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Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El amigo que eligió ser enemigo

El golpe en la puerta retumbó como un cañonazo.

El guardia del pasillo retrocedió y volvió a golpear con el puño.

—¡Señor Vander! ¡Es Alexander Reed! ¡Está exigiendo entrar!

No podemos detenerlo mucho más.

Mía sintió cómo el estómago se le hundía.

No por miedo físico…

sino por lo que la presencia de Alexander significaba para Liam.

Traición.

Dolor.

Y un pasado que, si salía completo a la luz, podía destruirlos a los dos.

Liam se puso de pie de golpe, tambaleándose apenas.

La pérdida de equilibrio no era física: era emocional.

Sus ojos estaban encendidos, y su respiración era la de un hombre que había dejado de ser víctima y comenzaba a transformarse en algo más peligroso.

—Aléjate de la puerta, Mía —ordenó él, sin mirarla.

Ella dio un paso adelante.

—Liam…

—Dije. Aléjate.

Su tono no era cruel.

Era desesperado.

Como si temiera que el solo sonido del nombre “Alexander” pudiera arrancarle a Mía de las manos.

La mano de Mía tembló mientras ella retrocedía.

Pero su mirada jamás lo abandonó.

—No quiero que te enfrentes a él así —susurró—. No sabiendo lo que sabes ahora.

Liam tragó saliva.

—No tengo elección. Ahora es diferente.

—Miró la puerta, con un odio que apenas podía contener—.

Él vino aquí por ti. No por mí.

Ese reconocimiento atravesó a Mía como un cuchillo.

—Liam… no puedes pensar con rabia. Él está acostumbrado. Él sabe manipular. Él te conoce. Y tú… tú no recuerdas lo suficiente.

Liam se acercó.

Su mano tomó la de ella con fuerza.

—No necesito recordar.

Sé quién eres tú. Y sé quién es él.

Y eso basta.

Antes de que Mía pudiera responder, el guardia gritó:

—¡SEÑOR VANDER, LO ESTÁ EMPUJANDO—!

CRASH.

La puerta se abrió de golpe.

Los seguros no la detuvieron.

El marco se dobló.

El guardia cayó hacia atrás.

Y entre las sombras del pasillo…

Apareció Alexander Reed.

Impecable.

Traje negro sin una arruga.

Corbata azul marino.

Cabello perfectamente acomodado.

Pero había algo nuevo en él.

Sus ojos.

Antes parecían tranquilos.

Ahora eran cristales fracturados inundados de luz fría.

Alexander dio un paso dentro de la habitación como si fuera su propio despacho.

—Buenas noches, Liam.

—Su tono era suave. Peligrosamente suave—.

Y… hola, Mía.

Liam se movió automáticamente para ponerse frente a ella.

Alexander observó el gesto con una sonrisa sutil.

—Interesante. Muy interesante —comentó—. Así que sí era verdad.

—¿Qué cosa? —gruñó Liam.

Alexander entrecerró los ojos.

—Que ella… —su mirada cayó sobre Mía— se convirtió en tu debilidad más grande.

La respiración de Liam se cortó.

—Alexander —dijo con voz baja, peligrosa—.

No digas una palabra más de ella.

Alexander inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

¿Por qué es tuya?

Mía sintió la sangre hervirle de pura rabia.

—No soy posesión de nadie —espetó.

Alexander sonrió.

—Ah, pero claro que lo eres, querida.

Eres de quien te salve la vida.

Y por ahora… parece que los dos queremos hacerlo.

Liam dio un paso hacia él.

—No vengas aquí a jugar conmigo. No después de lo que hiciste.

Alexander lo miró con esa tranquilidad que antes parecía elegante… y ahora era simplemente cruel.

—¿Qué hice, Liam?

—levantó las manos en gesto inocente—.

¿Salvarte? ¿Protegerte de tu padre? ¿Cubrirte cuando todo se salió de control?

Liam apretó los dientes.

—Estuviste en esa casa esa noche.

Alexander parpadeó lento.

—Sí. Estuve ahí.

—Y dejaste a Mía tirada en el suelo, sangrando.

Alexander ladeó la cabeza.

—Ella no debía estar ahí.

No era mi problema.

Mía sintió una punzada en el pecho.

El reconocimiento de ese desprecio era más doloroso que cualquier golpe.

Liam la miró y luego volvió a fijar su mirada en Alexander.

—Eras mi amigo.

Alexander sonrió con tristeza fingida.

—Era.

Antes de que ella apareciera.

Antes de que tú cambiaras el orden de las cosas.

Liam respiró hondo.

Su pulso se aceleró.

—¿Qué orden de las cosas?

Alexander se acercó lentamente…

hasta quedar a dos pasos de Liam.

—El orden en el que tú serías el rey, y yo sería tu mano derecha.

Tú dirigirías.

Yo controlaría.

Y juntos…

mantendríamos a raya a tu padre.

Liam frunció el ceño.

