Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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palabras interrumpidas
El sonido del teléfono pareció romper algo más que el silencio.
Rompió un momento.
Una confesión.
Quizás incluso una declaración que ambos llevaban semanas esperando.
Alejandro observó la pantalla con preocupación antes de responder.
—¿Sí?
Valentina notó inmediatamente el cambio en su expresión.
La tranquilidad desapareció.
La tensión regresó.
—Entiendo.
—Voy para allá.
La llamada terminó pocos segundos después.
—¿Qué ocurrió?
—Mi padre tuvo una complicación.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Es grave?
—No lo sé.
La incertidumbre era evidente en su voz.
Y aunque intentaba mantener la calma, ella podía ver el miedo detrás de sus ojos.
Minutos después estaban nuevamente camino al hospital.
El tráfico parecía avanzar demasiado lento.
Cada semáforo resultaba una eternidad.
Cada minuto se sentía interminable.
Valentina observó a Alejandro.
Tenía las manos firmemente sujetas al volante.
La mandíbula tensa.
La mirada fija al frente.
Y comprendió que no solo temía perder a su padre.
También temía quedarse con cosas sin decir.
Con conversaciones pendientes.
Con heridas sin cerrar.
Cuando llegaron al hospital, encontraron a Elena esperando en el pasillo.
—¿Qué pasó?
Preguntó Alejandro inmediatamente.
—Se desmayó esta mañana.
—¿Y ahora?
—Los médicos dicen que está estable.
El alivio fue inmediato.
Pero solo parcial.
Porque seguían sin conocer toda la situación.
Un médico apareció pocos minutos después.
—¿Familiares del señor Montenegro?
—Sí.
—¿Cómo está?
El doctor revisó algunos documentos.
—Su recuperación será más lenta de lo que esperábamos.
Necesitará reposo absoluto durante varias semanas.
Elena asintió.
—¿Está fuera de peligro?
—Sí.
Pero deberá cambiar algunos hábitos importantes.
Menos estrés.
Más descanso.
Y seguimiento constante.
Aquellas noticias trajeron tranquilidad.
Por primera vez en días.
Más tarde, Alejandro entró nuevamente a la habitación.
Roberto parecía cansado.
Pero consciente.
Y mucho más tranquilo que la noche anterior.
—Escuché que asusté a todos otra vez.
—No tiene gracia.
Roberto sonrió débilmente.
—Lo sé.
Alejandro tomó asiento.
Y durante unos segundos simplemente lo observó.
Porque todavía le resultaba extraño verlo vulnerable.
Todavía estaba acostumbrándose.
—¿Cómo te sientes?
—Como alguien que acaba de descubrir que no es inmortal.
Aquella respuesta logró arrancarle una pequeña sonrisa.
—Era hora.
—Supongo que sí.
El silencio se instaló entre ambos.
Pero esta vez no era incómodo.
Por primera vez en muchos años, parecía existir una paz silenciosa entre padre e hijo.
Entonces Roberto habló.
—Quiero preguntarte algo.
—Adelante.
El hombre observó el techo unos segundos.
Como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—¿Ella te hace feliz?
Alejandro no necesitó preguntar de quién hablaba.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Automática.
Completamente sincera.
Roberto sonrió.
Y aquella sonrisa sorprendió a Alejandro.
Porque era una sonrisa auténtica.
No una sonrisa de negocios.
No una sonrisa diplomática.
Una sonrisa de padre.
—Entonces no la pierdas.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Alejandro sintió una emoción inesperada.
Porque durante toda su vida había esperado escuchar algo así.
Aprobación.
Aceptación.
Apoyo.
Y finalmente estaba ocurriendo.
—Gracias.
Roberto lo observó.
—No me agradezcas.
—Lo haré de todos modos.
Ambos sonrieron.
Y por primera vez en mucho tiempo, la distancia entre ellos pareció reducirse.
Mientras tanto, Valentina esperaba en la cafetería del hospital.
Estaba revisando algunas fotografías en su computadora cuando alguien se acercó.
—¿Puedo sentarme?
Levantó la vista.
Y se sorprendió.
Era Camila.
Por un instante ninguna habló.
La situación resultaba inesperada.
Extraña.
Casi surrealista.
Finalmente Valentina asintió.
—Claro.
Camila tomó asiento.
Parecía diferente.
Más tranquila.
Más serena.
Como si hubiera dejado atrás una carga muy pesada.
—Escuché lo de Roberto.
—Sí.
—¿Cómo está?
—Mejor.
Camila sonrió con alivio.
—Me alegra.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Luego Camila habló nuevamente.
—Quería agradecerte.
Valentina frunció el ceño.
—¿Agradecerme?
—Sí.
—¿Por qué?
Camila observó la taza de café entre sus manos.
—Porque apareciste cuando él más lo necesitaba.
Aquellas palabras tomaron a Valentina por sorpresa.
—No creo que sea para tanto.
—Sí lo es.
Camila levantó la mirada.
—Lo conozco desde hace muchos años.
Y nunca lo había visto tan tranquilo.
Tan feliz.
Tan él mismo.
Valentina sintió cómo su corazón se aceleraba.
Porque aquellas palabras venían de alguien que había conocido a Alejandro mucho antes que ella.
Y por eso tenían un peso especial.
Camila sonrió suavemente.
—Cuídalo.
—Lo haré.
—Lo sé.
Aquella respuesta estuvo acompañada por una sinceridad absoluta.
Y por primera vez, Valentina comprendió que realmente había dejado de verla como una rival.
Poco después, Camila se marchó.
Y cuando Alejandro apareció unos minutos más tarde, encontró a Valentina pensativa.
—¿Todo bien?
—Sí.
Ella sonrió.
—Solo estaba pensando.
—Eso puede ser peligroso.
—Definitivamente.
Ambos rieron.
Y por un instante olvidaron los hospitales.
Los problemas.
Las preocupaciones.
Todo.
Cuando salieron del edificio al caer la tarde, el cielo comenzaba a despejarse.
Después de varios días de lluvia, algunos rayos de sol atravesaban las nubes.
Era un paisaje hermoso.
Y extrañamente simbólico.
Como si una tormenta estuviera llegando a su fin.
Caminaron lentamente hacia el estacionamiento.
Sin prisas.
Disfrutando simplemente de estar juntos.
Y fue entonces cuando Alejandro se detuvo.
Valentina lo miró.
—¿Qué pasa?
Él permaneció en silencio durante varios segundos.
Como si estuviera reuniendo valor.
Como si recordara las palabras que el destino había interrumpido junto al lago.
Finalmente sonrió.
Y sostuvo su mirada.
—Antes de que sonara el teléfono...
El corazón de Valentina comenzó a acelerarse.
—Sí.
Alejandro dio un paso hacia ella.
Solo uno.
Pero fue suficiente para cambiarlo todo.
—Había algo importante que quería decirte.
Y esta vez parecía decidido a terminar lo que había comenzado.