A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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las horas. Continuacion
—¿Cómo está? —preguntó Adela otra vez, apenas un hilo de voz.
Marta se acomodó a su lado, como si su cuerpo fuera un ancla.
—Adela… están trabajando. Eso es lo que importa ahora.
Adela negó con la cabeza, desesperada.
—Pero yo soy enfermera… yo sé lo que significa cuando… cuando no dicen nada.
Marta apretó su mano.
—No lo estás viendo como enfermera. Lo estás viviendo como mamá. Y como mamá, tu mente quiere el peor final.
Adela tragó saliva.
—Yo lo vi entrar… lo vi… —sus ojos se clavaron en la puerta del quirófano—. Yo vi su mirada apagarse.
Marta la miró con dureza amorosa.
—No digas “apagarse”. No todavía. No con tu boca.
Adela se quedó inmóvil. Como si la orden le hubiera dado un segundo de aire.
Entonces llegó un médico—uno de los que Adela conocía bien. No era un desconocido: era su compañero de trabajo, el que compartía guardias, el que a veces bromeaba para que el turno no te comiera viva.
Se acercó con cara seria.
—Adela… ¿cómo estás?
Adela intentó responder “bien”, pero no le salió.
—Dime… decime la verdad —pidió—. ¿Cómo está Jorgue?
El médico bajó la mirada, como si buscará palabras en el piso.
—Estamos haciendo todo lo que corresponde —dijo al final, y esa frase, tan clínica, sonó como una mentira piadosa.
Adela se levantó de golpe. Marta la sostuvo por el codo.
—No me digas “todo lo que corresponde”. Dime “va a salir” o dime “no va a salir”. Pero no me tengas aqui…
El médico respiró hondo.
—Adela… no es el momento de… de dramatizar.
Adela se rió, pero fue una risa rota.
—¿Dramatizar? ¡Mi hijo está adentro!
Marta, más calmada, intervino:
—Doctor, por favor. Ella está alterada.
El médico asintió, y por un segundo pareció arrepentirse de su propia frialdad.
—Vamos a esperar. Ya falta poco.
Adela volvió a sentarse. Pero no era una sentada: era una caída lenta.
El teléfono volvió a vibrar. Marta miró la pantalla.
—Estefanía —dijo.
Adela levantó la vista de inmediato, como si esa voz fuera oxígeno.
Marta contestó con el manos libres.
—¿Adela? —preguntó Estefanía, sin saludo. Su voz venía temblorosa—. ¿Cómo está?
Adela intentó hablar. No pudo. Solo respiró con dificultad.
Marta tomó el control, pero igual le temblaba la voz.
—Está en quirófano. Estamos esperando que salga el doctor.
Del otro lado, Estefanía soltó un sollozo.
—Yo… yo debí haberte obligado a tomarlo en serio antes. Yo debí sacarlo de tu vida cuando todavía… cuando todavía era tiempo.
Adela cerró los ojos. La culpa la estaba empujando desde adentro como si quisiera hacerla desaparecer.
—No fue tu culpa —dijo Marta, firme.
Estefanía negó, como si no pudiera perdonarse.
—Sí lo fue. Yo vi señales. Yo te dije que lo hagas, que lo límites, que no lo dejes entrar otra vez. Y ustedes… ustedes siguieron creyendo en “después”. En “va a cambiar”.
Adela habló por fin, con un hilo de voz:
—Yo… yo pensé que podía.
Estefanía respiró fuerte.
—Adela, escuchame. No te culpes. Pero tampoco te mientas. Si sobrevivimos a esto… vas a tomar decisiones. Ya no para él. Para ti y para Jorgue.
Adela apretó los dedos contra la tela del pantalón.
—Si Jorgue… si Jorgue se salva… yo voy a… yo voy a sacarlo de verdad.
Marta la miró con una mezcla de ternura y preocupación.
—Estefanía, ¿puedess quedarte en la línea? Necesitamos que nos acompañes.
—Estoy acá —dijo Estefanía—. No me voy. No ahora.
-
Pasaron horas que Adela no supo contar. Solo supo que el pasillo se llenó de gente y de silencios.
A veces alguien pasaba y le decía “aguantá”, a veces alguien le ofrecía un asiento y ella se negaba, como si moverse fuera a cambiar el resultado.
Marta no la soltaba.
—Estoy aqui —le repetía—. Estoy aqui.
Y entonces, por fin, se escuchó el sonido que Adela había temido y esperado al mismo tiempo: la puerta del quirófano.
Se abrió.
El médico salió con el rostro cansado, con esa seriedad que no necesita explicar.
Adela se levantó como pudo, tambaleando. Marta se puso delante para sostenerla.
—Doctor… —dijo Adela—. ¿Cómo está?
El médico no dijo nada al principio. Solo miró a Adela, como si buscara la forma menos cruel de romperla.
Adela sintió que el mundo se le iba.
—Doctor… por favor…
El médico tragó saliva. Sus labios se movieron, pero no salió palabra.
Marta entendió primero. Se le tensó el cuerpo.
El doctor, con un gesto mínimo, negó con la cabeza.
Fue un movimiento tan pequeño… y tan definitivo que Adela lo entendió perfecto, aunque su mente se resistiera.
—No… —susurró ella.
Marta intentó agarrarla, pero Adela ya no estaba en pie: estaba cayendo por dentro.
—Adela… —dijo Marta, con voz quebrada—. Lo siento.
Adela dio un paso hacia adelante, como si el cuerpo quisiera corregir la noticia.
—¿Qué…? —preguntó, y su voz ya no era voz: era desesperación.
El médico bajó la mirada y se apartó un poco, como si no supiera dónde poner sus manos.
Adela se quedó mirando el piso, sin entender todavía.
Y entonces el dolor la alcanzó.
Se arrodilló.
No con calma. No con resignación.
Se arrodilló como quien se parte.
—¡Jorgue! —gritó.
Marta la abrazó fuerte, pero Adela no podía sostenerse. Solo repetía el nombre, como si al decirlo pudiera devolverlo.
—Mi hijo… —sollozó—. Mi hijo…
El pasillo se llenó de murmullos lejanos. Nadie se acercaba demasiado. Nadie sabía cómo tocar el desastre.
Adela levantó la vista hacia el médico, con los ojos rojos y la garganta hecha pedazos.
—¿Por qué? —dijo—. ¿Por qué a él?
El médico no respondió con palabras. Solo se quedó allí, con la culpa en la cara, como si también él quisiera deshacer lo que ya estaba hecho.
Marta la sostuvo y, con una mano, buscó el teléfono.
—Estefanía —dijo, casi sin aire—. Estefanía, venimos… venimos mal.
Al otro lado, Estefanía gritó su nombre.
—¿Qué pasó? ¡Dime
Marta acercó el teléfono a Adela.
Adela no podía hablar. Solo lloraba y respiraba como si le faltara el mundo.
Estefanía, al escuchar el silencio, entendió.
—No… no… —repitió—. No…
Adela, con la voz rota, alcanzó a decir una frase:
—Perdí a mi hijo…
Y esa frase quedó flotando en el pasillo como un eco que nadie podía borrar.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.