Antes de que todo ardiera…
hubo un amor que nunca debió existir.
Un ser dividido entre la luz y la oscuridad.
Un alma incapaz de elegir entre lo que era… y lo que sentía.
Y en medio de todo… Nyra.
Ella no pertenecía a ese mundo.
Pero fue el error que lo cambió todo.
Lo que comenzó como una conexión imposible…
se convirtió en obsesión.
En traición.
En una herida que nunca dejó de sangrar.
Porque cuando llegó el momento de elegir…
alguien lo perdió todo.
Y años después…
el pasado no volvió para sanar.
Volvió para destruir.
Esta no es una historia de amor.
Es el origen de una guerra.
Del enemigo que nació del dolor…
y de la única persona capaz de detenerlo.
O de terminar de romperlo todo.
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Capitulo 1
El problema no era el primer día de preparatoria.
Era que nada en mi vida…
había sido normal.
Ni lo iba a ser.
No cuando tu mejor amigo es un vampiro.
Y tú…
ni siquiera eres completamente humano.
Apoyé los codos en la ventana, dejando que la luz del amanecer bañara mi rostro. El cielo se teñía de dorado, suave, tranquilo… casi perfecto.
Siempre me había gustado ese momento.
La calma antes de que todo empezara.
Tal vez era porque mi madre era un ángel.
Tal vez porque una parte de mí siempre buscaba la luz.
O tal vez…
porque aún no conocía la oscuridad que me esperaba.
—Hijo… ¿viste a la nueva vecina que llegó anoche?
La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos.
Giré apenas el rostro, apoyando la cabeza contra el marco de la ventana.
—No, mamá… estaba hablando con Federico. Ya sabes cómo somos… cuando empezamos, el tiempo desaparece.
Y era verdad.
Federico y yo no éramos solo amigos.
Éramos historia.
Kínder.
Primaria.
Secundaria.
Peleas. Risas. Secretos.
Siempre juntos.
Inseparables.
O al menos… eso creía.
—Me imaginé —respondió mi madre con una sonrisa suave—. Pero baja, vamos a desayunar. Tu padre ya debe estar esperando.
Solté un suspiro y me aparté de la ventana.
—Ya voy…
Di un paso hacia la puerta—
y se materializó frente a mí.
—Escuché que hablaban de mí.
Retrocedí de golpe.
—¡Papá!
Mi corazón se aceleró mientras él soltaba una risa baja, claramente divertido.
—Cariño… —mi madre cruzó los brazos—. ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas eso?
—Lo siento, amor —respondió él, acercándose para besar su frente—. Ya sabes cómo soy cuando escucho tu voz… o la del pequeño.
Rodé los ojos.
—Papá… ya no soy ese “pequeño”.
—Lo sé —dijo, mirándome fijamente—. Pero para mí siempre lo serás.
Y por un segundo… todo fue normal.
Cálido.
Seguro.
Como si nada pudiera alcanzarnos ahí.
Como si el mundo… no existiera fuera de esa casa.
—A desayunar —interrumpió mi madre—. Alguien va a llegar tarde en su primer día.
—Eso dolió.
Bajamos juntos.
El aroma del café y el pan caliente llenaba el aire.
Normal.
Todo parecía… demasiado normal.
—Papá —dije, tomando mi mochila—, ¿me prestas la moto?
—¿Cuál? —preguntó, alzando una ceja.
Sonreí.
—Ya sabes cuál.
Soltó una pequeña risa antes de lanzarme las llaves.
—Cuídala.
Las atrapé sin esfuerzo.
—Siempre.
—Hijo… —la voz de mi madre cambió—. No olvides que hoy vamos al hospital.
Asentí.
—Lo sé. Me gusta ayudar.
Y era verdad.
Había algo dentro de mí…
algo que me empujaba a sanar.
a cuidar.
a proteger.
Algo que definitivamente no venía del lado de mi padre.
—Tienes más de ángel que de mí —murmuró él.
Sonreí de lado.
—Y no me quejo.
—Yo tampoco… mientras seas feliz.
Esa frase.
Siempre había algo detrás de ella.
Algo que no decía.
—Ya es hora —interrumpió mi madre—. Y recuerda…
Su mirada se volvió seria.
—Controla tus poderes.
Ahí estaba.
La parte que nunca era normal.
Tomé aire.
—Lo haré.
