La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 14: Sospechas entrelazadas
El punto de encuentro era una posada abandonada en una ruta comercial en desuso, justo a mitad de camino entre el bullicio de la capital y los dominios helados del Norte. El viento golpeaba las tablas sueltas de las ventanas, y el interior apestaba a polvo y madera húmeda. Una sola vela parpadeaba sobre una mesa coja, iluminando las siluetas de los dos herederos del Imperio. No había guardias, ni sirvientes, ni testigos; la urgencia de la situación exigía un secretismo absoluto.
Tanto Theo Valerius como el príncipe Alexander reflejaban una frustración idéntica en sus rostros, aunque se manifestara de formas distintas.
Alexander, con su cabello rubio revuelto y sus ojos claros inyectados en sangre por la falta de sueño, caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Theo, por el contrario, permanecía sentado con los brazos cruzados, una masa inmóvil de puro músculo y tensión, con la mandíbula tan apretada que parecía tallada en la roca de sus montañas. Ambos estaban furiosos, desconcertados y, por encima de todo, profundamente perturbados por los últimos acontecimientos.
—El ataque al nido del Norte no fue una coincidencia, Theo —arrancó Alexander, deteniéndose en seco y golpeando la mesa con el puño—. Vinieron a por tu hermana. Sabían exactamente por dónde entrar. Las *Black Shadows* interceptaron a dos rezagados en los caminos del sur, pero se tomaron el veneno antes de que pudiera sacarles una sola palabra.
—Mi nuevo capitán y yo nos encargamos de los que pisaron el jardín —respondió Theo, su voz grave vibrando con una hostilidad contenida—. Pero lo que me está hirviendo la sangre no son esos asesinos de pacotilla, Alexander. Es la gente que tengo metida en casa.
Theo se inclinó hacia adelante, permitiendo que la luz de la vela acentuara las facciones duras de su rostro.
—Ese maldito capitán que me enviaron de la capital... En mitad del ataque se movió con una autoridad que no le corresponde a un subordinado. Daba órdenes a mis sargentos y los hombres lo obedecían sin pestañear. Y la mujer que llegó con los supuestos documentos del tratado, la estratega... —Theo hizo una pausa, tragándose la perturbación que le causaba recordarla—. Maneja los mapas del ejército como si las fronteras completas le pertenecieran. Tienen un porte, una forma de hablar y una soberbia que solo se aprende cuando naces con el derecho de gobernar a otros. Te lo juro por mi apellido: esos dos manejan al ejército como si fueran de la realeza.
Alexander soltó una risa seca, sin pizca de gracia, y se apoyó contra la pared de madera.
—¿Quieres oír algo peor? La ladrona de los suburbios —soltó el príncipe, cruzando los brazos—. Volví a arrinconarla en una subasta clandestina en el sector prohibido. Pensé que era una ratera con suerte, pero la maldita mujer sabía detalles específicos de nuestras operaciones en el sur. Conocía las claves del pergamino de cera negra. Me susurró al oído advertencias sobre el Halcón de dos cabezas que ni siquiera mis mejores espías han logrado desenterrar. Sabe demasiados secretos de Estado, Theo. Ningún delincuente común, por muy hábil que sea, maneja esa clase de información política.
La revelación quedó flotando en el aire de la posada abandonada. Las piezas del rompecabezas estaban sobre la mesa, prácticamente gritándoles la respuesta. Un capitán con esgrima real y dotes de mando absolutas, una estratega que dominaba la geografía militar extranjera a la perfección y una ladrona que manejaba secretos de Estado de altísimo nivel y hablaba del "Halcón de dos cabezas" como si fuera su propio asunto familiar. Era evidente que no estaban lidiando con simples espías, contrabandistas o mercenarios comunes; estaban ante una red de infiltración de la más alta alcurnia del reino enemigo. La verdad obvia —que los tres visitantes eran los mismísimos príncipes y el Rey destronado en busca de auxilio— estaba a un milímetro de sus narices.
Sin embargo, los dos herederos del Imperio estaban completamente ciegos.
Sus propios sentimientos posesivos y territoriales, nacidos de un orgullo herido y un deseo que se negaban a admitir, nublaban por completo su capacidad de deducción estratégica. Alexander estaba demasiado consumido por la rabia y la obsesión de someter a la mujer que le había tocado la mejilla en el callejón, demasiado concentrado en la frustración de no poder encerrarla en sus estancias para hacerla suya y protegerla del peligro. No podía ver en ella a una princesa; solo veía a una insolente y fascinante mujer que se le escapaba entre los dedos y a la que pensaba cazar sin importar el costo.
Y Theo estaba exactamente en la misma situación en el Norte. Los celos salvajes que había sentido al ver las manos del capitán sobre los hombros de Lucero, revisando sus heridas con ese afecto noble y protector, lo tenían cegado. Su mente solo funcionaba en modo de combate: quería destruir al rival que pretendía ganarse el corazón de su hermana menor y, al mismo tiempo, lidiar con la perturbadora atracción que le provocaba la estratega en la biblioteca. La tensión sexual y el instinto de posesión familiar los habían convertido en dos bestias acorraladas por sus propias emociones.
—Sea lo que sea que estén planeando, se les está acabando el tiempo —sentenció Alexander, enderezándose y ajustándose la casaca de cuero con un gesto brusco—. No me importa qué secretos maneje esa ladrona, voy a desenterrar su identidad aunque tenga que interrogar a cada informante del Imperio.
—Y yo no voy a apartar los ojos de ese capitán —añadió Theo, poniéndose de pie, su imponente figura dominando la penumbra de la posada—. Si vuelve a tocar a Lucero, o si esa estratega intenta mover una sola pieza de mis mapas sin mi permiso, se enterarán de lo que hace un lobo cuando le invaden el territorio.
Los dos primos se despidieron con un asentimiento seco, saliendo de la posada en direcciones opuestas hacia la noche cerrada. Los viejos lobos, Christopher y Cédric, habrían sonreído con superioridad al verlos marchar; sus hijos seguían frustrados, furiosos y completamente perdidos en el laberinto de sus propios corazones, incapaces de ver la obviedad del juego que se desarrollaba ante ellos.