Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Rebecca 2
Rebecca salió de la oficina con pasos más firmes de lo que realmente se sentía por dentro.
El pasillo se extendía largo y silencioso, con paredes claras y cuadros sencillos, nada ostentoso. Era una casa grande, sí… pero no lujosa. Todo estaba cuidado, limpio, digno… pero sin el brillo de una verdadera fortuna. Era el tipo de hogar que existía gracias a alguien más, no por derecho propio.
[Por él.. por Lord Sallow]
Cada paso que daba le confirmaba lo que ya sabía: ese lugar no era un hogar construido por amor… era un lugar sostenido por conveniencia.
Bajó las escaleras lentamente, dejando que sus dedos rozaran la baranda de madera. Podía sentir los recuerdos de Rebecca.. de la otra Rebecca.. acomodándose en su mente con cada rincón que reconocía.
Y entonces la vio.
Sentada junto a la mesa, cerca de la ventana, su madre bordaba con paciencia. La luz de la tarde iluminaba su rostro cansado pero sereno, concentrado en cada puntada como si en ese acto encontrara paz.
Por un instante… Rebecca se detuvo.
Había amor ahí.
Un amor torpe, resignado… pero real.
—Rebecca —dijo su madre sin levantar la vista—. Despertaste.
Su voz era suave.
Familiar.
Rebecca se acercó, observándola con más detenimiento. Aquella mujer había soportado demasiado… y aun así, seguía justificándolo todo.
—Sí —respondió ella con calma.
Se sentó frente a la mesa, apoyando las manos sobre la superficie de madera. Su madre levantó la vista entonces, esbozando una leve sonrisa.
—Mañana vendrá —dijo, como si fuera una buena noticia—. Tu… padre vendrá a visitarnos.
Hubo un pequeño silencio.
Rebecca asintió.
No mostró emoción.
No ilusión.
Nada.
—Entiendo.
Su madre pareció notar algo extraño en su tono, pero no dijo nada al respecto.
Rebecca inclinó ligeramente la cabeza, como si pensara sus siguientes palabras con cuidado.
—¿Crees… que podría hablar con Lord Sallow?
La aguja se detuvo en seco.
El hilo quedó suspendido en el aire.
Su madre la miró, claramente sorprendida.
—¿Lord Sallow? ¿Por qué lo llamas así? Siempre le has dicho padre.
Rebecca sostuvo su mirada.
Tranquila.
Demasiado tranquila.
—Porque no recuerdo que haya sido mi padre.
Las palabras cayeron con una suavidad inquietante.
No había rabia en su voz.
Solo… verdad.
Su madre parpadeó, confundida.
—Rebecca…
Pero ella continuó, sin alzar la voz.
—Me dio su apellido.. Nos dio esta casa. Dinero para vivir.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero no recuerdo… que haya estado.
El aire en la habitación cambió.
Se volvió más tenso.
Más pesado.
—Eso no es justo.. Sabes que su posición es complicada. No puede venir cuando quiere. Tiene responsabilidades, una reputación que mantener…
Rebecca negó suavemente.
—Siempre está pendiente —insistió su madre, con un tono que sonaba más a repetición que a convicción
—Nos cuida, Rebecca. Esta casa… todo esto… es gracias a él.
Rebecca la miró en silencio unos segundos.
Y luego… negó otra vez.
—No es algo exclusivo.
Su madre se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
Rebecca apoyó la espalda en la silla, cruzando las manos sobre su regazo con una calma casi desconcertante.
—Lo mismo hizo con la tercera familia.
El silencio se rompió por completo.
—¿Qué estás diciendo? —la voz de su madre tembló, entre incredulidad y enojo.
Rebecca la sostuvo con la mirada.
—La que vive cerca de la salida del pueblo.
Cada palabra era clara.
Precisa.
Inevitable.
—Lord Sallow tiene tres familias.
El rostro de su madre palideció.
—Rebecca, basta..
—Pero una sola esposa.. Y una sola hija que vive con él.
Ahí fue cuando ocurrió.
La furia.
Su madre se puso de pie de golpe, la silla arrastrándose bruscamente contra el suelo.
—¡Eso es suficiente! ¡No permitiré que hables así de él!
Su respiración era agitada.
Sus manos temblaban.
—No entiendes lo difícil que es para él.. ¡No sabes lo que ha tenido que sacrificar! ¡Aun así nos protege, nos mantiene, no nos abandona!
Rebecca la observó.
En silencio.
Sin interrumpirla.
Sin reaccionar.
Era como ver a alguien aferrándose a una ilusión que se desmoronaba.
Y cuando su madre terminó… esperando quizás una disculpa, una retractación…
Rebecca simplemente apartó la mirada.
Como si ya no valiera la pena discutir.
Tomó un vaso de agua de la mesa, bebió un pequeño sorbo y se levantó con calma.
La ignoró.
No con crueldad.
Sino con decisión.
Porque ya lo había entendido.
No podía cambiar la mente de su madre.
No hoy.
Quizás nunca.
Pero eso no importaba.
Porque esta vez… no iba a vivir para complacer a nadie.
Y mucho menos… a un hombre que nunca fue su padre.
Esa noche, Rebecca no durmió de inmediato.
Sentada en el borde de su cama, con las manos entrelazadas sobre su regazo, dejó que la quietud de la habitación la envolviera. La conversación con su madre seguía resonando en su mente… pero no con culpa.
Con claridad.
Había sido dura.
Lo sabía.
Pero también había sido honesta.
Y, por primera vez en mucho tiempo… eso se sentía mejor que callar.
Aun así, no era una tonta.
Su mirada se deslizó hacia la ventana, donde la luna comenzaba a alzarse lentamente sobre el cielo oscuro.
—No puedo hacerlo sola… —murmuró en voz baja.
No todavía.
Por más que rechazara el vínculo emocional con Lord Sallow, la realidad era otra.. él tenía poder. Influencia. Un nombre que abría puertas que, para alguien como ella, permanecerían cerradas.
La academia.
Las imágenes volvieron a su mente.
Los pasillos amplios, los estudiantes elegantes, los libros, el conocimiento… y también los errores que había cometido.
Esta vez sería distinto.
Se puso de pie lentamente y comenzó a caminar por la habitación.
—Él apoyó a su hija.. la legítima.
Recordaba perfectamente esa parte.
La había visto.
Había invertido recursos, contactos… incluso había hecho recomendaciones para asegurar su ingreso. No era solo dinero.. era reconocimiento.
Rebecca se detuvo.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Entonces… puede hacerlo otra vez.
No era ingenuidad.
Era cálculo.
Quizás no por amor.
Quizás no por orgullo.
Pero sí por conveniencia.
Porque tener otra hija bien posicionada… no era algo que un hombre como él despreciaría del todo.
Sus ojos se afilaron con determinación.
—No necesito que crea en mí.. Solo necesito que me dé la oportunidad.
Esa era la diferencia.
Antes, Rebecca había vivido esperando aprobación.
Había querido ser elegida.
Había querido ser suficiente.
Ahora… no.
Ahora entendía algo mucho más importante.. Las oportunidades no siempre vienen de quienes te aman.
A veces vienen de quienes solo te consideran útil.
Y eso… también podía aprovecharse.
"sacrificó" su hombría usándola en 3...