Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 18: El día que renunció Dayana
Como de costumbre, llegué temprano a la editorial. Vivía a unos quince minutos caminando, así que normalmente no tenía problema para llegar antes que la mayoría.
Aquella mañana, sin embargo, la lluvia había convertido la ciudad en un desastre.
Lo primero que hice fue escribirle a mi mejor amiga.
A Dayana la conocía desde la universidad. Curiosamente, al principio apenas nos hablábamos. Quién diría que, años después, terminaría siendo la persona que más quería.
NOX: Hola, chiqui. ¿Cómo andas? ¿Ya vienes? Está horrible el día.
Su respuesta tardó unos minutos en llegar.
DAYANITA ♡: Hola, Noox. Llevo más de veinte minutos esperando el autobús y no ha pasado. Creo que hubo un accidente.
DAYANITA ♡: Cuando consiga un taxi te mando mensaje.
Miré la hora, eran ya las ocho de la mañana.
Suspiré.
—Pobre...
Ojalá encuentre un taxi pronto.
La editorial le quedaba lejísimos. Ya le había dicho muchas veces que se mudara conmigo para dividir gastos, pero siempre se negaba.
Decía que no quería ser una carga.
Si supiera que yo también tenía mis propios problemas... problemas de los que nunca le había hablado.
No porque no quisiera confiar en ella, sino porque sabía que su vida ya era bastante complicada.
Guardé el teléfono y me dirigí a mi escritorio.
Algo llamó mi atención de inmediato.
La oficina estaba llena, todos habían llegado temprano.
Fruncí el ceño.
—Qué raro...
No recordaba que hubiera ninguna reunión programada.
Miré el reloj otra vez, faltaban diez minutos para las ocho y media. Dayana seguía sin llegar, tampoco respondía mis mensajes.
Empecé a preocuparme. Esperaba que solo estuviera atrapada en el tráfico.
Mientras tanto, nuestro querido jefe caminaba de un lado a otro con una cara que daba miedo. Parecía dispuesto a despedir al primero que respirara demasiado fuerte.
Le envié otro mensaje a Dayana, aunque sospechaba que ya no lo vería.
Seguramente venía de mal humor. No era para menos. Gastar dinero en un taxi cuando apenas alcanzaba para llegar a fin de mes era suficiente para arruinarle la mañana a cualquiera.
—Oye, Noox.
Levanté la vista.
Era una de las becarias.
—¿Sí? ¿Qué pasa?
La chica sonrió con timidez.
—Solo quería decirte que te ves muy bonita hoy. ¿Fuiste a la playa o al spa? Ese color te queda increíble. Ahora sí vas a llamar la atención de cualquier chico guapo.
No pude evitar reírme.
—Gracias, linda.
Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Me alegra que no parezca que terminé calcinada. Sentí que se me pasó un poquito la mano con el bronceado.
La becaria soltó una risita.
Unos minutos después, cerca de las ocho cuarenta y cinco, las puertas del ascensor se abrieron.
Dayana apareció por el pasillo.
Traía el bolso colgado de un hombro y esa expresión de quien ya había tenido suficiente del día... aunque apenas estuviera comenzando.
En cuanto me vio, sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.
Se quedó observándome unos segundos.
Era evidente que mi cambio de look la había tomado por sorpresa.
Sonreí para mis adentros, la conocía demasiado bien. Jamás diría lo que estaba pensando.
Dayana era de esas personas que se guardaban absolutamente todo... hasta que un día, simplemente, explotaban.
Intenté saludar a Dayana en cuanto la vi entrar, pero una voz atronadora nos interrumpió.
—¡¿Quién es la encargada de esas dos estúpidas becarias?!
Toda la oficina quedó en silencio.
Qué curiosos eran mis compañeros.
Hacía apenas unos segundos estaban cuchicheando como si aquello fuera un mercado, pero bastó un grito del jefe para que, de repente, todos se convirtieran en empleados ejemplares. Unos comenzaron a teclear con una concentración admirable; otros enterraron la mirada en la pantalla como si el trabajo fuera lo más importante del mundo.
—Arruinaron toda la campaña publicitaria —continuó gritando.
Dayana pasó junto a mí sin decir una palabra y fue directo a su escritorio.
Estuve a punto de levantarme para ir con ella cuando apareció Alejandrina.
Ah, claro...
La reina del oportunismo.
No sé cómo lo hacía, pero cada vez que abría la boca conseguía decir una estupidez más grande que la anterior.
《Tal vez de tanto tinte ya se le quemaron las neuronas》
La idea me hizo gracia.
Aunque, siendo sincera, yo tampoco era la persona indicada para burlarme. Llevaba media cabeza decolorada. La diferencia era que, al menos, yo intentaba usar el cerebro de vez en cuando.
Preferí quedarme sentada y darle un sorbo a mi café.
Aquello prometía ponerse interesante.
Alejandrina dio un paso al frente con esa sonrisa falsa que siempre usaba cuando quería quedar bien.
—Jefecito, las becarias no tienen toda la culpa. Si lo pensamos bien... todos tenemos parte de responsabilidad.
Casi escupo el café.
《¿Perdón?》
Así que ahora todos éramos culpables, qué conveniente.
Pero, hasta donde yo recordaba, la responsable directa de las becarias era ella. Suspiré.
De todos modos, el jefe ya me odiaba. Echarle un poco más de leña al fuego no iba a cambiar gran cosa. Además, cuando terminara mi contrato pensaba largarme de este horrendo lugar.
Así que levanté la voz.
—Jefe, la responsable de esas dos becarias es su tan preciada Alejandrinita.
Lo dije con un tono burlón, aunque tan tranquilo que incluso yo misma soné peligrosamente segura.
Toda la oficina giró hacia mí.
—Me parece injusto que todos tengamos la culpa por algo que ocurrió porque ella ignoró a las becarias cuando fueron a pedir ayuda. Le preguntaron varias veces qué debían hacer y Alejandrina estaba demasiado ocupada maquillándose como para prestarles atención.
Varias personas tuvieron que cubrirse la boca para esconder la risa.
El rostro de Alejandrina perdió el color y el director la observó fijamente.
—¿Eso es cierto?
Ella abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Pero no salió ni una sola palabra.
Eso bastó para que el jefe perdiera los estribos.
—¡Todos a mi oficina ahora mismo!
Nadie se movió.
Nadie quería ser el primero en entrar a la boca del lobo.
Entonces volvió a golpear el escritorio.
—¡He dicho que TODOS a mi oficina!
Ahora sí.
Las sillas chirriaron contra el suelo y la oficina entera se puso de pie como si hubiera sonado la alarma de incendios. Nadie caminaba; todos avanzaban casi corriendo, evitando cruzar miradas.
Vi a Dayana levantarse con un largo suspiro.
—Genial... apenas ha pasado una hora y ya me quiero ir —murmuró.
No pude evitar sonreír.
Caminé a su lado con mi taza de café en la mano.
—No te preocupes. Se nota que este día va a ser divertido.
Me lanzó una mirada de agotamiento.
—"Divertido" no es la palabra que yo usaría...
Me encogí de hombros.
—Depende del ángulo. Si todo va a salir mal, al menos que sea entretenido.
Dayana negó con la cabeza.
Por la forma en que me miró, no supe si estaba pensando que yo era una valiente... o que necesitaba terapia urgente.