—Y toma —añadió, dándome el casco—. No olvides esto.
—Sí, mamá.
Caminé hacia la puerta.
Pero antes de salir—
—Federico Gabriel Junior…
Me detuve.
—No se te ocurra volar.
Sonreí sin girarme.
—Todo estará bien.
Abrí la puerta.
El aire frío golpeó mi rostro.
Y algo en mi pecho… cambió.
Como si el día no fuera a ser como los demás.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
Apreté las llaves de la moto.
—El día que me enamore…
Mi voz fue apenas un susurro.
—Voy a luchar por ella.
No sabía…
que esas palabras
no eran una promesa.
Eran una condena.
El rugido del motor rompió el silencio de la mañana mientras avanzaba por las calles aún medio vacías.
El viento chocaba contra mi cuerpo, frío, constante… casi agresivo.
Pero me gustaba.
Porque por unos segundos…
todo desaparecía.
Las expectativas.
Las preguntas.
Los secretos.
Y lo que realmente era.
Aceleré un poco más.
No lo suficiente para llamar la atención…
pero sí lo suficiente para sentir que tenía el control.
Aunque en el fondo sabía que era mentira.
Porque había cosas en mí…
que nunca estaban bajo control.
El semáforo cambió a rojo y frené con suavidad. Apoyé un pie en el suelo, dejando que el motor siguiera vibrando bajo mí.
Miré al frente… pero no veía realmente la calle.
Mi mente estaba en otra parte.
En la advertencia de mi madre.
En la mirada de mi padre.
En ese “mientras seas feliz”…
que nunca sonaba tan simple como debería.
Fruncí el ceño.
—Hoy va a ser un día normal… —murmuré, más para convencerme que por convicción.
Pero algo en mi pecho…
no estuvo de acuerdo.
El semáforo cambió.
Arranqué.
Y minutos después, la preparatoria apareció frente a mí.
Grande.
Imponente.
Llena de gente.
Demasiada gente.
Suspiré lentamente mientras reducía la velocidad.
—Perfecto…
Estacioné la moto en uno de los lugares laterales. Apagué el motor y, por un segundo, todo volvió a quedar en silencio.
Un silencio extraño.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Me quité el casco, pasando una mano por mi cabello para acomodarlo sin demasiado esfuerzo.
Y entonces…
Lo sentí.
No fue un sonido.
No fue una voz.
Fue… una presencia.
Oscura.
Familiar.
Sonreí sin girarme.
—Llegas tarde.
—Y tú sigues siendo aburrido.
Su voz apareció justo detrás de mí.
Me giré lentamente…
y ahí estaba.
Federico.
Apoyado contra un auto como si el mundo le perteneciera. Camisa negra, postura relajada, mirada intensa.
Pero lo que llamaba la atención no era eso.
Era la sensación que lo rodeaba.
Una que la mayoría no podía notar…
pero que yo sí.
La forma en la que evitaba la luz directa.
La tensión casi imperceptible en su mandíbula.
El brillo rojizo que cruzaba sus ojos por apenas un segundo…
Un depredador contenido.
Un vampiro.
Mi mejor amigo.
—No llegué tarde —respondí—. Solo no tengo prisa por entrar.
Se separó del auto y caminó hacia mí con esa seguridad que siempre había tenido.
—Mentira —dijo—. Estabas pensando demasiado. Otra vez.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Y alguien tiene que disfrutar la vida.
Me dio un golpe leve en el hombro.
Un gesto normal.
Pero había algo en él…
que no se sentía igual.
Rodé los ojos.
—Nunca cambias.
—Eso espero.
Nos miramos.
Y por un segundo…
algo no encajó.
Una pausa mínima.
Un silencio que no debería haber estado ahí.
—¿Dormiste bien? —pregunté.
Su sonrisa no desapareció…
pero se tensó apenas.
—Perfecto.
Mentía.
Lo supe al instante.
Pero no lo confronté.
Aún no.
—Vamos —dijo después—. No quiero perderme el primer día.
Sonrió levemente.
—Quién sabe qué sorpresas nos esperan.
Si hubiera sabido…
ninguno de los dos habría entrado.
Caminamos juntos hacia la entrada.
Las miradas no tardaron en caer sobre nosotros.
Siempre pasaba.
Algunas curiosas.
Otras interesadas.
Otras… incómodas.
La gente no entendía qué era…
pero lo sentía.
