ya no la veía.

Había escuchado su nombre.

Y después la voz de Santiago, baja, fría, repitiendo:

—¿Diego del Valle fue su primer hombre?

Valentina cerró los dedos alrededor del teléfono.

La sangre se le fue de la cara.

Dentro del reservado, nadie vio que Santiago apretaba la bolsa negra hasta deformarla. Nadie vio tampoco cómo se le enrojecieron los ojos mientras miraba hacia la puerta por donde ella acababa de irse.

Daniela sí vio la grieta.

Y sonrió.

1
Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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