Narra la historia de una hermosa chica llamada Gabriela que sufre mucho tras el abandono de su novio.
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MAS VALE VERDADES BIEN DICHAS QUE MENTIRAS MAL CONTADAS
La tranquilidad duró exactamente cuatro días.
Cuatro días en los que Gabriela intentó convencerse de que la vida podía volver a ser normal. Cuatro días en los que el hospital dejó de oler a peligro y comenzó a sentirse como un lugar de recuperación. Cuatro días en los que León volvió a caminar lentamente por los pasillos apoyándose en ella, protestando cada vez que los médicos insistían en que debía descansar.
Pero la normalidad era una ilusión frágil.
Y las ilusiones siempre terminaban rompiéndose.
Aquella mañana, León recibió el alta médica.
El cielo estaba despejado cuando salieron del hospital. Gabriela sintió algo extraño al respirar aire fresco después de tantos días encerrada. Era como regresar a un mundo que seguía funcionando sin ellos.
León observó la calle con atención antes de avanzar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Costumbre —respondió él—. Después de todo lo que pasó… prefiero no confiarme.
Gabriela entendía perfectamente. Ella también miraba alrededor más de lo necesario. Cada auto detenido, cada persona caminando cerca, cada movimiento inesperado despertaba una alerta silenciosa dentro de su pecho.
El miedo ya no era momentáneo.
Se había convertido en parte de ellos.
Una convivencia inesperada
Por recomendación de seguridad, León insistió en que Gabriela no regresara sola a su departamento.
—Hasta que sepamos quién envió esa foto, no quiero que estés sola —dijo con firmeza.
Después de una breve discusión que Gabriela perdió inevitablemente, terminó aceptando quedarse en el penthouse de León.
El lugar era amplio, moderno y lleno de ventanales que mostraban la ciudad desde lo alto. Sin embargo, lejos del lujo, lo que más llamó su atención fue lo vacío que parecía.
—¿Siempre vives así? —preguntó mientras dejaba su bolso.
León encogió los hombros.
—El trabajo ocupa demasiado espacio.
Gabriela recorrió el lugar lentamente. No había fotografías personales, ni recuerdos visibles, ni señales de una vida emocional activa.
Solo orden.
Solo control.
Solo soledad.
—Ahora entiendo muchas cosas —murmuró.
Él la observó sin preguntar.
Porque ambos sabían que durante años él había vivido sobreviviendo, no viviendo.
Intentar ser normales
Esa noche cocinaron juntos por primera vez.
Fue un momento extraño y torpemente íntimo. León intentaba cortar verduras mientras Gabriela criticaba su técnica, provocando pequeñas discusiones que terminaban en risas inesperadas.
Por unos minutos, parecían una pareja común.
Sin amenazas.
Sin enemigos.
Sin pasado persiguiéndolos.
Mientras cenaban, Gabriela lo observó en silencio.
—¿Qué? —preguntó León al notar su mirada.
—Nada… solo estoy intentando acostumbrarme a esto.
—¿A qué exactamente?
Ella dudó antes de responder.
—A nosotros sin dolor.
León bajó la mirada un instante.
—Yo también estoy aprendiendo.
El ambiente se volvió suave, cargado de algo nuevo. No era la pasión intensa de antes ni el drama que los había definido.
Era calma.
Y eso, para ambos, resultaba casi desconocido.
El primer mensaje
El teléfono de Gabriela vibró sobre la mesa.
Un número desconocido.
Pensó ignorarlo, pero algo dentro de ella insistió en revisar.
El mensaje contenía solo una frase:
“¿De verdad crees que ahora estás a salvo?”
El frío recorrió su espalda.
León notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿Qué pasó?
Ella le mostró el teléfono.
La mandíbula de León se tensó.
—No respondas.
—No pensaba hacerlo.
Un segundo mensaje llegó casi de inmediato.
