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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:831
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 4

Leyla

semanas después

Hay cosas que uno aprende de las personas sin que ellas se las cuenten. No porque uno sea especialmente observador, sino porque convives el tiempo suficiente y los patrones empiezan a dibujarse solos, como esas imágenes ocultas en los pósteres que de niña nunca pude ver hasta que alguien me dijo exactamente dónde mirar.

Con Logan llevábamos ya casi dos meses de cafetería, de clases compartidas, de esa dinámica que se instala sin que nadie la declare. Y había cosas que yo había ido anotando sin cuaderno: que pedía siempre lo mismo cuando no había tiempo para pensar —café solo, sin azúcar—, que leía los mensajes del teléfono sin sacarlo del bolsillo más de lo necesario, que cuando alguien en una mesa cercana levantaba la voz, él no giraba la cabeza sino que dejaba de hablar una fracción de segundo antes de continuar, como si necesitara ese margen para verificar que el sonido no era relevante. No eran cosas extrañas, exactamente. Eran simplemente cosas.

Allen no tomaba notas. Allen directamente lo miraba.

No de la manera en que ella miraba todo, con esa amplitud de quien registra el mundo entero para tener material con qué opinar. Esta era otra cosa: más estrecha, más concentrada, con ese borde afilado que tenía Allen cuando algo le interesaba de verdad pero no quería que se notara que le interesaba. Yo lo había visto antes con un proyecto de contabilidad que le parecía "un desastre estructural y un insulto a la lógica básica" y que al final resultó ser el que mejor le salió del semestre. Allen ponía esa cara cuando algo le importaba demasiado para admitirlo.

Ese martes en particular, la clase de Ética Profesional había terminado quince minutos antes porque el profesor tuvo que salir por una llamada urgente que nunca explicó. Nos encontramos en el pasillo por pura coincidencia de horarios: Logan salía de Administración por la puerta de enfrente justo cuando Allen y yo salíamos de Economía.

—Qué casualidad —dijo Allen, con el tono de quien sabe perfectamente que no es ninguna casualidad.

Logan la miró. Había algo en cómo los dos se miraban que yo todavía no sabía clasificar: no era la tensión de dos personas que no se soportan, pero tampoco era la relajación de dos personas que están cómodas. Era algo en el medio, algo que generaba una fricción pequeña y constante que ninguno de los dos parecía querer nombrar.

—¿Saliste temprano? —preguntó él.

—El profesor tuvo una emergencia —dijo Allen—. Leyla ya está reconstruyendo mentalmente los quince minutos de clase que nos perdimos.

—No estoy reconstruyendo nada —dije.

—Tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando organizas información que nadie más consideró importante guardar.

No respondí, porque tenía razón y porque admitirlo solo la alentaría. Empezamos a caminar hacia la salida sin haberlo decidido explícitamente, como ocurría siempre con los tres: uno empezaba a moverse y los otros dos lo seguían con la naturalidad de quien lleva mucho tiempo haciendo eso, aunque no fuera cierto todavía.

Afuera el sol caía de lado, esa luz de media tarde que lo vuelve todo más nítido y más cansado al mismo tiempo. Nos sentamos en las escaleras del edificio principal porque la cafetería a esa hora era un caos de gente con hambre y prisa, y ninguno de los tres tenía energía para eso.

Allen sacó una naranja del bolsillo de su chaqueta —Allen siempre llevaba fruta en los bolsillos, una costumbre que yo había dejado de cuestionar— y empezó a pelarla con esa concentración que le ponía a las cosas manuales mientras seguía hablando.

—¿De dónde eres exactamente? —le preguntó a Logan, sin preámbulo, con ese estilo suyo de hacer preguntas directas como si las hubiera estado guardando y finalmente hubiera decidido que ya era suficiente espera.

Logan tardó un segundo.

—De varios lados —dijo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta que tengo.

Allen lo miró por encima de la naranja. No con molestia, sino con esa expresión evaluadora que reservaba para los problemas que todavía no había resuelto.

—¿Italia? —dijo, como probando.

Algo en el rostro de Logan cambió. No de manera dramática. Fue más bien lo contrario: una ligera nivelación, como cuando alguien que estaba siendo expresivo decide dejar de serlo. Duró menos de un segundo y después ya estaba sonriendo de nuevo, tranquilo, con esa sonrisa suya que era genuina sin ser completamente abierta.

—Viví ahí un tiempo —dijo—. Entre otros sitios.