Que había algo diferente.
Algo que no encajaba.
—Míralos —murmuró Federico—. Humanos…
—Baja la voz.
—Relájate —respondió—. No voy a morder a nadie… todavía.
—No es gracioso.
—Para mí sí.
Negué con la cabeza.
Pero antes de decir algo más…
pasó.
No hubo advertencia.
No hubo señal.
Solo…
impacto.
Como si algo invisible me golpeara directamente en el pecho.
Me detuve en seco.
Mi respiración se cortó por un segundo.
—¿Qué pasa? —preguntó Federico.
Pero no respondí.
No podía.
Porque en ese instante…
la vi.
El mundo a mi alrededor se volvió ruido.
Lejano.
Distorsionado.
Irrelevante.
Todo desapareció.
Excepto ella.
Caminaba entre la gente sin notar nada. Como si no tuviera idea del efecto que causaba.
Su cabello se movía suavemente con el viento.
Su mirada era tranquila.
Su expresión… demasiado pura para ese lugar.
Pero no fue eso lo que me atrapó.
Fue algo más.
Algo que no podía explicar.
Algo que no tenía lógica.
Algo dentro de mí… reaccionó.
Como si mi propia naturaleza despertara.
Como si la luz y la oscuridad en mi interior…
por primera vez…
estuvieran de acuerdo en algo.
—¿La sientes…? —la voz de Federico cambió.
Eso me hizo reaccionar.
Giré hacia él.
Y por primera vez en años…
lo vi sorprendido.
Tenso.
Sus ojos estaban clavados en ella.
—Sí… —respondí en voz baja.
Pero no era lo mismo.
Yo sentía calma.
Atracción.
Algo que… se sentía correcto.
Él no.
En su mirada había algo más profundo.
Más oscuro.
Más peligroso.
—Interesante… —murmuró.
—Federico…
Pero ya no me escuchaba.
Y en ese instante…
lo entendí.
Algo dentro de él…
ya había tomado una decisión.
Y eso…
no me gustó nada.
Sentí un vacío en el pecho.
Un mal presentimiento.
Como si algo invisible…
acabara de quebrarse entre nosotros.
Y apenas estaba empezando.
Ella levantó la mirada.
Y nuestros ojos se encontraron.
Un segundo.
Eso fue todo.
Pero fue suficiente.
Porque en ese instante…
lo supe.
Nada volvería a ser igual.
Ni para mí.
Ni para él.
Ni para ella.
No sé cuánto tiempo pasó desde que nuestras miradas se cruzaron.
Un segundo.
Tal vez dos.
Pero fue suficiente.
Porque algo dentro de mí…
ya no estaba en su lugar.
Ella fue la primera en apartar la mirada.
Parpadeó, como si algo la hubiera desconcertado…
como si también lo hubiera sentido.
Como si no hubiera sido el único.
—Vaya… —murmuró Federico a mi lado—. Esto se pone interesante.
Su voz me devolvió al presente.
Pero no del todo.
Porque una parte de mí…
seguía con ella.
Giré ligeramente hacia él, sin perderla completamente de vista.
—No empieces.
—¿Empezar qué? —respondió con una sonrisa ladeada—. Solo estoy mirando.
Mentía.
Federico no miraba.
Federico elegía.
Tomaba.
Reclamaba.
Y en ese momento…
supe exactamente lo que estaba pensando.
—Ni se te ocurra —dije en voz baja.
Soltó una risa suave.
—¿Desde cuándo das órdenes?
—Desde que sé cómo terminas las cosas.
Sus ojos brillaron apenas.
Un destello oscuro.
—Eso dolió.
—No era la intención… pero si funciona, mejor.
El aire entre nosotros cambió.
No fue algo evidente.
Nadie más lo habría notado.
Pero estaba ahí.
Una tensión nueva.
Inestable.
Peligrosa.
Antes de que pudiera decir algo más…
la vi moverse.
Ella.
Caminando directamente hacia nosotros.
Mi pulso se aceleró sin permiso.
No tenía sentido.
No la conocía.
Pero mi cuerpo…
ya había tomado una decisión por mí.
—Bueno… —susurró Federico—. Parece que el destino se cansó de esperar.
—Cállate.
Pero ya era tarde.
Se detuvo frente a nosotros.
Más cerca…
era peor.
No de una forma exagerada.
No llamativa.
