Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 20 — Donde el gesto pequeño hace ruido
La plaza del barrio se llenó de guirnaldas sencillas al caer la tarde. No eran adornos de palacio: eran cuerdas de hilo con trozos de tela de colores, faroles de papel reciclado, mesas improvisadas con tablones. El aire olía a sopa caliente y a fruta madura. La gente hablaba en un murmullo contento, como si el día hubiera decidido regalarles una tregua.
Lysien llegó con el cuaderno bajo el brazo, revisando mentalmente la lista de turnos. No había querido presidir la organización, pero había terminado haciéndolo de todas formas: asignó horarios, distribuyó tareas, calmó dos discusiones pequeñas antes de que crecieran. Lideraba con la naturalidad de quien sostiene sin ocupar el centro.
—La música va después del primer turno de comida —indicó—. Así no se juntan las colas.
Un par de vecinos asintieron. El flujo del evento se ordenó.
Kaelen apareció entre la gente con una caja de madera pequeña. No llamó la atención. Esperó a que Lysien terminara de hablar con la posadera y recién entonces se acercó.
—No es para ahora —dijo, en voz baja—. Es para cuando tengas un minuto.
Lysien lo miró, curioso. El latido del corazón se le aceleró sin aviso. Sintió el calor subirle a las mejillas y, como si su cuerpo quisiera delatarlo por completo, las orejas se le encendieron de rojo. Bajó la mirada, tímido, y asintió.
—Luego —murmuró.
Mientras el evento avanzaba, Lysien coordinó un cambio de mesa cuando se acabó el caldo en un lado y sobraba en otro. Se arremangó para ayudar a cargar un barril pequeño de agua. Alguien intentó quitarle el peso “por su condición”; Lysien negó con la cabeza.
—Puedo con esto —dijo, firme—. Si me canso, lo digo. No me quiten la decisión.
La frase no fue dura. Fue clara. El respeto que siguió fue silencioso.
Cuando el primer turno terminó, Lysien se apartó un momento hacia el borde de la plaza. Kaelen se acercó con la caja.
—Es… pequeño —repitió, como si quisiera bajar expectativas.
Lysien abrió la caja. Dentro había un marcapáginas de cuero sencillo, con un grabado discreto: una hoja y una línea ondulada que parecía un río. Nada ostentoso. Personal. Pensado.
El corazón de Lysien dio un salto corto. La palpitación le subió hasta la garganta. Las orejas volvieron a arder. Desvió la mirada, sonriendo sin querer. En el aire, el aroma de sus feromonas de felicidad se expandió, suave: jazmín blanco con té negro tibio, una calma que se parece a un hogar.
Kaelen lo percibió. No avanzó. Solo dejó que la sonrisa se le quedara en los ojos.
—Para tu cuaderno —dijo—. Vi que siempre marcas páginas con papeles sueltos.
Lysien pasó el pulgar por el grabado, con cuidado.
—Es… perfecto —susurró—. Gracias.
El rubor no se le iba. Intentó respirar lento para calmar el pulso. No funcionó del todo. Kaelen, al notar el aroma que flotaba, inclinó la cabeza, satisfecho sin triunfalismo.
—Me alegra haberte leído bien —dijo—. Voy aprendiendo tus señales.
La música empezó. Un laúd marcó el ritmo. Lysien guardó el marcapáginas en el cuaderno con un gesto casi reverente. Volvió a la plaza para resolver un problema con las velas que se apagaban por el viento. Kaelen lo observó desde un costado, atento, sin interferir.
—Faroles más bajos —indicó Lysien—. Y junten dos mechas. Así el viento no los apaga.
Funcionó. La luz volvió. La gente aplaudió suave, no a Lysien, sino al momento que seguía vivo.
Más tarde, cuando la música se calmó, Kaelen se acercó de nuevo. No tocó a Lysien. Se colocó a su lado, lo suficientemente cerca para compartir el calor del fuego cercano sin invadir su espacio.
—Lo hiciste bien —dijo—. No te dejaste correr del centro de tu decisión.
Lysien bajó la mirada, tímido otra vez. El latido del corazón le marcaba el pecho con una cadencia nueva. El aroma de jazmín y té volvió a suavizar el aire.
—No quiero que me cuiden como si me rompiera —dijo—. Quiero que me acompañen cuando me canso.
Kaelen asintió.
—Eso intento.
Se quedaron así, mirando las guirnaldas moverse con el viento. No hubo beso. No hubo promesas. Hubo un gesto pequeño que hizo ruido donde importaba: en el pecho que ya no huía del calor.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora