Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19
Damián entró al cuarto de Valeria.
Luna lo vio.
Y sintió que se le iba el calor del cuerpo.
Más frío que el vaso de agua que traía en la mano.
Sus dedos se cerraron tan fuerte alrededor del vaso que los nudillos se le pusieron blancos.
Lo agrio le subió al pecho.
Como morder un limón entero.
Quería caminar hasta esa puerta.
Quería abrirla.
Quería preguntar qué demonios hacía él ahí, a esas horas.
Pero sus pies no le respondieron.
Luna bajó la mirada y dejó el vaso.
Ya no tenía sed.
No supo cómo volvió a su recámara.
Solo recordaba el pasillo.
La puerta.
El pecho apretado.
Don Ramiro le había dicho que en esa residencia ni él dormía. Todos los empleados descansaban en un edificio aparte, detrás de la casa.
Hasta Leonardo, cuando se quedaba, usaba el cuarto médico. Y solo en casos muy especiales.
Pero Valeria tenía una habitación propia.
Peor todavía.
Damián había ido a buscarla tan tarde.
Valeria tenía su contacto en la app de mensajes.
Valeria podía calmarlo cuando estaba furioso.
Valeria era especial.
Esa palabra le pinchó por dentro.
Especial.
Después de volver a vivir, Luna se casó con Damián por impulso.
No tenían una historia.
Ni siquiera dormían juntos.
A veces parecían dos personas compartiendo techo por accidente.
Como ella y Mateo después de casarse en la vida pasada.
Entonces no entendía por qué un matrimonio dormía separado.
Después de morir lo entendió.
Mateo tenía a la mujer que amaba.
Renata.
¿Y Damián?
Tal vez también tenía a alguien.
Tal vez se casó con ella solo por responsabilidad. Por culpa. Porque creía que le debía la muerte de su madre.
Si un día supiera que él no la mató...
Si supiera que el verdadero culpable era otro...
Entonces él...
Luna sacudió la cabeza.
Su mente estaba hecha un desastre.
Toc, toc, toc.
El golpe en la puerta le cortó los pensamientos.
Abrió.
Damián estaba afuera.
Luna se quedó quieta.
Por un segundo, la sorpresa le cruzó los ojos.
Luego recordó la puerta de Valeria.
La voz le salió fría.
—¿Qué haces aquí?
La cara de Damián, que ya venía oscura, se puso peor.
—Tu explicación.
El tono de rechazo de Luna le raspó los oídos.
Eso no era lo que quería preguntar.
Pero fue lo que salió.
Luna se agarró de la puerta y se cubrió medio cuerpo con ella.
—¿Explicar qué? Diga lo que diga, no me crees. ¿Para qué gastar saliva? Ve con la persona a la que sí le crees. ¿Qué haces buscándome a mí?
Ve con tu Valeria.
¿No acababas de ir?
Luna no pudo evitar poner mala cara.
—Quiero oírlo de ti.
Damián había vuelto del otro lado del mundo y lo primero que vio fue a Luna con Mateo.
La rabia lo traía ardiendo desde entonces.
Pero aun así esperaba.
Mientras ella explicara, aunque le mintiera, él iba a creerle.
Pero ella no explicó.
Valeria dijo que a las mujeres había que consentirlas.
Él le peló camarones y se los mandó.
Ella se los regresó.
La pomada que traía en la mano casi quedó aplastada entre sus dedos.
—No voy a decir nada.
Luna levantó la barbilla.
—Voy a descansar.
Intentó cerrar la puerta.
Damián le atrapó la muñeca.
Sin preguntarle, la jaló fuera de la recámara y la llevó directo a la suya.
La puerta se cerró de golpe.
Luna dio un brinco.
Se pegó a la pared y lo miró con cautela.
Tenía miedo.
Pero la boca le ganó.
—Damián Alcázar, ¿Qué quieres hacer? Te aviso que, aunque estemos casados, eso no significa que puedas hacer conmigo lo que se te dé la gana.
Damián se rio de pura rabia.
Le apretó más la muñeca.
—Si quisiera hacer contigo lo que se me dé la gana, ¿crees que podrías escapar?
Se inclinó un poco.
—¿O me estás recordando que puedo hacerlo?
La última palabra le rozó el oído como amenaza.
Luna se quedó tiesa.
—Ya. Te explico, ¿sí?
Sí.
Se rindió.
La presencia de Damián era demasiado fuerte. Frente a él, toda su valentía se volvía de papel.
