Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 19
Después de atender a los otros heridos, la sala de urgencias fue quedando vacía. El personal se retiró uno a uno, dejando solo a los dos médicos que habían coordinado toda la operación.
Elara se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el cansancio se apoderaba de sus huesos. Había estado en pie durante horas, moviéndose entre camillas, dando instrucciones, suturando heridas. Sus manos aún temblaban ligeramente por el esfuerzo, y su vestido estaba manchado de sangre en varios sitios.
Pero había valido la pena.
Los cinco pacientes estaban estables. El hombre de la viga respiraría. Los demás se recuperarían.
Emilian estaba de pie junto a la ventana, con las manos aún manchadas de sangre y el cabello más despeinado que nunca. El cansancio se reflejaba en sus ojos, pero también una satisfacción profunda. Se había quitado la bata quirúrgica y la había dejado sobre una silla, quedándose solo con su camisa oscura, arrugada y con manchas que delataban las horas de trabajo.
Elara lo observó en silencio durante unos segundos.
Había algo en la forma en que se movía, en la precisión de sus gestos, que la fascinaba. No era solo su habilidad como médico. Era la forma en que se había hecho cargo de la situación sin dudar, cómo había tomado el control del caos y lo había transformado en orden.
—Nunca había visto a alguien trabajar con tanta precisión —dijo, rompiendo el silencio.
Emilian se giró lentamente hacia ella. Una sonrisa cansada pero genuina apareció en sus labios.
—Eso es un cumplido viniendo de ti.
—Es la verdad.
Él se inclinó ligeramente, apoyando una mano en el marco de la ventana.
—¿Sabes? He trabajado con muchos médicos a lo largo de los años. Algunos buenos, otros regulares, otros que deberían haber buscado otra profesión. —Hizo una pausa—. Pero contigo es diferente.
Elara levantó una ceja.
—¿Diferente?
—Sí. No solo por lo que sabes. Sino por cómo lo haces. La forma en que te acercas a los pacientes, cómo les hablas, cómo los tocas... Es como si supieras exactamente lo que necesitan antes de que ellos mismos lo sepan.
Elara sintió un calor agradable extenderse por su pecho.
—Eso es muy bonito, viniendo de alguien tan serio como tú.
Emilian soltó una risa baja.
—Puedo ser serio. Pero también puedo reconocer el talento cuando lo veo.
Se quedaron en silencio un momento, mirándose el uno al otro. La noche había caído por completo, y las luces del hospital se reflejaban en el cristal de la ventana, creando un ambiente íntimo y casi mágico.
Elara se movió, acercándose a él sin pensar. Sus pies la llevaron hasta quedar a solo un paso de distancia.
—Emilian... —dijo, sin saber muy bien qué iba a decir a continuación.
Él la miró, y en sus ojos oscuros había algo que ella no lograba descifrar del todo. No era solo cansancio. Había algo más, algo que hacía que su corazón se acelerara.
—Dime.
Elara abrió la boca, pero las palabras no salieron. No sabía qué quería decir. Solo sabía que no quería que aquel momento terminara.
—Esto... —señaló entre ellos—. Esto está siendo un poco extraño, ¿no?
—¿Extraño? —repitió él, con una ceja levantada.
—Sí. Porque eres mi profesor. Y yo tu aprendiz. Y debería haber una distancia que claramente no estamos manteniendo.
Emilian la miró durante unos segundos. Luego, sin previo aviso, soltó una risa baja.
—¿Y desde cuándo lo que "debería" pasar y lo que "pasa" son lo mismo?
Elara parpadeó, sorprendida por su respuesta.
—¿Qué quieres decir con eso?
Él dio un paso hacia ella. Ahora estaban tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Quiero decir —dijo, con voz más baja— que desde que llegaste, todo ha cambiado. Y no me refiero solo al hospital. Me refiero a mí.
Elara sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿A ti?
—Sí. Antes de que llegaras, mi vida era predecible. Despertar, trabajar, dormir. Repetir. Pero tú llegaste y todo se volvió... diferente.
—¿Diferente cómo?
Emilian la miró a los ojos, y por un instante, la seriedad que siempre llevaba consigo se desvaneció por completo.
—Diferente en el sentido de que ahora, cuando termino el día, no quiero irme a casa. Quiero quedarme aquí. Quiero verte. Quiero saber qué vas a hacer, qué vas a decir, cómo vas a sorprenderme.
Elara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Emilian...
—No sé qué es esto —admitió él, con una honestidad que dolía—. No sé si es correcto, o si debería estar pasando. Pero sé que no quiero que termine.
Elara lo miró, y en sus ojos vio algo que la hizo temblar. Vulnerabilidad. Deseo. Incertidumbre.
—Yo tampoco quiero que termine —susurró.
Emilian levantó una mano y, con una lentitud que hizo que cada segundo pareciera una eternidad, rozó su mejilla con la yema de los dedos.
Elara contuvo la respiración.
—Estás agotada —murmuró él, con voz ronca—. Deberías descansar.
—Lo sé.
Pero no se movió. Y él tampoco.
La mano de Emilian se quedó un momento en su mejilla, acariciando su piel con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus dedos. Elara sintió que su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—Elara... —dijo él, con voz apenas audible.
—Sí.
Él la miró a los ojos, y por un instante, el tiempo se detuvo. Sus miradas se encontraron, y en ese breve espacio de silencio, todo lo demás desapareció. No había hospital, ni pacientes, ni reglas. Solo ellos dos.
Emilian inclinó ligeramente la cabeza, acercándose a ella. Elara sintió su aliento en sus labios, caliente y tembloroso.
Cerró los ojos.
Pero el beso no llegó.
Emilian se detuvo a un suspiro de distancia, con la frente apoyada contra la de ella.
—Mañana —susurró, con voz rota—. Mañana será otro día.
Elara abrió los ojos y lo miró. Había algo en su expresión que le dijo que él también había sentido el peso de aquel momento.
—Mañana —repitió ella, con una sonrisa temblorosa.
Emilian retiró la mano lentamente, como si le costara hacerlo. Dio un paso atrás y se aclaró la garganta.
—Vete a descansar. Te espero mañana.
Elara asintió, aunque por dentro sintió una mezcla de alivio y decepción.
—Buenas noches, Emilian.
—Buenas noches, Elara.
Ella se giró y caminó hacia la puerta. Cuando llegó, se detuvo un momento y lo miró por encima del hombro.
—Emilian.
—¿Sí?
—Gracias. Por confiar en mí hoy.
Él sonrió, y en sus ojos había algo que Elara no lograba descifrar.
—Siempre confiaré en ti.
Elara sintió un nudo en la garganta. Asintió una vez más y salió de la sala.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, se quedó apoyada contra la pared del pasillo, con el corazón latiendo con fuerza y una sonrisa que no podía borrar.
Mañana, pensó. Mañana será otro día.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tenía algo por lo que esperar.
—
Dentro de la sala, Emilian se quedó solo, mirando el espacio que ella había ocupado. Levantó la mano que había tocado su rostro y la observó durante unos segundos.
Su piel aún conservaba el calor de ella.
Cerró los ojos y soltó un suspiro largo.
—¿Qué me estás haciendo? —murmuró para sí mismo.
Pero no encontró respuesta.
Solo la certeza de que aquella noche no podría dormir.
...⁜...
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que alguien me explique 🤔🤔🤔