A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 19 la resolucion del delta
El silencio de la oficina era sepulcral, roto únicamente por el zumbido monótono del aire acondicionado. Sobre el enorme escritorio de roble, los planos de un complejo residencial en la costa descansaban bajo la luz de la lámpara de diseño, pero las líneas arquitectónicas, usualmente perfectas y precisas, hoy le parecían garabatos carentes de sentido. Eliah soltó el estilógrafo con un golpe seco y se reclinó en su silla de cuero, frotándose las sienes con frustración.
No podía más. Su mente, aquel templo de lógica y cálculo estructural, había sido invadida por un aroma a sandalos y una mirada que no lograba desterrar.
Eliah cerró los ojos y, de inmediato, la imagen de Ian se materializó detrás de sus párpados. Se burló internamente de los comentarios que solía escuchar en los círculos sociales más conservadores de la ciudad. "Ese omega es demasiado fuerte," decían unos; "Tiene una presencia que intimida, parece más un Alfa que un subordinado," susurraban otros.
A Eliah le daban ganas de reírse en sus caras. Le importaba un bledo que Ian no encajara en el molde del omega sumiso y delicado que la sociedad exigía. Para él, esa fuerza era precisamente lo que lo hacía magnético. Adoraba la firmeza de sus hombros, la determinación en su mandíbula y esa energía vibrante que llenaba cualquier habitación. Ian no necesitaba ser rescatado, pero Eliah había descubierto que su mayor placer era, simplemente, ser el puerto seguro donde ese guerrero decidía descansar.
El arrepentimiento le quemaba la garganta como un trago de alcohol barato. La noche del bar volvía a él en fragmentos distorsionados, una secuencia de palabras mal dichas y gestos que nunca debieron ocurrir. Se sentía un imbécil. Había dejado que sus propios miedos, o quizás su orgullo de Delta, nublaran su juicio, hiriendo a la única persona que le daba sentido a su existencia.
"Soy un estúpido," gruñó en voz baja, golpeando ligeramente el reposabrazos de la silla.
Quería gritarle al mundo que su amor no era solo una cuestión de biología. Durante mucho tiempo, se había escudado en la idea del "destino", en esa conexión invisible que la naturaleza imponía entre las jerarquías. Pero ahora, en la soledad de su oficina, se enfrentaba a la cruda verdad: le había costado trabajo, demasiado quizás, darse cuenta de que lo amaba por encima de cualquier designio natural. Lo amaba por su risa, por su terquedad y por la forma en que su mundo se reordenaba cuando Ian estaba cerca.
Sus pensamientos lo arrastraron hacia atrás, al primer momento en que sus vidas colisionaron. Recordó la luz de aquel día, el bullicio su amigo que se volvió ruido blanco en cuanto lo vio. Ian estaba de pie, con una expresión de ligera confusión que se transformó en algo electrizante cuando sus ojos se encontraron.
Esos ojos. Azules, profundos y vastos como un océano antes de la tormenta. Eliah recordó la sensación física de que el tiempo se detenía; el tic-tac del reloj de la pared pareció congelarse y el oxígeno se volvió más denso. En ese segundo, el Delta supo que su vida anterior había terminado. No fue una elección, fue un reconocimiento del alma. Había buscado ese azul en cada cielo y en cada mar desde entonces, pero nada se comparaba a la profundidad del brillo en la mirada de su omega.
Despues de años negandose a aceptarlo vinieron esos meses. Aquellos pocos meses viviendo bajo el mismo techo que ahora le parecían un sueño febril de felicidad absoluta. Recordó el peso de Ian contra su pecho en el sofá, la calidez de su piel bajo las sábanas y la intimidad de las conversaciones a media luz. Fue feliz. Realmente, jodidamente feliz. Eliah nunca se había sentido tan completo como cuando cuidaba de Ian, cuando lo mimaba hasta el cansancio y se permitía ser atrevido, buscando siempre esa chispa de deseo y sorpresa en el rostro del omega.
Vivir con él fue descubrir que el hogar no era un edificio de hormigón y acero, sino un par de brazos y un aroma familiar.
Eliah se levantó de la silla y caminó hacia el ventanal de su oficina, que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada. Las luces de los coches abajo parecían venas de oro, pero él solo sentía un vacío inmenso en el pecho.
No iba a rendirse. No podía permitir que lo que tenían se perdiera en el abismo de los malentendidos y el orgullo. Ian era su destino, sí, pero más que eso, era su elección diaria. La arquitectura podía esperar; los planos podían quedarse acumulando polvo. Su única prioridad ahora era trazar el camino de vuelta hacia él.
Necesitaba recuperar a su omega. Necesitaba que ese mar azul volviera a reflejar su propia imagen con el perdón y el amor de antaño. Eliah apretó el puño contra el cristal frío de la ventana, jurándose a sí mismo que, sin importar cuánto tuviera que luchar o cuánto tuviera que rebajarse para pedir perdón, traería a Ian de vuelta a casa. Porque un mundo sin su omega era, sencillamente, una estructura sin cimientos, destinada al colapso.