Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 20: El costo de la sangre inocente
La mansión, un bastión de madera crujiente y secretos centenarios, parece respirar con una ansiedad que Daiana nunca había notado. Las paredes, cargadas con el peso de siglos de aislamiento, vibran en sintonía con su propio pulso acelerado. En el salón principal, donde el polvo baila bajo los haces de luz filtrados por los ventanales sucios, Daiana arrastró a su hermana hacia el rincón más alejado, lejos de las ventanas, lejos de los ojos que ella sabe que vigilaban desde el exterior.
__Ana, escúchame__. Suplicó Daiana, sujetando los hombros de su hermana con una fuerza que le sorprendió a sí misma.
Ana esta temblando. Sus ojos, antes llenos de la vivacidad de quien vive en un mundo ordenado y lógico, ahora estan vidriosos por el terror absoluto. Respira de forma errática, como si el aire de la casa fuera tóxico.
__No entiendo... no entiendo nada, Daiana__. Sollozó Ana, mirando a su alrededor como si esperara que las paredes se cerraran sobre ella.
__Esta casa... esta ciudad... todo se siente mal. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué estás aquí? ¡Esto no es una investigación de antropología!__. Daiana respiró hondo. No hay tiempo para verdades a medias, y la mentira ya no sirve como escudo.
__Dorian no es humano, Ana. Nunca lo ha sido__. Confesó Daiana, su voz resonando con una frialdad científica que ella misma desconocía.
__Él es un híbrido. Un error nacido de un pacto prohibido entre la luz y las tinieblas. Es una entidad que la magia antigua intentó confinar, y yo... yo me he convertido en su ancla. En su arquitecta. Y hay personas, gente fanática que se hace llamar Guardianes, que creen que la existencia de Dorian es una afrenta al equilibrio. Vienen por nosotros, y ahora, al haberte encontrado aquí, te han marcado a ti también__.
__¡Estás loca!__. Gritó Ana, intentando zafarse.
__¡Estás hablando de magia, de pactos! ¡Eso no existe!__.
En un momento, la temperatura en la habitación cayó en picado. La luz de la luna que entraba por la ventana se fragmentó, retorciéndose como si fuera una sustancia líquida. Dorian emergió de las sombras del pasillo. No camina, se materializa, y a su paso, las sombras cobraron vida propia, estirándose como dedos oscuros que rodean sus hombros. Con un movimiento elegante de su mano, hizo que la luz del salón se curvara, creando destellos sólidos, hilos dorados que danzan en el aire antes de disolverse en estática pura.
Ana lanzó un grito ahogado y se desplomó de rodillas, cubriéndose la boca. El pánico, una presencia tangible y gélida, se instaló en su pecho. Aquello que su mente había intentado negar con tanta fuerza, se presenta ante ella como una realidad indiscutible y terrorífica. No es un truco; es la ruptura de todas las leyes que ella considera inmutables.
__La realidad es mucho más maleable de lo que tu lógica te permite ver, Ana__. Dijo Dorian, su voz grave resonando no solo en la habitación, sino directamente en el cráneo de la joven.
Antes de que Daiana pudiera consolarla, un estruendo sacudió la mansión. Los cristales de los ventanales estallaron hacia adentro, y el aire se llenó de un zumbido agudo, el sonido de la obsidiana rompiendo el tejido del espacio. Los Guardianes habn llegado.
__¡Están aquí!__. Rugió Dorian, su forma humana parpadeando, revelando destellos de su verdadera naturaleza caótica.
La puerta principal voló en astillas. Marcial irrumpió en la sala, sus ojos inyectados en una furia obsesiva, sosteniendo un cetro que despide un humo negro. Detrás de él, una docena de hombres y mujeres vestidos con túnicas grises inundaron el lugar, lanzando reliquias que comenzaron a formar un sello de contención sobre la alfombra.
De las paredes, de los espejos rotos y de las esquinas olvidadas, las criaturas que sirven a Dorian surgieron en defensa. Sombras sin rostro, figuras hechas de raíces retorcidas y susurros encarnados chocaron contra los Guardianes. El salón se convirtió en un campo de batalla donde la física es una sugerencia opcional.
