Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 20
Sebastián no lograba dormir. Daba vueltas en la cama del apartamento secreto —su refugio con Andrea—, con la mente en un torbellino de miedo y cálculos. Sabía que el cerco se estrechaba: Marlon no cejaba, Viviana dudaba, y algo en la mirada fría y vigilante de Renata le decía que ella ya sospechaba mucho más de lo que dejaba ver. Si la verdad estallaba de golpe, lo perdería todo: a Andrea, su reputación, sus negocios y el estatus que le había costado una vida construir. Tenía que actuar, y rápido, para encontrar una salida que no implicara renunciar a nada.
Llamó a Omar a primera hora, urgente y sin rodeos. Se reunieron en una oficina discreta, lejos de oídos ajenos.
—Se nos acaba el tiempo —dijo Sebastián, caminando de un lado a otro, inquieto—. Andrea sigue defendiéndome, sí, pero cada vez le traen más pruebas. Y Renata… la conozco: cuando decide investigar, no deja cabos sueltos. Tengo que preparar una explicación que sirva para todos: que calme a Andrea, que frene a los que nos atacan y que no dé armas a mi esposa para destruirme.
—¿Y cómo piensas hacerlo sin confesar el matrimonio? —preguntó Omar, escéptico—. Porque ese es el agujero que no cierra. Todo lo demás cae por su propio peso si sale eso.
—Exacto: no voy a confesarlo tal cual —respondió Sebastián, con una sonrisa tensa de quien cree hallar la solución perfecta—. Diseñaré una verdad a medias, una versión intermedia que suene dolorosa, complicada, pero honorable. Le diré a Andrea que mi vínculo con Renata es una alianza irrompible, legal y social, impuesta por nuestros padres antes de que yo pudiera elegir. Reconoceré que no fui totalmente claro en los detalles —por protegerla, por no mancharla con ese mundo frío y corrupto—, pero insistiré: no es un matrimonio de amor, es una jaula de obligaciones mutuas, sin sentimientos, sin vida compartida real.
—¿Y si pregunta por qué viven juntos? ¿Por qué aparecen unidos en todas partes?
—Lo presentaré como un teatro obligado —una farsa para mantener los negocios y la paz familiar—. Vivimos bajo el mismo techo, sí, pero como desconocidos, cada uno con su vida aparte. No comparto nada íntimo con ella desde hace años. Le diré que estoy negociando una separación de hecho, un acuerdo discreto que me permita liberarme poco a poco sin romper contratos ni arruinar nuestra posición. Y que, por ella, por nuestro amor, estoy arriesgándome a acelerar ese proceso, aunque me cueste esfuerzo y conflictos.
Omar negó con la cabeza, serio.
—Sebastián, te engañas. Renata no aceptará una “separación discreta” si siente que la traicionas. Ella no cuida solo apellidos: cuida poder y orgullo. Y Andrea… ¿crees que aceptará ser la segunda en una lista, aunque le pongas un nombre bonito? Para ella, amar es todo o nada. Y si descubre que ocultaste el nombre exacto de esa atadura, que no dijiste “estoy casado” sino “tengo obligaciones”, sentirá que la engañaste en lo esencial. Y entonces… adiós a su confianza.
—¡No la perderé! —exclamó Sebastián, con una seguridad ciega—. Ella cree en mí, me defiende contra todos. Solo necesito darle una historia que encaje con lo que ya sospecha, pero que mantenga intacto lo nuestro: que ella es mi única verdad, Renata solo es mi carga inevitable. Le prometeré que, cuando logre desvincularme en silencio, nos iremos lejos, reconstruiremos nuestra vida sin mirar atrás. Y ante Renata, actuaré con frialdad: no le daré motivos para el escándalo, cumpliré las apariencias, pero iré moviendo mis activos, blindando mis negocios para que no pueda tocarme si decide atacar. Puedo equilibrar los dos mundos. Siempre lo he hecho.
