Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 19: Propuesta
La sensación de cosquilleo se convirtió en una marea de fuego que creció con cada embestida. Éramos dos fuerzas de la naturaleza colisionando, dos magias fundiéndose en el acto más antiguo del mundo. El placer estalló en mil colores violetas detrás de mis párpados, y sentí cómo nuestras esencias se entrelazaban mientras ambos alcanzábamos el clímax al unísono.
Me acobijó en sus brazos mientras nuestras respiraciones se acompasaban. El silencio del castillo ahora se sentía cálido, lleno de vida.
—Te extrañé como no tienes idea —susurró él, besando mi frente—. Te amo, mi luna. Eres el único faro en mi eternidad.
—Y yo a ti, mi sol y mi estrella —respondí, acurrucándome contra su pecho, escuchando el latido de su corazón que golpeaba con la misma fuerza que el mío.
Dagmar guardó silencio un momento, acariciando mi cabello.
—Quiero preguntarte algo, Rose. Algo que quizás debí preguntarte hace quinientos años en aquel acantilado antes de que nos encontraran.
—Dime —dije, levantando la vista para verlo.
—Si logramos sobrevivir a esto... si logramos derrotar al Orden y romper el ciclo para envejecer juntos en una sola vida... ¿te gustaría casarte conmigo de nuevo? ¿Ante las leyes de este tiempo o de cualquier otro?
Sentí que las lágrimas acudían a mis ojos, pero esta vez eran de una felicidad pura y cristalina.
—Sí, Dagmar. En esta vida, en la anterior y en cada una de las que sean necesarias para que el universo entienda que no hay poder que pueda separarnos. Sí, mil veces sí.
Él me besó con una ternura que selló la promesa. Afuera, la guerra seguía esperando, el Orden seguía acechando en las sombras del puerto y el destino seguía afilando sus dagas. Pero dentro de aquellas paredes, por primera vez en mil años, no éramos piezas de un tablero. Éramos simplemente nosotros, y eso era más poderoso que cualquier hechizo.
Él rompió el silencio con una voz que era un susurro cargado de intención.
—¿Qué te parece la idea de quedarte a vivir conmigo de forma permanente, Rose? No como una invitada de paso, sino como la señora de este lugar, el cual cabe destacar eres dueña.
Me incorporé lentamente, apartando un mechón de cabello de mi cara. La propuesta, aunque lógica dadas las circunstancias, me provocó un vuelco en el estómago.
—¿Vivir aquí? Pero... ¿y mis tías? ¿Qué se supone que les diga? No puedo simplemente desaparecer de sus vidas después de todo lo que han sacrificado para protegerme.
Dagmar soltó una risa suave, un sonido que era como música antigua.
—Tus tías están más que acostumbradas a las mudanzas apresuradas y a los cambios de identidad. He pensado en todo. Este castillo es vasto; el Ala Este ha sido restaurada recientemente. Es independiente, privada y segura. No creo que les parezca una mala idea tener su propio espacio fortificado. Así podrán estar cerca de ti durante el día, supervisar tus estudios y asegurarse de que no te falte nada.
Hizo una pausa y sus ojos se oscurecieron con una chispa de posesividad juguetona.
—Te compartiré con ellas durante las horas de sol, mi luna. Pero las noches... las noches son exclusivamente mías.
—¡Dagmar! —exclamé, sintiendo que el calor subía por mis mejillas—. Qué cosas dices... apenas llevamos un par de meses de "conocernos" en esta vida. ¿No crees que vas un poco rápido?
Él se incorporó, apoyándose en un codo, y me miró con una seriedad que borró cualquier rastro de broma.
—Rose, no nos conocemos desde hace dos meses. Nos conocemos desde antes de que se construyeran las catedrales. ¿Realmente me estás pidiendo "tiempo" en una vida que ya está siendo amenazada por el Orden? Si observas a los chicos de esta época en la primera cita ya están haciendo esto. —señaló con un gesto elegante la cama deshecha—, En la tercera, ya están buscando un apartamento compartido. Sea cual sea la etiqueta que quieras usar, tu lugar natural, como mi compañera y como mi mujer, es a mi lado.
Me quedé en silencio, procesando la mezcla de lógica moderna y arrogancia ancestral.
—Vale, ¡ya entendí! —cedí con una sonrisa resignada—. Te bastó una noche en el siglo XXI para sacar las garras y reclamar territorio. Está bien. hablaré con ellas en cuanto regrese a casa.
—No —interrumpió él, levantándose con la agilidad de un depredador—. Mañana, en cuanto despertemos, iremos a buscarlas juntos. No podemos permitirnos el lujo de perder ni una sola hora. El tiempo es el único recurso que la magia no puede fabricar.
—Está bien... —susurré, dejándome caer de nuevo contra las almohadas—. Pero antes de que el sol reclame nuestras responsabilidades... bésame. Es una orden.
Él se inclinó sobre mí con una sonrisa de victoria.
—Con gusto, señorita. Sus deseos son, literalmente, mi destino.
La noche terminó de desvanecerse en un encuentro que se sintió como una ebullición de elementos. Estar con él era como si el fuego y el agua finalmente encontraran un punto de equilibrio; tras la intensidad abrasadora de la pasión, nos inundaba una calma tormentosa, una paz que solo conocen los que han sobrevivido al naufragio.
A la mañana siguiente, el aroma a chocolate y frutas frescas me sacó de un sueño profundo. Dagmar estaba junto a la cama, vestido de manera impecable, sosteniendo una bandeja de plata.
—Despierta, mi luna. El mundo nos espera y hay mucho por hacer.
Desayunamos en un silencio cómplice: panqueques bañados en chocolate espeso, fresas silvestres y kiwi. Era una comida deliciosa, pero el nudo en mi garganta por la conversación que se avecinaba me impedía disfrutarla del todo.
Poco después, ya íbamos camino a la casa de mis tías. El trayecto, que antes me parecía un simple viaje por la ciudad, ahora se sentía como el cruce de una frontera entre dos mundos. Al llegar, entramos sin llamar. Egle y Clarisa nos esperaban en el salón, con los rostros marcados por la ansiedad de la espera, pero su expresión cambió drásticamente al ver a Dagmar entrar detrás de mí.