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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 2 Te quiero para mí
Killa seguía de pie en medio de la plaza destruida. Los escombros de la estatua humeaban a su alrededor. Soldados corrían de un lado a otro, pero él no se movía. Aún sostenía la cinta negra de Nox entre los dedos.
—¿Está bien? —le preguntó un militar al acercarse.
—Sí, lo estoy, imbécil —dijo Killa sin mirarlo.
Guardó la cinta en el bolsillo interior de su chaqueta y se fue caminando hacia el cuartel. Sus botas dejaron huellas en el polvo y la sangre seca de la noche.
Adentro, el aire olía a café quemado y a papel mojado.
Se sentó frente a una mesa larga. No pidió permiso. Nadie se lo exigía.
—Necesito información sobre esa joven —dijo.
El encargado de las cámaras de seguridad levantó la vista de su pantalla. Usaba gafas gruesas y tenía cara de haber dormido poco.
—¿La que no pudo alcanzar? —preguntó con una media sonrisa tonta.
Killa lo miró.
El encargado dejó de sonreír.
—Sí —respondió Killa, despacio, como si estuviera explicando algo a un niño—. Esa misma. Quiero saber quién es.
El chico hacker —tan joven que aún tenía espinillas en la cara— empezó a teclear. Los dedos volaban sobre el teclado. Las pantallas cambiaban de color, de código, de imagen. Hasta que finalmente una carpeta apareció en el monitor principal.
—Aquí tiene —dijo el hacker—. Todo lo que tenemos sobre ella.
Killa se inclinó hacia adelante.
El archivo contenía todos los vídeos sobre Nox. Las misiones rebeldes en las que participó. Los atentados. Las fugas. Los interrogatorios fallidos. Y al final, una fotografía fija, pixelada pero clara: su rostro, con la leyenda ROJA debajo.
LA REBELDE MÁS BUSCADA DE TODAS.
Killa la miró en silencio.
La imagen de Nox ocupaba ahora la pantalla gigante frente a él. Sus ojos oscuros. Su boca apretada, como si nunca pidiera ayuda. El pelo revuelto por el viento de alguna explosión.
—Es realmente magnífica —dijo por fin.
No lo dijo con sarcasmo. Lo dijo como quien descubre una obra de arte en un vertedero.
En ese momento entró otro militar. Más joven. Más tonto. Se quedó mirando la pantalla y soltó:
—Es bonita.
Killa no se giró a verlo. Sus ojos seguían clavados en Nox.
—Sí —respondió, y su voz cambió ligeramente, como si se permitiera un segundo de honestidad—. Es realmente mi tipo. Me gusta mucho.
El joven militar sonrió, confundiendo la confesión con una broma.
Pero Killa no bromeaba.
Apoyó los codos en la mesa, juntó las manos y suspiró. El siguiente sonido fue frío, casi mecánico:
—Es una lástima que esté bajo el protocolo ejecutar… Tener que matar una cara tan bonita.
Hizo una pausa.
Sonrió.
Pero sus ojos no cambiaron.
—Pero trabajo es trabajo —dijo.
Nadie en la sala dijo nada más.
Nadie se atrevió a preguntarle por qué, entonces, seguía mirando la foto de Nox como si quisiera guardarla debajo de la piel.
Escena – Mientras tanto
Nox
Seguíamos corriendo.
Las calles eran un laberinto de sombras y muros rotos. Ko no soltaba mi mano. Sus dedos apretaban los míos con una fuerza que dolía, pero no dije nada. No podía parar. Atrás quedaban las sirenas, los gritos, la mirada de Killa clavándose en mi nuca como un cuchillo.
Doblamos una esquina. Luego otra. Luego otra.
Finalmente, Ko se detuvo en seco. Me soltó la mano y se apoyó en una pared, jadeando.
—Creo… creo que los perdimos —dijo entre resuellos.
Yo asentí sin hablar. Mi pecho ardía. Las piernas me temblaban. Pero no podíamos quedarnos ahí. En cualquier momento aparecerían más militares, o un retén, o un vecino que nos delatara por miedo.
Y entonces los vi.
Unos faros parpadearon tres veces al final de la calle.
Ko silbó dos veces, corto.