__¡Ana, detrás de mí!__. Gritó Daiana, lanzándose hacia su hermana, pero el caos fue demasiado rápido.
Un estallido de luz blanca cegó a Daiana por un segundo. Cuando recuperó la visión, sintió que el mundo se detuvo. Un secuaz de Marcial, una figura alta y ágil, había logrado sortear las defensas de las sombras. Con una velocidad inhumana, agarró a Ana por el brazo.
__¡No!__. Gritó Daiana, lanzándose hacia adelante, pero otro Guardián le cortó el paso con una barrera de energía.
__¡Traedla!__. Ordenó Marcial, su voz cortando el fragor de la batalla como un cuchillo.
__¡Ella es la llave para desestabilizar a la arquitecta! Y por lo tanto al "error"__.
Daiana vio cómo el secuaz arrastra a Ana a través del boquete abierto en la pared, hacia el bosque oscuro que bordea la propiedad. El corazón de Daiana dio un vuelco, un dolor físico que casi la hizo colapsar. La furia, una oleada de odio puro hacia Marcial, comenzó a hervir en sus venas, superando incluso su miedo.
__¡Dorian!__. Gritó ella, sus ojos encontrándose con los del híbrido en medio del combate.
__¡Si la dañan, quemaré esta ciudad hasta los cimientos!__.
Dorian, al escuchar el grito desgarrador de Daiana, liberó una onda de choque que barrió a los Guardianes a su paso. Pero es tarde. Los atacantes, viendo que el objetivo principal ha sido asegurado, comenzaron a replegarse, llevándose a Ana como un trofeo de guerra.
En el bosque, a pocos kilómetros de la mansión, el ambiente es opresivo. Ana fue arrojada contra un altar de piedra abandonado, un vestigio de algún culto olvidado. Sus captores no perdieron el tiempo. Comenzaron a dibujar símbolos con tiza blanca en el suelo, y el aire empezó a oler a azufre.
__No... por favor__. Balbuceó Ana, acurrucándose sobre sí misma mientras los Guardianes comienzan a salmodiar en un idioma que parece rasgar la garganta.
__Solo quiero irme a casa__.
__Tu casa ya no existe__. Siseó uno de los hombres, acercándose con una daga de obsidiana.
__Eres el sacrificio necesario para estar más cerca de devolver al "Error" al abismo. Tu muerte será la purificación de esta tierra__.
El hombre levantó la daga. Ana cerró los ojos, preparándose para el final, cuando un sonido gutural, un rugido que no pertenece a ninguna bestia natural, resonó entre los árboles.
El suelo tembló. Los árboles se doblaron como si un viento huracanado los hubiera golpeado desde abajo. De repente, una figura inmensa, una masa de pelaje negro y oscuridad sólida, saltó desde la copa de los árboles. Es una criatura titánica, con la fisionomía de un lobo pero erguida sobre dos patas poderosas, con garras que brillan con un fuego pálido y ojos que arden como carbones encendidos en medio de la penumbra.
Los Guardianes gritaron mientras la bestia cae sobre ellos. No fue una pelea; fue una masacre. Con un solo zarpazo, la criatura lanzó al secuestrador de Ana a varios metros de distancia, estrellándolo contra un roble centenario.
Ana, paralizada por el shock, no puede apartar la vista. La bestia se volvió hacia ella. Su aliento huele a tierra mojada y a café. Es una visión aterradora, algo que desafia la razón y la biología. La criatura se acercó, sus garras, que segundos antes habían destrozado a hombres armados, se curvaron con una suavidad imposible.
El terror, que ha estado empujando a Ana al borde de la locura durante toda la noche, finalmente la venció. Al ver a aquel monstruo, el guardián de las pesadillas, acercándose para tomarla en sus brazos, su mente se quebró bajo la presión. Sintió un par de manos (o mejor dicho, unas garras inmensas y protectoras) envolviéndola con una calidez antinatural, y luego, el mundo se tornó negro.
Ana se desmayó, perdiendo la consciencia justo cuando la bestia la alzo, llevándola lejos de la ceremonia y adentrándose en la profundidad impenetrable del bosque, donde ni siquiera la luz de la luna se atreve a entrar.
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