Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un
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Capítulo 2— La mirada del papá de mi alumno
La alarma sonó a las 5:30 a.m. Abrí los ojos con pereza y me levanté rápidamente. Fui directo al baño, me lavé los dientes y me di una ducha para terminar de despertarme. Después me arreglé con calma; ese día ya debíamos ir con el uniforme oficial del colegio.
Salí a la cocina, preparé el desayuno y mientras comía revisé mi celular. Tenía varios mensajes nuevos en WhatsApp. Fruncí el ceño extrañada y al abrir la aplicación vi que habían creado un grupo del colegio donde estaban las directivas y los padres de familia de mis alumnos.
—Claro… esto es para mantenerlos informados de tareas y actividades de los niños —murmuré para mí misma.
Terminé de arreglarme, me miré al espejo y sonreí. Me tomé una foto rápida con el uniforme antes de salir. Agarré las llaves de mi moto y me fui rumbo al colegio.
Treinta minutos después ya estaba estacionando en la entrada.


—¡Buenos días, niñas! —saludé a mis compañeras apenas entré.
Respondieron con sonrisas mientras yo caminaba hasta mi salón para organizar todo antes de que llegaran los pequeños. Ordené las mesas, acomodé los materiales y revisé la planeación del día. A las 7:30 comenzaron a llegar los niños uno por uno.
Tenía diez alumnos en total y apenas estaba recibiéndolos cuando vi llegar a Samuel tomado de la mano de un hombre alto y elegante.
Una de las profesoras que estaba a mi lado soltó un suspiro exagerado.
—Uy, ese hombre está guapísimo… ¿quién es?
Yo me reí bajito.
—Ni idea, debe ser el papá de Samuel.
El hombre se acercó hasta nosotras con una sonrisa educada.
—Buenos días, profesoras.
—Buenos días —respondimos al mismo tiempo.
Me agaché frente al niño y le sonreí.
—Hola, Samuel. ¿Cómo estás?
—Hola, profe. Bien. Mire, él es mi papá —dijo el pequeño emocionado.
Levanté la mirada y me encontré con unos ojos oscuros e intensos que por un momento me dejaron sin palabras.
—Mucho gusto —dije extendiendo la mano.
—El gusto es mío, profesora. Soy el papá de Samuel.
¿Usted es la profesora de él?
—Sí, señor. Mi nombre es María José.
—José Alejandro —respondió estrechando mi mano—. Mucho gusto, profesora.
No sabía por qué, pero me puse nerviosa con la forma en la que me miró. Era una mirada fija, tranquila… pero demasiado intensa.
—Bueno, Samuel, pórtate bien y hazle caso a la profe
—le dijo él al niño.
—Sí, papi.
José Alejandro se despidió, pero antes de irse volvió a darme la mano.
—Hasta luego, profesora.
—Que le vaya muy bien —respondí con una sonrisa.
Él se quedó mirándome unos segundos más antes de irse finalmente.
Apenas se alejó, la profesora que estaba a mi lado me golpeó suavemente el brazo.
—Majo, qué hombre tan simpático.
Yo me reí.
—Sí… está como Dios manda.
Las dos soltamos una carcajada y seguí esperando al resto de los niños.
Cuando todos llegaron, entramos al salón. Empezamos la mañana dando gracias a Dios, luego cantamos varias canciones infantiles y bailamos un poco para activar a los niños. Más tarde puse un video relacionado con el tema del día y continuamos las actividades normales de clase.
La mañana pasó rápido y cuando llegó la hora de salida empecé a entregar a los pequeños a sus familiares. Por Samuel fue su tía.
Después de terminar la jornada decidí ir a almorzar a casa de mis padres, ya que mi mamá me había invitado. Me subí a la moto y conduje hasta allá.
—¡Llegó mi niña! —dijo mi mamá apenas me vio entrar.
La saludé con un abrazo y nos sentamos a almorzar en familia. Les conté cómo me había ido en el colegio y lo feliz que me sentía de volver a dar clases.
Después de compartir un rato con ellos me fui a mi apartamento para bañarme e ir al gimnasio. Cambié mi ropa rápidamente y salí.
Hice ejercicio durante hora y media. Cuando terminé estaba agotada y apenas iba saliendo cuando sonó mi celular.
Era Isabella.
—Hola, Isa, ¿cómo estás? —contesté.
—Hola, nena. Bien, ¿y tú? ¿Qué haces?
—Saliendo del gimnasio. ¿Por qué?
—Estoy desocupada y quería saber si nos vemos un rato. Hace días no hablamos.
—Claro, ¿dónde estás?
—En una cafetería cerca del trabajo. Ya te mando la ubicación.
—Listo, ya voy.
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Treinta minutos después llegué al lugar. Isabella estaba sentada junto a la ventana con su cabello desordenado como siempre.
—Hola, mor —saludé dándole un abrazo.
—Hola, ingrata desaparecida.
—No digas eso, tú sabes que el trabajo me consume.
Nos sentamos a conversar.
—¿Y cómo te ha ido en el colegio? —preguntó ella.
—Bien. Los niños se adaptaron rápido, gracias a Dios. Aunque hay un caso que me da mucha tristeza.
—¿Qué pasó?
—Tengo un niño cuya mamá murió hace un año. Vive con el papá y creo que también con una tía.
—Ay, no… qué pesar.
—Sí. El niño es muy dulce.
Isabella suspiró.
—Eso me recuerda a mi jefe. ¿Te acuerdas que te conté que quedó viudo?
—¡Ay, sí! ¿Qué pasó con él?
—Sigue viviendo con la suegra y la cuñada porque no quiere separar al niño de la familia de la mamá, pero esas mujeres son terribles.
—Qué situación tan incómoda.
—Y dicen que la cuñada siempre ha estado enamorada de él.
Abrí los ojos sorprendida.
—¡No! Qué miedo. ¿Cómo se va a enamorar del marido de la hermana?
Nos reímos mientras seguíamos chismoseando y tomando café.
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Por otro lado, José Alejandro no podía sacar de su cabeza la imagen de la profesora de Samuel.
Había algo en ella que lo había dejado inquieto.
La forma dulce en que saludó a su hijo, su sonrisa tímida y esos hoyuelos en las mejillas cuando se reía.
Sacudió la cabeza intentando ignorar esos pensamientos mientras llegaba a su empresa.
—Buenos días, doctor —saludó su secretaria apenas lo vio entrar.
Él respondió con un gesto breve y caminó hasta su oficina. La mujer lo siguió con unos documentos en la mano y, como siempre, llevaba ropa demasiado provocativa.
José Alejandro había tenido encuentros casuales con ella en el pasado, momentos vacíos que solo habían servido para distraerse después de la muerte de su esposa. Pero jamás sintió algo importante.
Para él, la única mujer de su vida había sido su difunta esposa.
—Aquí están los documentos que pidió —dijo la secretaria acercándose demasiado.
—Gracias. Puedes retirarte.
La mujer hizo una pequeña mueca de molestia y salió justo cuando entraba José Luis, el mejor amigo y socio de Alejandro.

