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Enamorada De Mi Suegro

Enamorada De Mi Suegro

Status: Terminada
Genre:Casada Con Mi Ex's Familiar / Padre soltero / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.

Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.

¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?



Espero que les guste. ¡Síganme para más!

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La cena que lo cambió todo

Ayzel se miró al espejo por enésima vez. El vestido negro que había elegido para la cena era sencillo pero letal: un diseño de cuello alto, manga larga, que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel hasta la rodilla, donde se abría en una pequeña abertura. Los tacones negros de aguja estilizaban aún más sus piernas. El cabello rojo lo había recogido en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Los labios, pintados de un rojo oscuro, casi vino.

Parecía una mujer que iba a conquistar el mundo. O al menos, a un hombre.

El hotel donde se había hospedado temporalmente era lujoso, cortesía de la tarjeta corporativa que Alexander le había autorizado usar "para gastos necesarios". No había preguntado, y ella no había explicado. La complicidad silenciosa entre ambos crecía como una planta trepadora.

Sonó el teléfono interno. Recepción.

—Señorita Hudson, el señor Woodgreen está aquí para recogerla.

—Gracias, voy en camino.

Tomó su bolso de mano, un pequeño clutch negro, y respiró hondo. «Esto es por ti, Axel. Por cada mentira, por cada engaño, por cada noche que pasé esperándote mientras tú estabas con otra.»

Salió de la habitación con la cabeza en alto.

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El vestíbulo del hotel estaba iluminado con una luz tenue y cálida. Varios huéspedes entraban y salían, pero la figura de Alexander Woodgreen destacaba entre todos. Vestía un traje gris oscuro, perfectamente cortado, con una camisa blanca sin corbata, los primeros botones desabrochados mostrando un vistazo de su pecho. Estaba de espaldas, hablando por teléfono, pero cuando la recepcionista señaló en dirección a Ayzel, se volvió.

El momento en que sus miradas se encontraron fue eléctrico.

Alexander guardó el teléfono sin despedirse. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Ayzel de arriba abajo, lentamente, con una intensidad que la hizo sentir desnuda. Pero no era una mirada vulgar. Era la mirada de un hombre que apreciaba la belleza, pero que también veía algo más: el poder, la determinación, el fuego interior.

—Estás... impresionante —dijo él, y la voz le salió más ronca de lo habitual.

—Tú tampoco te ves nada mal, señor Woodgreen —respondió ella con una sonrisa pícara.

—Alexander. Recuerda.

—Alexander —repitió ella, saboreando el nombre.

Él le ofreció el brazo, y ella lo tomó con naturalidad. Caminaron juntos hacia la salida, sintiendo las miradas de los presentes. Eran una pareja que llamaba la atención: él, imponente, canoso, con esa belleza masculina madura que pocos hombres logran; ella, joven, pelirroja, curvilínea, con una presencia magnética que hacía imposible apartar la vista.

El coche que los esperaba era un Mercedes negro, blindado, con conductor. Alexander le abrió la puerta y esperó a que ella se acomodara antes de rodear el vehículo y sentarse a su lado.

—He reservado en un restaurante francés, en el centro. Espero que te guste la comida francesa.

—Me encanta. Aunque no la he probado en un restaurante de verdad. Solo en versiones rápidas.

—Entonces te va a encantar esto.

El coche arrancó, deslizándose suavemente por las calles de Berlín. La noche había caído, y la ciudad brillaba con sus luces invernales. Ayzel miró por la ventana, fingiendo interés en el paisaje, mientras evaluaba mentalmente la situación. Alexander estaba sentado a su lado, a solo unos centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y cítricos.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él, rompiendo el silencio.

—¿Debería estarlo?

—No sé. Es la primera vez que cenamos solos, fuera del ámbito laboral. —Hizo una pausa—. Y considerando las circunstancias…

—Las circunstancias no tienen por qué incómodas —respondió ella, volviéndose hacia él—. He terminado una relación tóxica. Tú eres mi jefe, y también el padre de mi ex. Pero eso no significa que no podamos ser amigos, ¿no?

—¿Amigos? —Alexander esbozó una sonrisa irónica—. No sé si "amigos" sea la palabra correcta para lo que siento en este momento.

Ayzel sintió un vuelco en el estómago. «Mantén el control. No te dejes llevar.»

—¿Y qué palabra usarías tú?

Él la miró fijamente, sus ojos oscuros buscando los de ella.

—Todavía no lo sé. Pero tengo toda la noche para descubrirlo.

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El restaurante era exclusivo, ubicado en un edificio histórico cerca de la Puerta de Brandeburgo. El interior combinaba la elegancia clásica con toques modernos: paredes de ladrillo visto, candelabros de cristal, mesas con manteles de lino blanco. El maître los condujo a una mesa apartada, en un rincón íntimo, con vistas a la calle iluminada.