Más tarde, se encontró con Andrea. Ella corrió a abrazarlo, como siempre, pero él notó una sombra de inquietud en su mirada, como si llevara las dudas de Viviana y Marlon clavadas en el pecho.
—Te noto preocupado —le dijo ella, acariciándole la mejilla—. ¿Ha pasado algo?
Sebastián suspiró hondo, fingiendo cansancio y dolor contenido, y la miró a los ojos con ternura y gravedad calculadas.
—Mi amor… tengo que hablarte con más claridad que nunca, aunque me aterre que me veas así, tan atado y sucio por lo que no elegí. Tienes razón: no te di todos los detalles, por egoísmo, por querer conservar la pureza de lo nuestro sin mancharla con mi realidad. Pero sé que te confunden, que te hieren los rumores y las apariencias. Así que escúchame bien. Lo que tengo con Renata Dawson es un compromiso legal y público, sí. Algo firmado por nuestras familias, sellado ante notario y ante la sociedad, antes de que yo supiera siquiera lo que era amar de verdad. Es un lazo que no elegí, que nunca tuvo amor, ni pasión, ni nada de lo que compartimos tú y yo. Vivimos bajo el mismo techo para mantener las formas, para no derrumbar imperios familiares, pero somos extraños. Hace años que no compartimos nada que no sea una foto, una cena, un deber frío y vacío.
Andrea escuchaba con el corazón acelerado, buscando en cada palabra una confirmación de lo que quería creer.
—¿Entonces… lo que dicen de que están casados… no es mentira, pero tampoco es lo que parece?
—Es una mentira de apariencias —aseguró él, tomándole las manos con fuerza—. Para el mundo, sí, parecemos un matrimonio. Pero para mí, esa mujer no existe más allá de ser una carga, una cadena pesada que llevo arrastrando desde joven. Te oculté ese detalle concreto porque me daba terror pensar que, al oír “matrimonio”, cerraras los ojos a la verdad: que mi alma siempre ha sido libre… hasta que te conocí a ti. Y ahora estoy luchando, día y noche, por desatarme de esa atadura sin provocar una guerra que destruya todo lo que he construido y que nos arrastre a nosotros también. Pronto llegaremos a un acuerdo silencioso, Renata seguirá su camino con lo suyo, y yo seré libre, solo tuyo, sin secretos, sin disfraces. ¿Me crees? ¿A pesar de todo?
Ella tenía ante sí, una vez más, hechos que chocaban: documentos, rumores, la vida compartida que todos veían. Pero la idea de perderlo, de aceptar que todo había sido una farsa cruel, era demasiado dolorosa. Se aferró a su explicación, porque era la única que salvaba lo que sentía.
—Te creo —susurró, abrazándolo fuerte, ahogando sus últimas dudas—. Te creo porque te conozco, porque sé que tu corazón es mío. No importa el nombre que le den los demás a esa obligación; lo que importa es lo que tú sientes, lo que nosotros tenemos. Esperaré el tiempo que haga falta.
Sebastián la estrechó, sintiendo un alivio momentáneo… pero también un peso nuevo, inmenso, en su conciencia. Creyó haberlo logrado: había calmado sus miedos, mantenido su amor intacto y dejado abierta una vía para manejar a Renata sin colapsar. Pero no entendía —no quería entender— una verdad irrompible: cuando se construye sobre mentiras, no hay arreglos intermedios, ni promesas que valgan. Había roto algo mucho más profundo que acuerdos o apariencias: la confianza absoluta, esa que no se repara con medias verdades ni planes calculados. Y por más que él imaginaba equilibrar ambos mundos, no veía que el suelo ya estaba agrietado bajo sus pies, y que bastaría un solo paso en falso para que todo, absolutamente todo, se viniera abajo para siempre.
Esa misma noche, Renata observaba desde su estudio, fría y serena, con todos los datos ordenados ante ella. Sabía —mejor que él— que lo que se rompe por traición no se arregla con estrategias. Y mientras Sebastián soñaba con su salida perfecta, ella ya preparaba el momento justo en el que su frágil equilibrio se haría añicos sin remedio.