—¿Y cuántos otros sitios son?

—Allen —dije.

—Es una pregunta normal, Leyla.

—Es la quinta en dos minutos.

—Soy eficiente. —Le ofreció un gajo de naranja a Logan. Él lo tomó—. No tienes que responder si no quieres —dijo Allen, y el tono cambió levemente: seguía siendo directa, pero sin filo—. Solo me gusta saber de dónde viene la gente. Dice mucho.

—¿Qué dice? —preguntó Logan.

—Depende de adónde hayan ido después.

Hubo una pausa. Logan masticó el gajo de naranja con calma. Miró hacia el campus, hacia la gente que cruzaba entre los edificios con sus mochilas y su prisa, y luego volvió la vista hacia Allen con una expresión que yo no supe leer del todo.

—México, principalmente —dijo al fin—. Aunque no es de donde soy.

Allen asintió. No hizo más preguntas, lo cual era la versión más inusual de Allen que yo conocía, y me hizo pensar que la respuesta le había dado algo con qué trabajar.

Yo le ofrecí mi botella de agua porque el sol empezaba a molestar y no había traído nada que beber, y Logan la tomó con un "gracias" que sonó distraído, porque en ese momento su atención estaba en el teléfono: lo había sacado del bolsillo, mirado la pantalla durante exactamente dos segundos, y vuelto a guardarlo. Sin responder nada. Sin cambiar de expresión.

—¿Todo bien? —pregunté, porque el gesto había tenido algo de automático, como si fuera una verificación rutinaria más que una notificación real.

—Sí —dijo. Y sonrió de esa manera suya que era completamente convincente y que Allen, que lo vio de reojo, no creyó en absoluto.

La tarde siguió. Hablamos de otras cosas: de un trabajo que Allen y yo teníamos que entregar la semana siguiente, de una exposición en el museo de la ciudad que yo quería ver y que Allen describió como "voluntariamente confusa", de si el profesor de Economía iba a compensar los quince minutos que nos había quitado o simplemente los iba a ignorar con la elegante impunidad de quien tiene el poder del calendario.

Logan participó, escuchó, hizo un comentario sobre el museo que fue más interesante de lo que yo esperaba —había estado ahí, conocía la exposición permanente con un nivel de detalle que no correspondía al de alguien que pasó por ahí de casualidad

Allen, que llevaba toda la tarde con la mitad de la atención puesta en él como si estuviera ejecutando un análisis paralelo sin interrumpir la conversación principal, dijo en algún momento, dirigiéndose a mí y en un registro tan neutro que parecía una observación meteorológica:

—Administración de Empresas y Economia tienen más clases en común de las que parece.

—¿Sí? —dije, sin entender bien a dónde iba eso.

—Sí. —Hizo una pausa—. Logan y yo tenemos cuatro juntas este semestre. —Una pausa más. Una naranja casi terminada—. Más que tú y yo, de hecho.

No lo miré a él para ver su reacción porque hacerlo hubiera sido demasiado obvio. Pero vi que Allen sí lo miraba, brevemente, con ese ángulo de perfil que usaba cuando quería registrar algo sin que pareciera que lo estaba registrando.

Tres días después, mi madre, Yessica, pasó a recogerme.

No era habitual que viniera ella en persona: normalmente era Beto quien esperaba en la salida, puntual hasta lo innecesario, con esa manera suya de estar parado junto al coche que hacía que la gente que no lo conocía se pusiera nerviosa sin saber exactamente por qué. Pero ese martes mi madre había tenido una reunión cerca y me avisó por mensaje que vendría ella misma.

La vi antes de llegar a la puerta: estaba apoyada en el capó del coche con el teléfono en la mano, con ese porte suyo que no era exactamente rígido pero que nunca dejaba de ser completamente vertical, y que yo siempre había interpretado como la postura de alguien acostumbrado a que la gente la mirara aunque no estuviera buscando que la miraran. Llevaba el cabello castaño oscuro similar al mio, pero corto a los hombros, recogido, en una coleta simple que dejaba caer algunos rizos al aire, unos lentes de sol que no necesitaba porque el sol ya no daba fuerte, y una chaqueta que probablemente costaba lo mismo que varios meses de cafetería universitaria y que ella usaba con la misma naturalidad con que yo usaba una sudadera lavada demasiadas veces.

—Saliste tarde —dijo cuando llegué, sin acusación, solo como constatación

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