Alexander le retiró la silla, un gesto caballeroso que ella agradeció con una sonrisa. Una vez sentados, un camarero se acercó con la carta de vinos.

—¿Prefieres blanco o tinto? —preguntó Alexander.

—Tinto. Un Burdeos, si lo tienen.

El camarero asintió y se retiró. Alexander la miró con aprobación.

—Conoces de vinos.

—Mi padre era sumiller. Bueno, lo es. Tiene una pequeña bodega en Múnich. Aprendí desde pequeña.

—Eso explica mucho.

—¿El qué?

—Que tengas buen gusto. —Hizo una pausa, y añadió con un destello en los ojos—. En todo.

Ayzel sintió cómo el calor le subía a las mejillas, pero lo disimuló tomando un sorbo de agua.

La cena transcurrió entre conversaciones ligeras y miradas que se cargaban de intención. Hablaron de trabajo, de los proyectos pendientes, de la próxima expansión de la empresa a mercados asiáticos. Pero también hablaron de cosas personales: Alexander le contó cómo había construido la empresa desde cero, tras la muerte de su padre, cuando apenas tenía veinticinco años. Le habló de la soledad de ser un padre soltero, de la culpa que sentía por no haber dedicado suficiente tiempo a Axel, de las noches en vela preguntándose dónde había fallado.

Ayzel escuchaba con atención, sin interrumpir. Por un momento, olvidó que estaba allí por venganza. Vio al hombre detrás del CEO, al padre arrepentido, al ser humano que también había sufrido.

—No eres responsable de las decisiones de Axel —dijo ella, cuando él terminó—. Él es adulto. Sabía lo que hacía.

—Lo sé. Pero un padre siempre se pregunta si pudo hacer algo diferente. —La miró, y su expresión se suavizó—. Aunque ahora, quizás, el destino me está dando una segunda oportunidad.

—¿Una segunda oportunidad para qué?

—Para ser feliz.

El silencio se hizo denso. Ayzel bajó la vista, jugando con el borde de la copa.

—Alexander… no quiero que pienses que esto es un rebote. Que estoy con… que estoy aquí porque no tengo a dónde ir.

—No lo pienso.

—Porque no lo es. Sí, Axel me hizo daño. Pero eso no significa que quiera llenar el vacío con cualquiera.

—Lo sé. —Él se inclinó hacia adelante, acercándose—. Te conozco, Ayzel. He trabajado contigo durante tres años. He visto cómo te esfuerzas, cómo defiendes tus ideas, cómo no te dejas pisotear. Eres una mujer con principios. Y eso es lo que me atrae de ti.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer día. —La confesión fue simple, sin florituras—. Entraste a mi oficina para la entrevista, con ese vestido azul que llevabas, y discutiste conmigo durante veinte minutos sobre por qué merecías el puesto. No te callaste ni cuando te levanté la voz. Supiste que estabas contratada antes de que yo lo dijera.

Ayzel recordó ese día. Había estado nerviosa, pero no lo había demostrado.

—Eras mi jefe. Y eras el padre de mi novio. No podía… no debía…

—Lo sé. Por eso nunca hice nada. Me mantuve al margen, viendo cómo mi hijo te trataba como si fueras un adorno, sin apreciar lo que tenía. Y me callé, porque no era mi lugar.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no hay impedimento.

La cena terminó con un postre de chocolate y frutos rojos, pero ninguno de los dos prestaba atención a la comida. La tensión entre ellos era palpable, un imán que los atraía cada vez más.

A la salida del restaurante, el frío de la noche los envolvió. Alexander le ofreció su chaqueta, pero ella la rechazó con una sonrisa.

—Estoy bien. El frío me despierta.

Caminaron hacia el coche, pero antes de subir, Alexander se detuvo. La miró, y en sus ojos había algo que Ayzel no había visto antes: vulnerabilidad.

—¿Puedo besarte?

La pregunta la tomó por sorpresa. Esperaba que lo intentara, pero no que pidiera permiso.

—Sí —susurró ella.

Él se acercó lentamente, dándole tiempo para retirarse si quería. Pero ella no se movió. Cuando sus labios se encontraron, el mundo se detuvo.

El beso fue suave al principio, casi de prueba. Luego se volvió más profundo, más hambriento. Alexander la sujetó por la cintura, atrayéndola hacia él, y ella se dejó llevar, enredando los dedos en su cabello canoso. El sabor de sus labios, el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos… todo era perfecto.

Cuando se separaron, ambos respiraban entrecortadamente.

—Llévame a casa —dijo ella, con la voz rota.

—¿Al hotel?

—No. A tu casa.

Él la miró, y una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—Como quieras.

El coche arrancó, y Ayzel supo que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual.

Pero lo que no sabía era que, en algún lugar de la ciudad, Axel había contratado a un detective privado para seguirla. Y que las fotos de ese beso ya estaban siendo reveladas.

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1
Jipsianay Garcia
gracias autora
Aura Prieto MPH
😈
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