¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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¿Estás Celoso?
El eco de la música vibraba en las paredes del pasillo de la escuela, un recordatorio constante de la fiesta que se desarrollaba al otro lado. Seo-jun se detuvo, su mirada fija en Min-jae, quien lo observaba con una sonrisa que comenzaba a desvanecerse.
—¿Ya terminaste de presumir? —preguntó Min-jae, su voz teñida de una incredulidad apenas disimulada.
Seo-jun soltó una risa seca. —¿Perdón?
—Toda la noche.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —replicó Min-jae, dando un paso hacia él. La música seguía resonando, un telón de fondo para la tensión que crecía entre ellos.
Seo-jun no retrocedió. —Estabas mirándome —dijo, su voz baja pero firme.
—Y tú estabas mirándome a mí —respondió Min-jae, un desafío implícito en sus palabras.
Eso dejó a Seo-jun sin respuesta por un instante. Era cierto. Había estado observando a Min-jae, hipnotizado por su seguridad despreocupada, por la forma en que se movía entre la multitud, ajeno a las miradas que atraía.
—No cambies de tema —insistió Seo-jun, recuperando el control de la conversación, o al menos intentándolo.
—¿Cuál tema?
—La chica.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada —replicó Min-jae, cruzándose de brazos—. Entonces deja de actuar como un loco.
Seo-jun apretó la mandíbula, sintiendo el calor subir por su cuello. Min-jae, como siempre, sabía exactamente dónde golpear. Levantó una ceja, una chispa de burla en sus ojos.
—¿Estás celoso? —preguntó, la pregunta flotando en el aire como una provocación.
Como siempre. Pero esta vez, el silencio que siguió fue demasiado largo. Demasiado pesado. Y eso hizo que la sonrisa de Min-jae desapareciera por completo. Por primera vez en seis años, Seo-jun no se había reído. No había respondido con una burla ingeniosa. Simplemente seguía mirándolo, de una forma extraña, demasiado intensa, que le heló la sangre.
—Deberías volver a la fiesta —murmuró Min-jae, rompiendo el tenso silencio.
—Tú primero.
—¿Por qué?
—Porque si sigo aquí… —Seo-jun se interrumpió, incapaz de articular la siguiente frase. La idea de lo que podría suceder si se quedaba, si dejaba que esa intensidad lo consumiera, era tanto aterradora como irresistible. Y el hecho de que no pudiera controlarla, que Min-jae lo estuviera desarmando de esa manera, era precisamente lo que más le molestaba.
Seo-jun dio un paso más cerca, su aliento rozando la piel expuesta de Min-jae. La música, que antes parecía lejana, ahora era un latido salvaje en sus oídos. La tensión entre ellos era palpable, una corriente eléctrica esperando ser liberada.
—No voy a irme —susurró Seo-jun, su voz ronca por la emoción contenida. Sus ojos se encontraron con los de Min-jae, y en ese cruce de miradas, ambos supieron que algo había cambiado. La fachada de indiferencia se había resquebrajado, revelando la cruda verdad de sus deseos.
Min-jae tragó saliva, sus pupilas dilatadas. La provocación en sus ojos había sido reemplazada por una mezcla de sorpresa y una excitación apenas disimulada. — ¿Ah, no? — Su voz era un susurro ronco, cargado de una anticipación que Seo-jun sentía en cada fibra de su ser.
—No —confirmó Seo-jun, su mano se alzó instintivamente para rozar la mejilla de Min-jae. La piel era suave, cálida, y la reacción de Min-jae fue un leve estremecimiento que recorrió su cuerpo.
—¿Y qué vas a hacer si te quedas? —preguntó Min-jae, su respiración agitada. El desafío en su voz se había desvanecido, reemplazado por una vulnerabilidad que Seo-jun nunca había visto.
Seo-jun se inclinó, acercando sus labios a los de Min-jae. El aroma dulce y embriagador de Min-jae lo envolvió, y la distancia entre ellos se redujo a nada. —Voy a hacer que te olvides de esa chica —susurró Seo-jun, sus labios rozando los de Min-jae, una promesa implícita en cada palabra.
El beso fue tentativo al principio, un roce suave, exploratorio. Pero la resistencia de Min-jae era inexistente. Sus labios se abrieron bajo la presión de los de Seo-jun, invitándolo a entrar. La lengua de Seo-jun se deslizó en la boca de Min-jae, encontrándose con la suya en un baile salvaje y apasionado. El sabor de Min-jae era adictivo, y Seo-jun se perdió en él, sus manos aferrándose a la cintura de Min-jae, atrayéndolo aún más cerca.
El sonido de la música se desvaneció, reemplazado por los jadeos ahogados y los gemidos que escapaban de sus gargantas. Los besos se volvieron más profundos, más hambrientos. La ropa se convirtió en un obstáculo, y Seo-jun comenzó a desabrochar la camisa de Min-jae con dedos temblorosos. La piel expuesta brillaba bajo la tenue luz del pasillo, invitando a ser explorada.
—Seo-jun… —jadeó Min-jae, su voz apenas un susurro mientras sus manos buscaban la nuca de Seo-jun, atrayéndolo aún más cerca.
—Cállate —susurró Seo-jun contra sus labios, el placer inundándolo—. Solo siente.
Sus labios descendieron por la mandíbula de Min-jae, dejando un rastro de besos ardientes. Sus manos recorrieron el torso de Min-jae, sintiendo los músculos tensos bajo la piel. Cada roce, cada caricia, avivaba la llama que ardía entre ellos. El pasillo de la escuela, antes un lugar de rutina y aburrimiento, se había transformado en su propio santuario secreto, un lugar donde las reglas se desdibujaban y los deseos prohibidos tomaban el control.
La mano de Seo-jun se deslizó por debajo de la camisa de Min-jae, sus dedos rozando la piel desnuda de su abdomen. Min-jae arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. La excitación era abrumadora, una marea que los arrastraba a ambos.
—Aquí no… —murmuró Min-jae, con la voz entrecortada.
—¿Dónde entonces? —preguntó Seo-jun, sus ojos oscuros, llenos de deseo. La idea de la dominación, de tomar el control total de Min-jae, era tentadora.
Min-jae lo miró, una chispa de desafío en sus ojos, pero también una rendición innegable. —En mi habitación —susurró, su voz apenas audible.
La promesa de lo que vendría encendió un fuego aún más intenso en Seo-jun. El control ya no era un deseo, era una certeza. Sabía que Min-jae lo quería, lo necesitaba, y él estaba más que dispuesto a dárselo. El pasillo se sintió de repente demasiado pequeño, demasiado público. La urgencia de llevar a Min-jae a un lugar más privado, donde pudiera explorarlo sin restricciones, era abrumadora.
—Vamos —dijo Seo-jun, su voz grave y autoritaria. Tomó la mano de Min-jae, sus dedos entrelazándose con los suyos. La música de la fiesta ahora sonaba como un eco lejano, insignificante ante la intensidad de lo que acababa de comenzar. El aire estaba cargado de promesas, de deseos reprimidos que finalmente encontraban su salida.