Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 24: El santuario de la piel
El trayecto de vuelta al penthouse fue una coreografía de seguridad y silencio tenso. Las camionetas blindadas se movían por las avenidas de Manhattan como sombras protectoras, esquivando cualquier posible amenaza. Susena, sentada junto a Maximiliano en la parte trasera del Rolls-Royce, sentía el peso de la jornada sobre sus hombros, pero la mano firme de Max entrelazada con la suya le recordaba que la batalla ya no era solo de ella. Al llegar al refugio en las nubes, la tensión de la calle se quedó afuera. Cenaron en familia, una escena cargada de una normalidad reconfortante donde Max ayudó a Mateo con un problema de álgebra y escuchó con atención los planes de las niñas para el club de arte. Tras acostar a los niños y asegurar que la tía Martha estuviera cómoda, el silencio se apoderó del penthouse, dejando a los dos adultos solos frente a la inmensidad de la noche neoyorquina.
Susena se retiró a su habitación y se sumergió en un baño de espuma caliente que parecía quitarle mil años de cansancio y miedo de encima. El vapor acariciaba su piel mientras ella, en la intimidad del agua, tocaba su vientre de cuatro meses, sintiendo la vida de Gabriel vibrando con fuerza. Al salir, se envolvió en una bata de seda color perla que Max había dejado para ella. Caminó hacia la terraza privada de la suite principal, donde Maximiliano la esperaba observando las luces de la ciudad. Él se giró al sentirla llegar, y el aire entre ellos se volvió eléctrico, cargado de un deseo que ya no admitía más esperas.
Max se acercó a ella con una lentitud deliberada. Sus manos grandes y seguras se posaron en los hombros de Susena, y con un movimiento suave, deslizó la bata de seda, dejándola caer al suelo. Por primera vez, Maximiliano contempló el cuerpo de Susena en toda su gloria, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba por el cristal. Para él, ella era la perfección absoluta. Recorrió con la mirada cada detalle: sus hombros delicados, la suavidad de su espalda y, sobre todo, la curva hermosa y prominente de su abdomen, donde la vida crecía. Max se arrodilló frente a ella y besó su vientre con una devoción casi religiosa, acariciando esa redondez que para él era el símbolo más puro de la fuerza de Susena. Sus manos subieron luego hacia sus pechos, firmes y sensibles por el embarazo, y Max los rodeó con una ternura que hizo que Susena soltara un gemido ahogado de placer.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, Susena —susurró Max contra su piel, antes de levantarla en sus brazos y llevarla a la inmensa cama.
Allí, bajo el dosel de cristal de Manhattan, se entregaron el uno al otro con una pasión que quemaba. Max recorrió cada centímetro del cuerpo de Susena con sus labios, sin dejar un solo rincón sin explorar. La besó con hambre y con ternura, reconociendo en cada curva el acero y la seda de la mujer que amaba. Cuando finalmente entró en ella, el mundo pareció detenerse. Susena estaba estrecha, su cuerpo reaccionando con una intensidad que la hizo jadear; sintió ese ardor dulce de la intimidad recuperada, de la entrega total. Fue un encuentro maravilloso, donde la estrechez de ella y la fuerza de él se fundieron en un ritmo perfecto de amor y posesión. Max no solo estaba haciendo el amor con ella; estaba sellando un pacto de pertenencia. Cada suspiro, cada caricia y cada movimiento era una promesa de que Nueva York podía arder, pero ellos seguirían siendo uno solo.
La magia no terminó con la noche. Al amanecer, con la ciudad despertando bajo una bruma plateada, volvieron a encontrarse bajo las sábanas de seda. Esta vez fue una danza más lenta, más profunda, saboreando cada segundo de la luz matutina reflejada en sus cuerpos. Max la abrazó por detrás, con sus manos unidas sobre el vientre de ella, recordándole que ahora eran tres en esa cama. Antes de levantarse para enfrentar un nuevo día de poder y negocios, Maximiliano la miró a los ojos con una seriedad inquebrantable.
—Hoy, Nueva York sabrá que no solo eres mi publicista o la mujer que vive en mi casa —dijo Max, mientras se vestía con su traje de rey de la ciudad—. Sabrán que eres mi mujer, Susena. Y que de ahora en adelante, todas mis noches y todos mis amaneceres te pertenecen. No habrá más modelos, no habrá más soledad. Solo nosotros.
Susena se quedó en la cama observándolo, sintiéndose más amada y protegida de lo que jamás imaginó. El hogar de cristal se había roto, pero en el penthouse de la Quinta Avenida, entre besos y promesas de acero, estaba construyendo una fortaleza que nada en Manhattan podría derribar.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.