jose Luis
—Uy, hermano, esa mujer sí está buena —bromeó apenas se cerró la puerta.
José Alejandro ignoró el comentario.
—¿Ya están listos los documentos para la reunión?
—Sí. Oye, ¿y por qué llegaste tarde?
—Llevé a Samuel a su primer día de clases.
—¿Y cómo le fue?
—Bien. Creo que le agradó mucho su profesora.
José Luis sonrió con picardía.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es? ¿Una señora gruñona de cincuenta años?
Alejandro negó con la cabeza.
—No. Es joven… debe tener unos veintisiete años. Muy bonita y bastante dulce con los niños.
José Luis lo miró divertido.
—La forma en que dices “muy bonita” me hace pensar que te gustó la profesora.
Alejandro rodó los ojos.
—No empieces.
Pero en el fondo sabía que su amigo tenía razón.
Esa noche, después de cenar y jugar un rato con Samuel, José Alejandro acostó a su hijo y le leyó un cuento hasta que se quedó dormido.
Cuando regresó a su habitación tomó el celular para revisar mensajes pendientes. Entonces vio el grupo de WhatsApp del colegio.
Abrió la conversación y encontró un mensaje destacado.
“Buenos días, queridos papitos. Soy la profesora María José, profesora de sus niños. Este es mi número para cualquier información que necesiten. Muchas gracias y bendiciones.”
Alejandro abrió el perfil.

Era ella.
En la foto aparecía sonriendo con el uniforme del colegio y el cabello ligeramente ondulado sobre los hombros.
—Qué mujer tan hermosa… —murmuró sin darse cuenta.
Guardó el número como “Profesora María José”.
En ese momento tocaron la puerta.
—¿Quién es?
—Soy yo, Valentina. ¿Puedo pasar?
Alejandro suspiró con cansancio. Era su cuñada.
La dejó entrar y ella apareció usando una pijama demasiado corta.
—Solo quería contarte cómo le fue a Samuel en el colegio —dijo acercándose coquetamente.
—Le fue muy bien, me dijo la profesora que se adaptó rápido
— a bueno Valentina gracias por venir a decirme
Ella pareció querer quedarse más tiempo, pero él abrió la puerta.
—Estoy cansado. Necesito descansar.
La expresión de Lina cambió por completo, claramente decepcionada.
—Buenas noches entonces.
—Buenas noches.
Cerró la puerta y volvió a mirar el celular. La foto de María José seguía allí.
Por alguna razón, después de mucho tiempo, sentía curiosidad por volver a ver a una mujer.