“Las heridas más profundas aún no han empezado.”
Gabriela sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.
Esto ya no era una advertencia general.
Era personal.
Demasiado personal.
Sospechas
Esa misma noche León contactó a su equipo de seguridad para rastrear el número. Sin embargo, la respuesta llegó rápido y fue frustrante.
Número falso.
Ubicación imposible de rastrear.
Mensaje enviado desde una red enmascarada.
Alguien sabía exactamente cómo evitar ser encontrado.
—Esto no es improvisado —dijo León caminando por la sala—. Es alguien que entiende cómo operamos.
Gabriela lo miró con preocupación.
—¿Crees que sea alguien cercano?
Él no respondió de inmediato.
Y ese silencio fue suficiente.
La distancia con Matías
Al día siguiente, Gabriela decidió visitar a Matías, quien ya se recuperaba en casa.
La recibió con una sonrisa tranquila, aunque su mirada cambió ligeramente al notar que ella llevaba una camisa claramente demasiado grande para ser suya.
—Te queda bien el estilo nuevo —comentó con ironía suave.
Gabriela entendió la insinuación.
—Me estoy quedando con León por seguridad.
Matías asintió lentamente.
—Tiene sentido.
Pero la tensión apareció inevitablemente.
—¿Estás bien con eso? —preguntó ella.
Él soltó una pequeña risa.
—No sería honesto si dijera que sí… pero tampoco soy un idiota. Después de todo lo que pasó, sería absurdo negar lo que sienten.
Se hizo un silencio más profundo.
—Solo hay algo que me preocupa —añadió Matías.
—¿Qué cosa?
—León guarda demasiados secretos. Y los secretos siempre regresan.
Las palabras quedaron resonando en la mente de Gabriela incluso después de despedirse.
Algo no encaja
Esa noche, al regresar al penthouse, Gabriela encontró a León revisando documentos antiguos en su oficina.
Fotografías.
Archivos.
Nombres subrayados.
—¿Qué es todo esto?
León dudó antes de responder.
—Personas que trabajaban para Esteban… y posibles contactos que aún siguen activos.
Gabriela observó una de las fotos.
Reconoció un rostro.
Alguien que había visto recientemente.
El corazón le dio un vuelco.
—León… este hombre estuvo en el hospital el día que despertaste.
Él levantó la mirada de inmediato.
—¿Estás segura?
—Sí. Pensé que era un visitante cualquiera.
El silencio se volvió pesado.
La amenaza ya no era distante.
Había estado cerca.
Demasiado cerca.
El miedo compartido
Esa madrugada Gabriela no pudo dormir. Salió al balcón buscando aire mientras la ciudad brillaba bajo la oscuridad.
León apareció minutos después, colocándole una chaqueta sobre los hombros.
—No deberías estar sola afuera.
—Necesitaba pensar.
Él se apoyó junto a ella.
—¿Tienes miedo?
Gabriela tardó en responder.
—Sí. Pero no por mí.
León la miró.
—Tengo miedo de perder todo otra vez justo cuando empezamos a reconstruirlo.
Él tomó suavemente su rostro.
—Esta vez no vamos a rompernos.
—¿Lo prometes?
—Lo juro.
Ella apoyó la frente contra la suya.
Y por primera vez desde que todo comenzó, se permitieron un momento de cercanía real, sin urgencia ni desesperación, solo la necesidad de sentirse vivos el uno al otro.
Pero dentro del departamento, sobre la mesa del salón, el teléfono de Gabriela volvió a iluminarse.
Un nuevo mensaje apareció.
Una fotografía tomada desde lejos.
Ellos dos en el balcón.
Observados.
Vigilados.
Y debajo, una última frase:
“Las sombras siempre regresan.”
Gabriela aún no lo sabía, pero alguien había comenzado a jugar un juego mucho más peligroso.
Uno donde el objetivo ya no era intimidar.
Era destruirlos lentamente.