Cuando vio que el fuego en sus ojos bajaba un poco, respiró.
Damián la sentó frente al escritorio.
Ahí estaba el plato de camarones.
Luna frunció el ceño y apartó la mirada.
El estómago se le revolvió.
Damián empujó el plato hacia ella y le soltó la mano.
—Come.
—No quiero.
Con solo verlos, recordó la sonrisa servicial de Mateo.
—Luna Salcedo, ¿quieres probar mi paciencia?
El aire volvió a ponerse pesado.
Luna inhaló varias veces.
Tomó los cubiertos, agarró un camarón y se lo metió a la boca.
El sabor era bueno.
Lo que le daba asco era el recuerdo.
Se obligó a tragar.
Damián vio sus mejillas moverse.
El humor le mejoró un poco.
Comía bonito.
Si no fuera alérgico, habría querido probar el sabor de esos camarones en su boca.
—Habla.
Damián se recargó en la silla como un rey flojo esperando informe.
Luna tragó otro bocado.
—Mateo tiene el cinco por ciento de acciones de Grupo Rivas. Se las regalé antes. Quiero recuperarlas. Lo de la alberca en la casa Salcedo y lo de hoy en el hospital fue actuación. No era real.
Al final habló más bajo.
Estaba molesta.
—¿Cinco por ciento de acciones y por eso vendes tu cara?
Damián se sintió un poco mejor con la explicación.
Pero pensar en ella actuando dulce con Mateo por unas acciones le amargó la voz.
—¿Vender mi cara?
Luna explotó.
Azotó los cubiertos contra la mesa.
—¿Con cuál ojo viste que vendí mi cara?
—Con los dos.
Damián apretó los dientes.
La imagen de Mateo abrazándola en la alberca volvió a su cabeza.
Quiso apretarla debajo de él y hacerle recordar quién era.
Su mujer.
La mujer de Damián Alcázar.
—Ajá. Yo creo que no fueron solo dos ojos.
La frase le salió agria.
Apenas la dijo, se arrepintió.
Sonaba a celos.
—¿Qué significa eso?
Luna resopló.
¿Ahora se hacía el tonto?
—¿Qué significa? Eso quiero preguntarte yo. ¿Qué significa poner a alguien a vigilarme? Si quieres saber algo, pregúntale a ella. ¿Para qué vienes conmigo?
Damián la miró fijo.
Luna se sintió incómoda y apartó los ojos.
El aire se quedó quieto.
Damián no habló.
Mientras más tardaba, más se enojaba Luna.
—¿Qué? ¿Le atiné?
Lo que de verdad quería preguntar era otra cosa.
¿Quién era Valeria?
¿Qué relación tenía con él?
¿Por qué confiaba tanto en ella?
Pero no se atrevió.
Damián no respondió.
Su mirada cayó en la mano de Luna.
El dorso estaba morado. Los piquetes rojos de las agujas se veían demasiado claros.
Le tomó la mano.
Pasó el pulgar por encima.
—Ay...
Luna intentó retirarla.
Le lanzó una mirada furiosa.
Seguro le dolía que le preguntara por Valeria y estaba cambiando el tema.
Al escuchar su quejido, Damián soltó el pulgar como si se hubiera quemado.
Por un segundo no supo qué hacer.
Luego recordó que Luna se enfermó por aquella escena de "romance acuático" con Mateo.
Y le picó la mano con el dedo.
—¡Duele! ¡Duele!
Luna se soltó y sacudió la mano.
Lo miró como si fuera un enfermo.
—Damián, lo hiciste a propósito.
Damián levantó los ojos.
La agarró otra vez, sin permitir discusión.
—Quietecita.
—¡Alto! Si sigues maltratándola, mañana mi mano va a parecer manita de cerdo. Ya expliqué. No se vale que me sigas molestando.
Damián tenía un carácter rarísimo.
Un minuto suave.
Al otro, violento.
Si hubiera sido emperador en otra época, seguro habría sido un tirano.
Luna apretó los labios, molesta.
—Si te mueves, mañana ni a manita de cerdo vas a llegar.
Damián sacó una pomada.
La destapó.
El olor medicinal llenó la habitación.
Tomó un poco con el índice y la extendió sobre los moretones con la fuerza más ligera que pudo.
La piel de Luna sintió fresco.
Hasta los piquetes dejaron de arder tanto.