Era algo más sutil.
Más real.
Como si no perteneciera a ese lugar.
Como si todo a su alrededor…
fuera menos importante cuando ella estaba cerca.
—Hola… —dijo, con una sonrisa ligera, apenas nerviosa—. ¿Saben dónde está la dirección?
Su voz…
No era perfecta.
Era mejor.
Era real.
Tragué saliva antes de responder.
—Sí… claro —dije, señalando el edificio principal—. Es por ahí, segundo piso.
—Gracias.
Nos miró a ambos.
Primero a mí.
Luego a Federico.
Y por un instante…
algo cambió en su expresión.
Confusión.
Incomodidad.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Y yo sabía por qué.
—Soy nueva… —añadió, como si necesitara llenar el silencio.
—Se nota —respondió Federico.
Sonrió.
Para cualquiera…
habría sido encantador.
Para mí…
fue una advertencia.
—¿Tu nombre? —preguntó él.
Directo.
Seguro.
Como siempre.
Ella dudó apenas.
—Nyra.
El nombre cayó entre nosotros como algo inevitable.
Y por alguna razón…
sentí que encajaba demasiado bien.
Como si ya la hubiera escuchado antes.
Como si siempre hubiera estado ahí…
esperando.
—Bonito nombre —dije, sin pensar demasiado.
Ella me miró.
Y sonrió.
Y en ese instante…
algo dentro de mí se rompió.
O tal vez…
algo comenzó.
—Yo soy—
—Federico —interrumpió él, extendiendo la mano—. Y él es Gabriel.
Lo miré.
No me gustó eso.
No me gustó que tomara el control.
No me gustó cómo la miraba.
Pero no dije nada.
Aún no.
Nyra dudó un segundo antes de tomar su mano.
Y cuando lo hizo…
todo cambió.
Federico se quedó completamente quieto.
Solo un segundo.
Pero yo lo vi.
Lo sentí.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Como si algo en su interior…
hubiera reaccionado de forma equivocada.
De forma peligrosa.
Nyra soltó su mano rápido.
—Un gusto…
—El gusto es mío —respondió él.
Pero su voz…
ya no era la misma.
Había algo ahí.
Algo más profundo.
Más oscuro.
—Bueno… debo irme —dijo ella.
—Te acompaño —solté sin pensarlo.
Silencio.
Federico giró lentamente hacia mí.
—¿En serio?
—Sí.
Sostuve su mirada.
—No es problema, ¿verdad?
Sonreí apenas.
No era una sonrisa amable.
Era un desafío.
Pequeño.
Pero claro.
Por primera vez…
no estábamos del mismo lado.
Federico sostuvo mi mirada unos segundos.
Y luego sonrió.
Pero no era su sonrisa habitual.
Era fría.
—Para nada —dijo—. Adelante.
Pero en su mirada…
había una promesa.
Una que no me gustó nada.
—Vamos —le dije a Nyra.
Ella asintió.
Y empezamos a caminar.
Podía sentirlo.
La mirada de Federico en mi espalda.
Pesada.
Oscura.
Como una advertencia.
—Gracias… otra vez —dijo Nyra.
—No hay problema.
Silencio.
Pero no incómodo.
Diferente.
—¿Siempre son así? —preguntó de pronto.
—¿Así cómo?
—Intensos.
Solté una pequeña risa.
—Solo cuando algo nos interesa.
—¿Y qué te interesa?
La miré.
Directamente.
—Tú.
Se detuvo.
Su respiración cambió apenas.
Un segundo.
Luego siguió caminando.
Pero su sonrisa…
ya no era la misma.
—Eso fue directo.
—No me gusta perder el tiempo.
—Eso puede ser peligroso.
—Depende con quién.
Llegamos a las escaleras.
Pero antes de subir…
lo sentí.
Giré.
Y ahí estaba.
Federico.
Observándonos desde la distancia.
Inmóvil.
Sus ojos…
ya no tenían nada de ligero.
Nada de divertido.
Solo oscuridad.
Pura.
Y en ese momento…
lo entendí.
Esto ya no era curiosidad.
No era coincidencia.
No era algo pasajero.
Era el inicio de algo mucho más grande.
Mucho más peligroso.
Y en el fondo…
supe la verdad.
No solo yo me había enamorado en ese instante.
Él también.
Y eso…
no nos iba a unir.
Nos iba a destruir.