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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cuando el mundo empezó a mirar

El comunicado no detuvo el ruido. Solo le dio otra forma. En menos de una hora, el nombre de Valeria Montenegro empezó a circular junto al de Damián Ortega en titulares, comentarios y mensajes que parecían escritos por personas que no conocían el peso de una vida real. Algunos la llamaban misteriosa, otros oportunista, otros afortunada. Valeria estaba sentada frente al escritorio, con las manos frías sobre las rodillas, mirando la pantalla sin saber si quería cerrarla o romperla. Había peleado por no ser borrada, pero ahora descubría que existir públicamente también dolía. Damián permanecía cerca de la ventana, en silencio, con el rostro duro y la mandíbula apretada. No intentó quitarle el teléfono. No le pidió que dejara de leer. Y esa contención le costaba tanto que se le notaba en las manos cerradas.

—No diga nada —murmuró Valeria, sin levantar la mirada—. No me diga que no lea, que no mire, que no les dé importancia. No me trate como si fuera una niña que acaba de descubrir que el mundo puede ser cruel. Ya lo sé. Lo que pasa es que una cosa es saberlo y otra muy distinta es ver tu nombre convertido en opinión de gente que no estuvo en mi casa, que no vio a mi madre en una cama de hospital, que no escuchó a mi hermano preguntarme si todavía sigo siendo yo.

Damián se volvió despacio. Sus ojos bajaron al teléfono, luego al rostro de ella. Había algo oscuro en su mirada, una rabia que no estaba dirigida contra Valeria, pero que aun así llenaba la habitación de tensión. —No voy a decirle que no lea. Aunque una parte de mí quiere quitarle eso de las manos y cerrar cada página que la toca. Pero sé que hacerlo sería otra forma de decidir por usted. Solo voy a decirle algo: ninguna de esas personas conoce la verdad completa. Ven una fotografía, un apellido, un rumor, y creen que con eso tienen derecho a construirle un rostro. No les entregue su identidad solo porque gritan más fuerte.

Valeria soltó una risa baja, sin alegría. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. —Qué fácil suena cuando usted lleva toda la vida siendo intocable. A usted pueden odiarlo, temerlo, criticarlo, pero nadie cuestiona si merece estar en una habitación. A mí me están preguntando quién soy como si tuviera que justificar mi existencia antes de casarme con un hombre que ni siquiera elegí amar. Me llaman ambiciosa sin saber que acepté esto con el corazón partido, no con los ojos puestos en su dinero.

El teléfono de Valeria vibró. Era Tomás. Ella contestó de inmediato, con el pecho apretado. La voz de su hermano llegó cargada de rabia contenida. —Ya lo vio mamá. Intenté evitarlo, pero una vecina llegó con el cuento antes que yo pudiera apagar el mundo. Está tranquila, o eso intenta parecer. Me preguntó si tú estabas bien, y no supe qué responderle porque no sé si estás bien, Valeria. No sé cómo se supone que uno responde cuando la ciudad habla de su hermana como si fuera una noticia y no una persona.

Valeria cerró los ojos. La culpa le subió por la garganta. —Dile a mamá que estoy de pie. No le digas que estoy bien si no puedes mentirle, pero dile que sigo de pie. Dile que nadie va a entrar al hospital a hacerle preguntas, que no tiene que explicar nada, que yo voy a cargar con mi nombre aunque tiemble. Y tú, Tomás, por favor, no salgas a pelear con nadie. No le des al mundo una foto tuya furioso para convertir nuestro dolor en otro espectáculo.

Tomás guardó silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonó más baja, más rota. —Odio no poder ir a sacarte de ahí. Odio que ahora hasta defenderte tenga consecuencias. Pero te escucho, Val. No voy a empeorarlo. Solo prométeme que si sientes que te están apagando, me vas a llamar antes de acostumbrarte a la oscuridad.

Valeria apretó el teléfono contra su oído. —Te lo prometo. Y si un día no sé cómo volver a mí, me lo recuerdas aunque duela.

Al cortar, Valeria se quedó inmóvil. Damián no se había acercado. La observaba desde el otro lado del despacho, respetando una distancia que antes no habría entendido. Eso le dolió de una forma extraña, porque ya no sabía si quería que se quedara lejos o si necesitaba que alguien sostuviera el silencio con ella.

—Su hermano me odia —dijo Damián, con voz baja.

Valeria levantó la mirada. —Mi hermano ama lo que usted puso en riesgo. No es lo mismo. Tomás no lo odia por capricho; lo odia porque me vio salir de mi casa con dos maletas y una cara que ninguna hermana debería llevar. Si algún día quiere que deje de odiarlo, no intente ganárselo con dinero ni promesas. Empiece por no darme razones nuevas para quebrarme.

Damián recibió la frase sin apartar los ojos. Luego asintió, despacio. —Eso intentaré. Y no para que él me acepte. Para que usted no tenga que defenderme nunca.

Antes de que Valeria respondiera, el asistente de Damián llamó a la puerta. Traía una tableta en la mano y el rostro tenso. —Señor Ortega, hay otro problema. Alguien filtró el nombre del hospital donde está la señora Amelia.

Valeria sintió que el mundo se inclinaba.

Damián cambió de inmediato. La frialdad volvió a su rostro, pero esta vez no se sintió como amenaza contra ella, sino como un muro levantándose frente a su familia. —Refuercen el perímetro sin hacer ruido. Nada de cámaras, nada de escoltas visibles que asusten a Amelia. Hablen con la administración del hospital y bloqueen accesos no autorizados. Y si un solo reportero intenta acercarse a esa habitación, quiero saber su nombre antes de que respire dos veces.

Valeria se puso de pie. Le temblaban las manos. —Voy al hospital.

Damián la miró.

El viejo impulso apareció en sus ojos: decir no, controlar, decidir.

Pero respiró.

—La acompaño solo si usted quiere.

Valeria sintió que esa frase le golpeaba el pecho.

No era permiso.

Era pregunta.

Y en medio de todo el ruido, esa diferencia se sintió peligrosa.

—Venga —dijo ella—. Pero no como dueño. Como escudo. Y solo mientras yo se lo permita.

Damián asintió.

—Como usted diga.

Valeria tomó su bolso, todavía temblando.

Y mientras salían del despacho, entendió que la guerra ya no estaba dentro de la mansión.

Ahora el mundo entero había encontrado la puerta.

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