Al mirar las marcas, se le ocurrió una idea absurda y la soltó sin filtro:
—Damián, ¿Leonardo estará enamorado de ti? Porque si no, yo ni soy su pariente ni lo ofendí. ¿Por qué se desquita conmigo?
Damián le lanzó una mirada fría.
Le apretó la mano otra vez.
—Si no quieres que se desquite, deja de enfermarte por mi culpa. Leonardo solo tiene un carácter extraño. No soporta ver gente enferma.
¿No soporta ver enfermos y se hizo doctor?
Claro.
Más raro imposible.
El silencio regresó.
Luna todavía quería preguntar por Valeria.
Pero no lo hizo.
—Listo. Sigue comiendo.
Damián terminó de poner la pomada y fue a lavarse las manos como si hubiera tocado algo sucio.
Cuando volvió, Luna seguía mirando los camarones.
—¿Qué? ¿Quieres que te dé de comer? Parece que ya te acostumbraste a que te atienda.
—¿Cuándo me has atendido tú?
Luna contestó de inmediato.
Luego miró el plato.
Algo le cayó.
—No me digas que... ¿tú pelaste todo esto?
Lo preguntó, pero no lo creía.
El frío demonio Alcázar no hacía esas cosas.
—Ya que lo sabes, come.
Damián no respondió de frente.
Esa era la respuesta.
Luna abrió mucho los ojos.
Se cubrió la boca y señaló los camarones.
Luego lo señaló a él.
—¿De verdad fuiste tú?
Damián mantuvo la cara fría.
Silencio.
Confirmado.
Luna volvió a mirar el plato.
El asco se fue.
Los camarones se veían gorditos, rosados, acomodados en filas.
Hasta daban hambre.
En su cabeza apareció Damián peleando con las cáscaras, torpe, serio, picándose los dedos.
Le dio risa.
El pecho se le llenó de algo dulce.
Ni siquiera se dio cuenta.
Damián la miró comer uno tras otro, más ligera.
La rabia se le apagó bastante.
—Desde mañana serás mi asistente privada en Grupo Alcázar.
Luna, que estaba comiendo feliz, levantó la cabeza.
Tragó antes de hablar.
—¿Voy a trabajar a tu empresa?
Quería aprender de él.
Pero entrar a Grupo Alcázar se sentía extraño.
—¿No quieres? Poder aprender a mi lado no es una oportunidad que cualquiera tenga.
Luna lo pensó en serio.
—Sí quiero aprender. Pero ¿la familia Alcázar lo va a aceptar?
Ella no era una experta en negocios, pero recordaba algo.
En su vida pasada, poco después de enterarse de la muerte de Damián, Grupo Alcázar se sacudió por dentro.
La familia empezó a pelear la herencia y el control.
Mateo le contó que la empresa no era tan tranquila como parecía. Solo Damián mantenía todo bajo control.
Para Luna, la familia Alcázar y Damián no eran lo mismo.
Ahora ella era heredera de Grupo Rivas.
Si iba a trabajar a su empresa, alguien podía usarlo para acusarla de robar secretos.
Y eso también metería a Damián en problemas.
Damián la vio fruncir el ceño y le dio un golpecito en la frente.
—La familia Alcázar es la familia Alcázar. Yo soy yo. Lo que tú tienes que hacer no es pensar en ellos.
Se inclinó apenas.
—Pon toda tu atención en mí. Eso es lo que debes considerar.
¿Aún tenía tiempo de preocuparse por la familia?
Esa mujer siempre buscaba lo lejano y dejaba lo que tenía enfrente.
Luna hizo una mueca y se tocó la frente.
—Voy. Pero tu asistente privada... ¿Qué hace exactamente?
Sonaba raro.
Demasiado privado.
—¿Qué crees que debe hacer?
Damián vio sus ojos llenos de sospecha y quiso molestarla.
Caminó hacia la cama.
Se sentó.
Le dio unas palmadas al colchón.
La curva de su boca se volvió peligrosa.
Luna se levantó de golpe, como si le hubieran pisado la cola.
Retrocedió unos pasos.
Sus ojos claros estaban llenos de alerta.
—¿Qué quieres hacer? Te aviso que yo voy a aprender a manejar una empresa, no a que me apliques reglas ocultas de oficina.
Damián abrió los brazos y se recargó con flojera en la cama.
La recorrió de arriba abajo con una mirada nada buena.
—¿Reglas ocultas? Parece que sabes bastante.
Su voz bajó.
—Te puedo dar una oportunidad para experimentarlas ahora mismo.