Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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19
La mansión Petrov respiraba una quietud tóxica esa noche. Ivan se había recluido en su despacho, su "cueva" de sombras, tratando de ahogar con vodka el pensamiento de Luna riendo con el diplomático francés. Igor, siempre vigilante, patrullaba los pasillos con el ceño fruncido, sintiendo que la tensión en la casa estaba a punto de estallar.
Mila estaba en su recámara, rodeada de sus cojines rosas y sus libros de español, tratando de ignorar la presencia de Sonia. La modelo, sintiendo que su posición de "reina de la mansión" peligraba por el evidente desprecio de la familia, decidió que esa noche obligaría a la heredera Petrov a aceptarla.
Sonia entró en la habitación de Mila sin llamar. La rubia ni siquiera levantó la vista de su cuaderno.
—¿Qué quieres, Sonia? —preguntó Mila en un español perfecto, marcando una distancia que la modelo no pudo soportar.
—Quiero que dejes de actuar como una niña mimada —espetó Sonia, su voz aguda rompiendo la paz del santuario de Mila—. Tu hermano me trajo aquí porque necesita a una mujer de verdad, no a una mocosa que juega a las casitas con una maestra de segunda.
Mila se tensó.
—Luna no es una maestra de segunda. Es mi familia. Algo que tú nunca serás.
Sonia soltó una risotada cruel. Se acercó al tocador de Mila y tomó un pequeño portarretratos donde aparecía una foto vieja de los padres de los Petrov con una Mila de ocho años.
—¿Familia? ¿Esto? Tus padres están muertos, Mila. Y tu hermano solo te aguanta por lástima, por eso llena esta casa de gente como esa mexicana, para no tener que lidiar contigo. Eres una carga, una sombra del pasado que le impide ser feliz conmigo.
Sonia dejó caer el portarretratos al suelo. El cristal se hizo añicos sobre la alfombra, justo encima de la imagen de la madre de Mila. Fue un golpe bajo, directo al corazón de la herida que nunca cerraba. Mila, la chica que siempre tenía una sonrisa rosa para el mundo, se quebró. Se quedó mirando los cristales rotos mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas en un silencio desgarrador.
—Lárgate —susurró Mila, con la voz rota.
Sonia, satisfecha por haber demostrado su "poder", salió de la habitación con una sonrisa triunfal. No sabía que acababa de firmar su sentencia de muerte social y física en esa casa.
Apenas unos minutos después, Luna regresó de su cena. Venía radiante, pero su instinto de "madre" se activó al cruzar el pasillo de las habitaciones. No escuchó música, no escuchó risas. Escuchó un sollozo ahogado.
Luna entró en el cuarto de Mila y vio la escena: la foto destruida y a su "hija" de alma hecha un ovillo en la cama. El carácter de los mil infiernos de Luna no se encendió; se convirtió en un fuego frío y letal. Se acercó, abrazó a Mila con una fuerza protectora y escuchó la historia.
—No llores más, mi niña —susurró Luna, y sus ojos de hechicera brillaron con una oscuridad que habría asustado al mismísimo Ivan—. Esa mujer no sabe con quién se metió. En mi país decimos que el que siembra vientos, cosecha tempestades. Y yo soy un huracán.
Luna se puso de pie, limpiándose una lágrima del rostro a Mila. Caminó hacia la puerta con una elegancia depredadora. No fue a buscar a Ivan. Fue directamente a la sala donde Sonia bebía una copa de vino, creyéndose la dueña del lugar.
Igor, que lo había visto todo por las cámaras, se cruzó de brazos en el pasillo, mirando a Luna pasar.
—¿Necesitas ayuda, Luna? —preguntó él con un sarcasmo helado.
—No, Igor. Quédate en la puerta. No quiero que el oso interrumpa cuando le enseñe a esta "muñeca" lo que pasa cuando tocas a un Petrov... o a un mexicano.