Una camioneta negra, sin placas, encendió las luces intermitentes. Era la señal. Los rebeldes habían venido a buscarnos.
Antes de subir, me giré hacia Ko. Apenas lo veía en la oscuridad, solo el brillo sudoroso de su frente y sus ojos verdes fijos en mí.
—Gracias —le dije.
No fue un gracias cualquiera. Fue un gracias por no dejarme atrás. Por darle el golpe a Killa. Por seguir corriendo a mi lado cuando cualquier otro se habría separado.
Ko me miró un segundo. Luego negó con la cabeza, como si mis palabras le molestaran.
—No es nada —dijo—. Eres mi mujer.
El aire se cortó.
Parpadeé.
—No soy tu mujer —respondí.
Fue un error. Lo supe en el segundo exacto en que las palabras salieron de mi boca. Porque Ko no era como los otros rebeldes. Ko no aceptaba un no. Ko no aceptaba ni un segundo de duda.
No vi el golpe venir.
Su puño impactó contra mi pómulo izquierdo. El hueso crujió. Un dolor blanco, caliente, me recorrió toda la cara. Caí de rodillas sobre el asfalto roto. La sangre me llenó la boca. El sabor a hierro y a humillación.
Ko se agachó frente a mí. No me ayudó a levantarme. Solo me miró desde arriba, con la misma frialdad con la que habría mirado a un perro que se orinó dentro de casa.
—¿Quién te da de comer? —preguntó, lentamente, como si cada palabra fuera un clavo—. Dime, perra. ¿Quién te da para los medicamentos de tu maldita hermana?
Las lágrimas me quemaron los ojos.
No quería llorar. Las lágrimas eran un lujo que no podía permitirme. Pero mi cuerpo me traicionó. Una gota caliente cayó sobre el polvo. Luego otra. Luego un hilo silencioso que recorrió mi mejilla amoratada.
—Tú —susurré.
Mi voz apenas existía.
—¿Tú quién? —insistió él.
—Tú, Ko. Tú me das de comer. Tú pagas los medicamentos de mi hermana. Tú.
Asintió, satisfecho.
Pero no se levantó. Todavía no.
—Entonces, ¿de quién demonios eres?
La pregunta colgó en el aire como un cuchillo.
Cerré los ojos. Pensé en mi hermana, en su cama de hospital, en su respiración débil. Pensé en los frascos de medicinas que Ko conseguía por canales que no quería imaginar. Pensé en que sin él, ella moriría. Pensé en que sin él, yo ya estaría muerta.
Abrí los ojos.
Lo miré fijamente.
—Tuya —dije.
No fue una declaración de amor. Fue una sentencia de condena.
Ko sonrió. Una sonrisa ancha, blanca, tan diferente a la sonrisa helada de Killa. La de Ko era cálida. Y eso la hacía más peligrosa. Porque el mal que sonríe con cariño nunca te deja escapar.
Me levantó de un tirón, casi arrancándome el brazo. Me limpió la sangre del labio con el pulgar, igual que se limpia una mancha sin importancia.
—Buena chica —dijo—. Ahora sube.
Subí a la camioneta.
Las puertas traseras se cerraron con un golpe seco. Adentro ya había otros rebeldes. Tres hombres encapuchados y una mujer con un parche en el ojo. Nadie preguntó por mi mejilla hinchada. Nadie preguntó por qué Ko me tenía agarrada del brazo como si fuera suya.
Porque lo era.
El motor rugió. La camioneta empezó a moverse. Nos llevaban a los refugios escondidos, esos lugares que la dictadura nunca había podido encontrar. Lugares donde se planeaban atentados. Donde se curaban heridas. Donde se lloraba a los muertos y se juraba venganza.
Apoyé la frente contra el vidrio empañado.
El paisaje nocturno pasaba borroso. Farolas muertas. Perros callejeros. Carteles del dictador sonriendo desde todas las paredes.
Cerré los ojos.
Y aunque no quería, aunque me daba asco admitirlo, una sola imagen se quedó grabada en mi cabeza:
No era Ko con su golpe.
Era Killa levantándose del suelo, sonriendo, diciendo "quiero a esa joven".
Dos hombres.
Dos formas distintas de poseerme.
Y yo, atrapada en el medio, preguntándome cuál de los dos me destruiría primero.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...