NovelToon NovelToon
La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Espejos rotos

Pasaron tres semanas desde aquella reunión en la oficina de Esteban. Tres semanas de cumplir con lo pactado: conciertos, entrevistas, sesiones de grabación, sonrisas forzadas. César se había convertido en un autómata eficiente, un robot que cantaba, saludaba y agradecía sin sentir nada. La máquina funcionaba a la perfección. Pero por dentro, los engranajes se estaban oxidando.

El nuevo disco avanzaba a ritmo acelerado. Los compositores contratados por Darío entregaban canciones cada dos días, todas con la misma fórmula: estribillo pegajoso, ritmo bailable, letras vacías sobre amor, fiesta y desamor superficial. César las grababa sin poner emoción, sin creer en ellas. Jonathan notaba la diferencia.

“Estás cantando plano”, le dijo un día, después de la décima toma de una canción llamada “Baila conmigo”. “Ponle sentimiento.”

“No hay sentimiento que ponerle”, respondió César, con la voz cansada. “Esta canción no dice nada.”

Jonathan lo miró con preocupación. “¿Estás bien, César? Últimamente te veo apagado.”

“Estoy bien. Solo cansado.”

Pero no estaba bien. Y no estaba cansado solo físicamente. Estaba agotado de fingir, de sonreír, de cantar mentiras. Cada mañana se miraba en el espejo del baño y no reconocía al hombre que lo miraba. Los ojos eran los suyos, pero la mirada era de otro. Alguien más viejo, más triste, más roto.

El espejo del camerino, antes de cada concierto, se había convertido en su peor enemigo. Se sentaba frente a él mientras Valeria lo maquillaba y le arreglaba el peinado, y veía cómo su rostro se transformaba en el del artista, en el del producto, en el del muñeco de cartón que la gente aplaudía. Luego salía al escenario, cantaba, recibía los aplausos, y regresaba al camerino para mirarse otra vez en el espejo y no encontrarse.

“¿Quién eres tú?”, se preguntaba en silencio. Y el espejo no respondía.

---

Una noche, después de un concierto en una ciudad costera, César estaba en el camerino quitándose el maquillaje cuando alguien golpeó la puerta. No era Mauricio ni Esteban. Era una chica joven, de unos dieciocho años, con una camiseta de él y los ojos brillantes. Tenía un pase de backstage colgando del cuello.

“¿Puedo pasar?”, preguntó, con voz temblorosa.

César asintió, aunque no tenía ganas de ver a nadie. La chica entró y se quedó de pie junto a la puerta, mirándolo como si fuera una aparición.

“Soy tu fan número uno”, dijo. “He ido a todos tus conciertos. Me sé todas tus canciones. ‘Mil pesos’ me salvó la vida.”

César levantó la vista. “¿Cómo te salvó la vida?”

La chica se sentó en la silla frente a él. Se llamaba Daniela, y tenía una historia que heló la sangre de César. Había intentado suicidarse dos años atrás, después de que su madre muriera de cáncer y su padre la echara de casa. Vivía en la calle, dormía en parques, comía de la basura. Una noche, en el albergue donde a veces la dejaban pasar la noche, escuchó “Mil pesos” en la radio de un voluntario.

“La letra decía que no importa de dónde vienes, que lo importante es a dónde vas”, contó Daniela, con lágrimas en los ojos. “Y yo pensé: si este chico pudo salir del barrio, yo también puedo salir de la calle. Esa canción me dio esperanza. Me dio ganas de seguir.”

César escuchaba con el corazón encogido. Esa canción, “Mil pesos”, era suya. La había escrito en su cuaderno escolar, con una vela encendida, mientras su madre cosía en la otra habitación. Era verdadera. Era honesta. Y había salvado a alguien.

“¿Y ahora qué haces?”, preguntó.

“Trabajo en una panadería. Vivo en una habitación prestada. No es mucho, pero es mío. Y todo gracias a ti.”

César sintió un nudo en la garganta. “No fue gracias a mí. Fue gracias a la canción. Y la canción es tuya también. Todas las personas que la escuchan y la sienten son dueñas de un pedazo de ella.”

Daniela sonrió y le pidió un autógrafo. César se lo dio, pero no con su nombre artístico. Escribió: “Para Daniela, que sigue adelante. Tu fuerza es más grande que tus heridas. César”.

Cuando la chica se fue, César se quedó un largo rato mirando el espejo. Por primera vez en semanas, se reconoció. No al artista, no al producto, no al muñeco de cartón. Se reconoció a él, al chico que escribía canciones verdaderas porque tenía algo que decir.

Y entendió algo fundamental: su música no era de la disquera. Era de la gente. De Daniela, de su madre, de todos los que encontraban en sus letras una razón para seguir. Los contratos podían robarle los derechos, pero no podían robarle el impacto. Nadie podía robarle eso.

Salió del camerino con una determinación nueva. No sabía cómo, no sabía cuándo, pero iba a recuperar sus canciones. Iba a recuperar su voz. Iba a recuperarse a sí mismo.

---

Al día siguiente, en el estudio, pidió hablar a solas con Jonathan. El ingeniero de sonido lo miró con sorpresa, pero aceptó. Cerraron la puerta y César sacó su cuaderno de debajo de la camisa, donde lo llevaba escondido.

“Necesito que me ayudes con algo”, dijo César. “Quiero grabar estas canciones. Las mías. Las verdaderas. Pero sin que nadie lo sepa.”

Jonathan palideció. “¿Estás loco? Si se enteran, nos despiden a los dos. Me demandan. Te demandan. Arruinan nuestras vidas.”

“Lo sé. Por eso tiene que ser en secreto. ¿Conoces algún estudio donde podamos grabar sin dejar rastro?”

Jonathan dudó. Movió la cabeza, pensando. Luego dijo: “Mi primo tiene un estudio casero en su garaje. No es profesional, pero se puede hacer algo. Nadie va a enterarse si vamos de noche y pagamos en efectivo”.

César sonrió por primera vez en semanas. “Esta noche. A las diez. Te paso la dirección de tu primo.”

Salieron del estudio como si nada hubiera pasado. Pero César llevaba el cuaderno pegado al pecho, y en su cabeza sonaban las melodías que había estado callando durante meses.

Esa noche, mientras los demás dormían, él estaría despierto. No para grabar mentiras, sino para rescatar verdades.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play