—¿Qué tiene eso que ver con Mía?

Alexander lo miró como si la respuesta fuera obvia.

—Todo.

Alexander señaló a Mía.

—Ella no estaba en el plan, Liam.

Y cuando te vi cargándola entre los brazos…

cuando vi tu obsesión por salvarla…

cuando vi la forma en que la mirabas incluso cuando estaba inconsciente…

Liam tembló.

—¿De qué demonios hablas?

Alexander dio media sonrisa.

Una sonrisa rota.

Envidiosa.

Peligrosa.

—De que siempre quise ser tu prioridad.

Nunca pensé que ella lo sería primero.

Mía sintió un escalofrío.

Era la primera vez que escuchaba algo tan honesto… y tan distorsionado… de Alexander.

Liam lo observó con desconcierto y furia.

—¿Estás diciendo… que intentaste matar a Mía esa noche porque… te sentiste reemplazado?

Alexander rió suavemente.

—No, Liam.

No soy un monstruo.

Pero Calder sí.

Y Calder entendió muy bien que…

si lastimaba a la chica…

tú perderías el control.

Y yo podría salvarte.

Y tú volverías a confiar en mí.

Como siempre.

El mundo de Mía se quebró.

—Entonces… —susurró ella—

tú querías que Calder me lastimara.

Alexander no respondió.

Liam entendió.

Y algo en él se rompió.

—Alexander… —susurró él, con incredulidad—.

Tú sabías.

Tú sabías todo.

Y no hiciste nada.

Alexander lo miró con los ojos llenos de un cariño enfermo.

—Porque tú no debías salvarla, Liam.

Yo debía hacerlo.

Era la forma de mantenerte cerca.

Silencio.

Y luego, una explosión:

Liam se lanzó hacia él.

Mía gritó.

Los guardias intentaron intervenir.

Pero Alexander reaccionó primero.

Sacó un objeto metálico del bolsillo.

No una pistola.

No un cuchillo.

Una jeringa.

—No, Liam —susurró—.

No me obligues a hacerlo.

Pero era tarde.

Los dos forcejearon.

Liam empujó.

Alexander esquivó.

El guardia cayó.

La jeringa voló al aire—

y cayó en el suelo frente a Mía.

Ella la recogió sin pensar.

—¡MÍA, NO! —gritó Liam.

Alexander la miró.

Los ojos se encontraron.

Y él sonrió.

—Sabes que no puedes usarla —dijo él—.

No contra mí.

Pero Mía dio un paso adelante.

Y otro.

Liam forcejeaba detrás.

Los guardias gritaban.

La alarma seguía sonando.

Mía sostuvo la jeringa en alto.

—Si vuelves a acercarte a él…

a nosotros…

si vuelves a tocar cualquier parte de nuestras vidas…

Sus ojos ardían.

—Lo juro, Alexander…

no te va a gustar lo que soy capaz de hacer.

Alexander ladeó la cabeza.

Y por primera vez desde que había entrado…

retrocedió un paso.

Liam logró separarse del guardia y llegó a su lado.

La tomó por los hombros.

—Mía… dame eso —susurró.

Pero ella no se lo dio.

Ella no apartó la mirada de Alexander.

Alexander sonrió.

Una sonrisa oscura.

—Parece que tú tampoco estabas en mi plan, Mía.

Pero ahora…

Sus ojos se oscurecieron.

—Ahora sí lo estás.

Y retrocedió.

Sin romper contacto visual.

Salió por la puerta.

Los guardias lo siguieron, confundidos, intimidados…

derrotados emocionalmente.

La puerta se cerró.

Silencio.

Liam tomó la mano de Mía con la jeringa.

Se la quitó lentamente.

Y la abrazó.

Muy fuerte.

—Mía… —susurró, con la voz quebrada—.

No vuelvas a correr hacia el peligro así.

No…

Ella apoyó la cabeza en su pecho.

—No iba a dejar que te hiciera daño otra vez.

Él tembló.

—No me importa lo que me haga a mí.

Me importa lo que te haga a ti.

Ella lo miró.

—Liam… yo…

Pero él la interrumpió.

Tomó su rostro.

Sus manos estaban tibias, temblorosas.

—No me importa si recuerdo todo mañana…

o nunca.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

—No pienso dejarte sola nunca más.

Ni permitir que nadie —ni Calder, ni Alexander, ni mi padre—

te vuelva a tocar.

La voz de Liam bajó…

a un susurro cargado de amor y posesión suave.

—Eres mi única verdad.

Ella sintió que el corazón se le rompía.

Y así, sin poder evitarlo, sin poder detenerse…

Mía apoyó su frente en la de él…

y lo besó.

Un beso profundo.

Doloroso.

Necesario.

Él la sostuvo como si fuera todo lo que había buscado desde la noche del vidrio.

Y en ese beso…

los dos entendieron algo:

Si el mundo quería separarlos…

tendría que destruirlos primero.

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
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